Columnista Invitado
Guerra de historiadores
Felipe Rodríguez Moreno

Felipe Rodríguez Moreno

PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.

Actualizada:

22 Jun 2021 - 19:00

Es tan amplio el público que no comprende por qué ante un caso judicial ‘evidente’, el resultado, escrito en la sentencia, dice lo contrario a lo esperado, que hemos llegado al extremo de asegurar que, cuando la resolución judicial no se hornea como el consumidor de pan desea, hubo corrupción.

Por eso, les doy la bienvenida, mis queridos amigos, a una clase exprés de cómo se llega a una decisión judicial. Vamos, vamos, siéntense y presten atención, aprenderán la dinámica decisoria que indigna o alegra sus mañanas.

Verán, los jueces no son jueces, son lectores de libros de historia y de documentales informativos. Los abogados no son abogados, son historiadores y, como la historia no es más que el cúmulo de rupturas en el tiempo narradas de una u otra forma, según quien sea el narrador, entonces en un juicio siempre hay dos historias.

No me vendrán con que la historia es una sola. A ver, ¿se suicidó o no Hitler? ¿Nerón era o no era pirómano? ¿Roldós fue o no asesinado? ¿Las Torres Gemelas fueron derribadas por aviones o por dinamita? Muy difícil obtener una sola respuesta ¿verdad? Así, igualitos, son los juicios.

Es que esto es facilísimo: ningún juez está presente en la escena del crimen, porque si presenciara cómo Pedro apuñala a Juana, entonces, ya no podría ser juez porque el principio de imparcialidad no solo obliga a los jueces a no tener inclinación por una de las historias, sino a no conocer el caso.

Así, cuando los dos historiadores llegan al juicio, el juez es una hoja en blanco, no debe conocer nada sobre la controversia, en caso contrario, estaría contaminado y perdería competencia.

Así empieza la acción: cada historiador le narra al juez la historia de lo que ocurrió en el pasado, pero cada uno narra una historia diferente. Luego, con evidencias, cada uno intenta convencer al juez de que su historia es la real y, exclusivamente la historia narrada y probada, es la historia que llega a la sentencia.

Así es, ya pasó la moda de los historiadores histriónicos que narraban un cuento de hadas. En la batalla de verdaderos historiadores no importa lo que el historiador crea, quiera o narre, importa que pueda probar lo aseverado.

Pero, a diferencia de la historia de soldaditos de Waterloos y Normandías, la prueba en la batalla judicial debe cumplir reglas, pues para obtenerlas se deben seguir pasos definidos.

Por ejemplo: ¿es legal intervenir las comunicaciones de un ciudadano violando su intimidad? No. Preguntemos de nuevo: ¿es legal intervenir las comunicaciones de un ciudadano, violando su intimidad, con autorización judicial, cuando median causas suficientes de sospecha? Ahí, sí.

Es que para hacer historia no se pueden violar derechos, en caso contrario, necesitaríamos hacer de este país un gran Gran Hermano y suprimir las garantías constitucionales de todos, sin excepción.

Entonces, si intervienen las comunicaciones de Inés sin autorización judicial y en estas ella habla de cometer un delito, ¿es prueba? No, es manzana podrida y no puede ser incluida en la historia.

¿Ahora comprenden por qué a veces los jueces no deciden como quisiéramos? Bueno, ya está claro que el juez es un lector de historias que elige la que se constata con pruebas lícitas y desecha la que no se prueba o se intentó probar con pruebas ilícitas.

Así que, si usted decide ser historiador, no olvide que el secreto está en conseguir que el juez viaje en el tiempo, pero que al regresar al presente narre lo que percibió y no lo que imaginó.

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