De la Vida Real
Guápulo por dentro
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

8 Ago 2021 - 19:00

Cuando veo por televisión reportajes de lugares mágicos siempre pienso: “Estos sitios quedan tan lejos, ojalá algún día pueda conocer algo así”.

Además, en estos programas entrevistan a gente que da su testimonio de cómo es vivir ahí. “Qué interesante”, pienso. Pero más envidio al equipo de producción que encontró estos pequeños rincones.

Nunca me imaginé que yo lograría conocer un lugar así en vivo y en directo, sin pantalla de por medio, y poder hablar con uno de los personajes, sin un guión previamente establecido.

Había ido a Guápulo muchas veces. A la iglesia, a la bruja para que me leyera el destino y al clásico Café de Guápulo. Pero nunca había caminado por sus estrechos callejones ni había bajado por sus empinados graderíos. Mucho menos había conocido el taller de Marcelo Rodríguez, un gran muralista urbano.

Mi amigo Raúl, que vive en Estados Unidos, me pidió que fuera a retirar unos retratos que se mandó a hacer con su amigo. Me dio por correo todas las instrucciones para que coordinara con Marcelo.

Quedamos en vernos el viernes a las diez de la mañana en el mirador de Guápulo, lugar al que solo he ido de paso. Me dijo que bajara las gradas hasta el final y que él estaría allí con una mascarilla roja.

Mientras bajaba me sentía turista en mi propia ciudad. El parque estaba muy descuidado, pero los borrachos que estaban en las bancas eran de lo más educados: “Buenos días, mi veci”, me saludaron, y yo les respondí acelerando el paso.

Luego de bajar unas 300 gradas, vi a Marcelo: “Ey, Valentina, aquí estoy”, me gritó. Y la aventura por Guápulo comenzó.

Marcelo es de Otavalo; sus padres, también artistas y artesanos, vinieron a la capital a buscar suerte y encontraron un terreno en La Merced, en el valle de Los Chillos, donde viven desde hace más de 30 años.

“Vengo de una familia de artistas, pero soy el único que estudió Artes en la universidad. Quería conocer técnicas de pintura”, me contó mientras caminamos por una callecita empedrada.

Se detuvo: “mira esta belleza de paisaje. Vivir aquí es un privilegio. Es calmado y todavía la gente tiene ese don de convivir con el vecino. ¿Si ves, Valen? No hay basura. Aquí nos gusta vivir bien, a pesar de tener casas sencillas”. Saqué el celular para tomar fotos. Y él se comió una uvilla silvestre.

Llegamos a su taller luego de 20 minutos. Tal vez no era tan lejos, pero conversamos y nos tomamos un tiempo para admirar la vista desde arriba. “Todo esto de allá era un observatorio Inca. ¿Ves esa montaña de ahí? Tiene siete pisos, todos hechos a mano. Pero las personas dan más importancia a la iglesia. Desde aquí se puede ver la fusión cultural a la que pertenecemos. Siempre me pregunto: ¿qué hubiera sido de nosotros si los españoles no nos conquistaban?”.

Marcelo señaló una puerta al final de un callejón: “aquí es mi taller”.

Al entrar vi una cama muy bien tendida, dos sillones con estampado militar y miles de cuadros, todos perfectamente ordenados. Sí, estaba viviendo mi propio documental.

Locación: Un barrio perdido.

Actor principal: Un pintor urbano con preguntas existenciales.

Ambiente: Clima seco, clásico verano quiteño.

Toma: Panorámica.

Banda sonora: ‘Tarde de lluvia en Guápulo’, de Álex Alvear.

Me senté en uno de los sillones y Marcelo me contó que cuando él era niño cada vez que cerraba los ojos veía formas y las convertía en figuras.

“Ese era mi juego. Desde que tengo tres años, supe que el arte, el dibujo y la pintura corrían por mis venas. Ahora me gusta mucho hacer muralismo urbano con la gente de los barrios. Porque se unen; hay sinergia, alegría, color y vida”.

Mientras Marcelo, con voz en off, me enseñaba todos sus trabajos en su computadora, yo hice un paneo general de sus obras. Enfoqué una que me pareció desgarradora. Era en tonos rojizos, en la mitad un hombre con los ojos vendados y a los lados cinco perros ladrándole con fuerza. Es una pintura que habla.

¿Y este cuadro, Marcelo?, le pregunté. “Significa todo el horror que pasé en la pandemia. Todo lo que siento lo saco a través de la pintura”, me dijo.

Me entregó los retratos de mi amigo Raúl y me acompañó a tomar un taxi.

De vuelta a la oficina me sentí la realizadora de mi propio cortometraje. Quito tiene lugares hermosos y gente fuera de serie por ser descubierta. Pero no estamos listos para este guión.

Las autoridades tienen a esta bella ciudad en completo abandono y se han dedicado a decorar, con una labia barata y con actitudes matoniles, sus egos de burócratas, dejando que Quito sobreviva por instinto.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores pero no la posición del medio.

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