De la Vida Real
En la investigación se agarra al culpable
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

26 Sep 2021 - 19:00

Vivir en comunidad es hermoso, hasta que hay que descubrir al “culpable”. El primer caso grave que tuvimos que resolver fue la desaparición de una de las orquídeas de mi mamá. 

Mi mamá es “orquideóloga” apasionada. Todos los días la veo en su jardín. Se la ve tan feliz y relajada. Sabe exactamente dónde está sembrada cada orquídea y a qué especie pertenece. 

Cuando yo era chiquita les tenía celos a sus orquídeas, sentía que mi ma las quería más a ellas que a mí. Creo que no estaba muy equivocada. Con el paso del tiempo, su fijación por estas plantas ha ido en aumento.

Entre su casa y la mía solo hay un jardín que nos separa. Se distingue a metros cuál es el lindero. Mi jardín tiene dos árboles de aguacate y un jacarandá. Diez pasos a la derecha está un verdadero oasis de vegetación. 

“Valen, desapareció mi Dendrobium amarilla que estaba en el arupo”, me dijo mi ma, ni bien me vio. Mi mamá es una mujer que desborda sabiduría y maneja muy bien sus emociones, hasta que algo le pasa a alguna de sus plantas, y su estado zen se vuelve Hulk.

Su orquídea amada había sido ultrajada y teníamos que descubrir quién fue, porque hasta ese momento todos éramos posibles culpables. 

Mis hijos eran los principales sospechosos, pero a la vez eran los más involucrados en la investigación. Se sentían detectives profesionales. Buscaban pistas, alguna señal. Hasta que, luego de varias semanas de arduo trabajo, dieron con el responsable.

El informe fue el siguiente: 

“El culpable fue señor del gas. Pero no por pasión a las orquídeas, sino porque el camión, al dar retro, se chocó contra el arupo y la orquídea cayó. Al avanzar el camión pisó la planta. Para esconder al cuerpo del delito el señor enseguida guardó la orquídea en la guantera del carro”.

Y terminaron diciendo: “Bueno, eso creemos por lo mal que maneja el chofer del camión. Hoy casi nos atropella”.

La paz volvió al vecindario, hasta hoy por la mañana. Bajó mi mamá bastante calmada a decirnos que le había llegado a su mail una multa de USD 120, por andar a alta velocidad en la avenida Simón Bolívar.

En este caso solo hay tres sospechosos reales, sin hipótesis ni teorías conspiradoras. Los hechos son los hechos porque la multa viene con foto incluida, no hay forma de negar la prueba.

Para vivir en comunidad es necesario poner límites y respetar las normas que, claramente, esta vez fueron ignoradas. Mis papás tienen un auto y nosotros otro que sigue a nombre de mi mamá, porque antes era de ella. Por pereza, no hemos hecho el trámite del traspaso. Las multas llegan a su correo electrónico y el pago lo realizamos nosotros. 

Mi papá, mi mamá, mis hijos, mi marido y yo nos sentamos en nuestra sala para tratar de resolver quién era el culpable de esta sanción. Ninguno de los tres va a altas velocidades. Yo no subo de 60 kilómetros por hora y la multa decía que iba a 97 kilómetros por hora. 

Mi hijo Rodrigo tomó el mando del asunto: 

-Abuela, ¿qué día pasó esto?

-El primero de septiembre de 2021.

Mi marido me decía en voz bajita: “Chi, de ley fue tu mamá porque el primero de septiembre no creo que usé el auto. Solo me voy a Quito los lunes y los miércoles.

-Abuela, ¿a qué hora dice la foto que pasó esto?

-A las 8:35 am.

-Abuela, ¿Qué día fue primero de septiembre?

Miércoles.

Mierda, fui yo. No puedo creer. A mí me rebasan carros que van a 200 kilómetros por hora y no les hacen nada. Esto es injusto, gritó el Wilson, mi esposo.

El Rodri estaba feliz. El caso no tomó más de 10 minutos en ser resuelto. Nos levantamos de la sesión. Mis papis felices y sin culpa alguna se fueron a su casa. Yo me quedé histérica. No hay un solo año que al Wilson no le multen por algo. Tiene un karma que no se borra ni con todas las limpias que nos hemos hecho. 

Para ir a Santo Domingo pasamos por un pueblo que se llama El Paraíso. No entendemos en qué lugar el Wilson comete la infracción. Al salir de la curva los policías siempre le paran. Él es incapaz de pasar una coima, pero yo estoy harta de pagar cada vez USD 120. Las multas son el mejor negocio.

El Rodrigo, al verme tan brava, le dijo al papá: “Pa, cuando venga el señor del gas le preguntamos cuántas multas tiene que pagar él por matar orquídeas. No te pongas triste. Hay casos más graves”.

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