De la Vida Real
La H1N1, nada salió como lo planeamos
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

5 Ene 2020 - 19:00

Maletas listas, compras hechas, plan armado. Nos íbamos a pasar ocho días en la casa de mi ñaño en La Concordia. Para mis hijos, no existe mejor plan y para nosotros tampoco. Mis sobrinos se encargan de sus primos y nosotros podemos descansar en paz.

Realmente es un sueño pasar allá las vacaciones. Aunque creo que mi hermano y mi cuñada no piensan lo mismo. Pero son tan buenos, que no dicen nada. Aceptan humildemente que nos instalemos unos días.

Para mí, el 31 de diciembre es un día maravilloso. Se termina un año, y empieza otro. Desde la noche anterior, repaso cada ritual y estoy atenta a que no me falte nada: doce uvas, calzón amarillo, vallenatos, comida rica, maleta vacía para correr el jardín entero, año viejo, un dólar en el pie derecho y la carta escrita para ser quemada.

La noche del 24 de diciembre era la cena de la familia en mi casa, y mi hijo menor, de cinco años, se sentía mal. Se durmió temprano y volaba en fiebre. Le hice pañitos y dejé que mis cuñadas se encargaran de todo. Me acosté junto a él para mimarle y cuidarle. 

A la mañana siguiente, fuimos a un centro de salud privado. Una pediatra grosera y trasnochada nos atendió, luego de dos horas de espera. Le vio a mi hijo y me dijo inmediatamente que le hicieran la prueba de la influenza H1N1. Resultado positivo. Vacaciones frustradas. Pero decidimos con el Wilson, mi marido, mandarle a mi hijo mayor a Santo Domingo.

El 26 mi ‘ñaño’ me llamó a contar que Jerónimo vuela en fiebre. Mi esposo madrugó a verle y de una le llevó al hospital para que le hagan la prueba. Resultado positivo.

Los cinco en la casa encerrados. Mi hija lloraba porque quería estar enferma, mi otro hijo se quejaba del dolor de huesos y el otro no paraba de vomitar. Estaba al borde de enloquecer. 

Le conté a mi amiga Eli lo que me estaba pasando. Me dijo: “primero, te me calmas. Eres la mamá. No te toca más que estar tranquila y curarles a tus guaguas. Anda y compra col para que le bajes la fiebre. Luego, para que no se te deshidraten, tienes que hacer agua de arroz con miel de abeja”. 

Si para algo soy mala en esta vida, es para hacer arroz. Siempre me sale mal, pero bueno, esta vez no era tan grave. Tenía que hacer solo agua. Mi amiga me explicó paso a paso cómo se hace. Con firmeza me aconsejó que ya no busque en Google nada relacionado a la H1N1. “Eso solo te va paniquear más”.

Yo iba a la cocina, sacaba col, cocinaba arroz, lavaba ropa, trapeaba la casa, cambiaba las sabanas una y otra vez desinfectaba todo,  mientras mi esposo tenía todo un cuaderno con las medicinas que había que darle a cada uno, más las tres tomas de agua de anís que nos recetó la Eli. Mi casa se convirtió en un caos. Cuando de pronto todo empezó a fluir. 

La noche del 31 hice una cena rica. Todos nos pusimos elegantes y decidimos ver una película. Con esto de la Navidad, mis hijos estaban súper confundidos entre quién es Papá Noel, quién es Jesús y por qué los tíos y abuelos fueron los que les dieron los regalos. Entonces puse una película para que pudieran entender un poco la historia del Niño Dios. Entré al Netflix, y salió “El Mesías”. A los 15 minutos, todos nos quedamos profundamente dormidos. 

Nos despertamos por los juegos pirotécnicos de los vecinos. Con el Wilson, teníamos la esperanza de al menos quemar el año viejo los dos. Nos levantamos con mucho cuidado para que no se despierte ningún hijo y poder tomar una copita de vino y desearnos un feliz año.

Salimos, prendimos el año y al entrar les vimos a los tres guaguas despiertos, viéndonos por la ventana. Entramos y les deseamos un feliz año con un beso en la frente, y mi esposo me dice: “Chi, la Amalia está con fiebre”. Cerré los ojos. No sabía si llorar o reír. Y ella feliz decía: “por fin yo también me enfermé, por fin qué felicidad”. Al día siguiente, fuimos al hospital, le vio la pediatra, le hicimos la prueba. Resultado Negativo.

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