Contrapunto
La ingenuidad política de los alemanes derivó en la tragedia de Hitler
Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

Actualizada:

27 Nov 2020 - 19:01

Mucho antes de convertirse en canciller, en 1933, Adolf Hitler no era más que un agitador en las cervecerías alemanas, incluso había fracasado un golpe de estado que había pretendido dar diez años antes.

Pero en política, cada cierto tiempo, aparecen condiciones que convierten a caudillos en líderes, incluso en un país como Alemania, que tuvo gobernantes sobresalientes.

Como lo explica Stefan Zweig (1881-1942) en una de sus obras más importantes ‘El mundo de ayer, memorias de un europeo’, la hiperinflación, la cesantía, la crisis política, la estupidez extranjera habían soliviantado al pueblo alemán. Y para los alemanes, anota el escritor, el orden ha sido siempre más importante que la libertad.

Testigo de la Primera Guerra Mundial y previendo que Hitler se apoderaría del mundo, Zweig, de origen judío, abandonó su natal Austria y buscó refugio en Brasil donde, convencido de la definitiva destrucción de los valores culturales y espirituales europeos por parte del nazismo y el totalitarismo, se suicidó junto a su esposa el 22 de febrero de 1942, en Río de Janeiro.

Pudo ser premonitorio de su destino o de su último exilio que lo llevó a Brasil y a su muerte; y se refleja en el capítulo del libro que denomina ‘Ocaso’.

Le atormentaba el hecho de verse obligado una vez más atravesar un mar tras otro, expulsado, perseguido, despojado de la patria y “que mis libros acaben quemados, prohibidos y mi nombre estigmatizado en Alemania como el de un criminal”.

El poder en Europa estaba reservado para las ‘clases cultas académicas’. Para los alemanes, escribe Zweig, era impensable que un hombre que ni siquiera había acabado los estudios primarios (por no hablar de una carrera universitaria) y que había llevado una vida precaria y oscura pudiera aspirar a una posición que antes habían ocupado el barón von Stein, un Bismarck o un príncipe von Büllow.

Ni siquiera los socialdemócratas vieron su llegada al poder con malos ojos porque creían que eliminaría a sus enemigos mortales: los comunistas. Y ni siquiera los judíos alemanes se mostraron demasiado preocupados en el comienzo de su arribo al poder.

Luego se produjo el incendio del Reichstag (Parlamento), salieron las hordas y, de un solo golpe, se aplastaron todos los derechos de los alemanes, señala el escritor, siempre repleto de documentos y también como testigo preliminar de los episodios que derivaron en el Holocausto.

El autor de ‘Momentos estelares de la humanidad’, tal vez su libro más reconocido, se remonta con nostalgia a la Europa de comienzos del siglo XX y a una sociedad que había cambiado y permitía mayor libertad individual, especialmente para las mujeres.

Pero comienza la guerra en 1914 cuando Alemania, tras invadir Bélgica, algo que iba contra natura y en contra de los tratados internacionales, y por el único afán de atacar a Francia. La guerra del 14 servía todavía a una ilusión, al sueño de un mundo mejor, justo y en paz, diferente, dice, a la de 1939 por su cariz ideológico.

En 1914, después de medio siglo de paz, ¿qué sabían las grandes masas de la guerra? Se pregunta el escritor, ensayista e historiador. Los únicos que conocían de guerra a lo sumo eran unos cuatro viejos austríacos que en 1866 habían combatido contra Prusia, el país aliado de entonces.

Cuando estalló la guerra del 1914, Zweig tenía 32 años, pero sin obligaciones militares porque “en todas las revisiones me habían declarado inútil”. También había manifestado que “el heroísmo no forma parte de mi carácter”.

La guerra desató la histeria del odio; los más pacíficos, los más benévolos estaban como ebrios por los vapores de sangre y algunos intelectuales se habían convertido, de la noche a la mañana, en patriotas fanáticos.

Shakespeare fue proscrito de los escenarios alemanes, Mozart y Wagner de las salas de conciertos francesas e inglesas, los profesores alemanes explicaban que Dante era germánico y los franceses que Beethoven era belga.  

Cuidadoso al detalle en la escritura, confiesa en este libro que no lamenta que de mil páginas escritas ochocientas vayan a parar a la basura y que solo doscientas se conserven.

Si algo aprendió –insiste- escribiendo libros fue una severa disciplina de saber limitarse a las formas más concisas, pero conservando siempre lo esencial.

Casi 80 años después de su muerte, los libros de Zweig se siguen editando, tal como lo hace Acantilado en su más reciente edición, de 2019.

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