De la Vida Real

Festejando con los militares en el Bicentenario

Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

22 May 2022 - 19:00

Ser mamá es sumergirse en un mundo desconocido en el que se aprenden cosas inesperadas. Escuchamos desde los sueños más irreales, acompañados de la descripción de cada detalle, hasta la historia completa de un videojuego o de una serie.

Nos toca aprender de su mundo según la etapa en la que se encuentre cada hijo.

El Wilson y yo somos padres antijuguetes. Siempre quedamos en que no les íbamos a regalar pistolas ni metralletas, nada que incentive la violencia.

Mi ñaño le regaló a mi hijo Rodrigo, en su primer cumpleaños, una pistola de agua. Por genes, supo que ese juguete era para matar. En un segundo nos aniquiló a todos y se reía a carcajadas.

Como padres, estábamos espantados y dimos por hecho que nuestro hijo sería un terrorista.

Los años pasaron y El Rodri, solito, cambió las armas por su bicicleta y desarrolló una pasión loca por los carros.

Un día encontré a mis tres hijos acostados en la cama, en silencio y sin una sola pelea. Estaban en paz, comiendo galletas y tomando jugo en mi cuarto. Si decía algo o intervenía, se armaba la guerra. Eso era seguro.

Luego de dos horas de calma, aparecieron los tres y me contaron que estaban viendo una serie increíble: ‘La historia de la Segunda Guerra Mundial a colores’. Se vieron, en dos horas, dos capítulos.

Con el paso de las semanas, El Pacaí se volvió un experto en la Segunda Guerra Mundial y un amante apasionado de Winston Churchill.

Lo tiene como fondo de pantalla en la computadora. Se sabe los discursos completos y, si le reclamo algo, me responde con: “Como dijo Churchill alguna vez, yo solo ofreceré sangre, sudor y lágrimas”.

El Rodri se volvió fanático de los militares. Se cortó el pelo como militar, se viste con ropa de camuflaje, camina como soldado y ahora su bici se convirtió en un tanque de guerra.

Si le digo algo, me responde con la mano en la frente: “Enseguida, mi general”. Hace ejercicio para tener cuadraditos en la barriga, y su sueño es combatir en una guerra contra Estados Unidos. Su máxima preocupación es que Ecuador no tiene bombas nucleares.

Le decimos que la guerra es mala, que mata gente, pero él dice que los militares son buenos porque rescatan personas y defienden países.

El Pacaí les lee a los hermanos todo lo que encuentra sobre el Bicentenario de la batalla de Pichincha, porque sus otros ídolos son Sucre y Bolívar. El nacionalismo lo invade.

Cada etapa de los hijos se vuelve también un mundo de novelería para los padres. El anterior fin de semana, fuimos a la feria por el Bicentenario, organizada por las Fuerzas Armadas.

Para mis hijos, fue como llevarles a Disney; nunca han estado ahí, pero imagino que sería igualito. Estaban emocionados. Entramos, pero había demasiada gente. No pudimos apreciar las armas con las que pelearon nuestros patriotas el 24 de mayo de 1822.

El Pacaí algo nos explicó del general Mires y de las actas firmadas.

Luego entramos a la sala de aviones. El Rodri quería ver todos, pero tampoco fue posible. Un militar le explicó sobre el avión que peleó en la guerra del Cenepa. No podía creer que ese avión hubiera estado en una guerra; el militar le contó que no solo estuvo en la guerra, sino que derribó dos aviones peruanos.

Salimos a ver los tanques, pero las filas de gente eran interminables. Tomarse fotos fue una labor titánica. El Rodri estaba feliz al ver tantos uniformados con sus familias.

-Má, los militares tienen hijos y esposa. Todos son muy buenas gentes.

Nos fuimos al concierto de las Fuerzas Armadas. No puedo negar que se me hizo un nudo en la garganta cuando el vocalista gritó: “¡Viva la libertad!, ¡viva el Bicentenario!, ¡viva Quito y el Ecuador!”

El Pacaí no se calló un segundo y a gritos decía:

-Má, hace 200 años estaba peleando Sucre en el Pichincha, y ahora estamos aquí festejando con los militares. Este es el mejor homenaje que les pueden hacer a todos esos soldados que murieron en la batalla.

Oí que El Rodri le decía a La Amalia:

-Ñaña, no me voy a hacer militar porque si me muero, ¿cómo vas a vivir sin mí?

-Me quedo con El Pacaí.

Luego del concierto, hubo un show de perros adiestrados, pero no pudimos ver nada, porque la gente se amontonó demasiado.

Mientras le acompañábamos a El Rodri a ver una y otra vez los tanques de lejos, les compré espumilla, choclos y helados. En fin, hicimos de todo para festejar el Bicentenario en el parque Bicentenario.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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