Contrapunto
El librero de Kabul, el antes y el después de los talibanes
Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

Actualizada:

10 Sep 2021 - 19:03

El destino de Afganistán parece ser el de un país en permanente ocupación extranjera -estadounidense o rusa- y también de un fuerte e intermitente dominio talibán, una organización fundamentalista que hace muy pocos días volvió a recuperar el poder y la atención mundial.

Y los temores no son por el curso ideológico que podría desencadenar, sino por las libertades y los derechos de las personas, especialmente de las mujeres que históricamente han sido relegadas, tal como narra la literatura sobre ese país del oriente medio, vecino de Pakistán.

Para entender algo de ese país está la novela-reportaje ‘El librero de Kabul’, publicada en 2002 por la periodista noruega Asne Seierstad que, para escribir este libro, se fue a vivir con una familia afgana y así conoció la profundidad de la situación de las mujeres.

Para ubicarse históricamente hay que señalar que los soviéticos participaron en la guerra con Afganistán en los años setenta y ochenta del siglo anterior para sostener políticamente a los comunistas afganos.

Las tropas soviéticas se retiraron del país en la primavera de 1989 y unos meses más tarde caería el Muro de Berlín y se desintegraría la Unión Soviética.

El 11 de septiembre de 2001 ocurre el atentado y la caída de las Torres Gemelas en Nueva York y Estados Unidos invade Afganistán con el objeto de capturar al líder fundamentalista de Al Qaeda, Osama bin Laden.

El último soldado estadounidense abandonó Afganistán los primeros días de septiembre de 2021.

Asne Seierstad nació en Noruega, como periodista y corresponsal ha trabajado en Rusia, China, Irak, Kosovo y ha escrito varios libros sobre guerras. A Sultán Khan, el librero, lo conoció en 2001 en Kabul después de cubrir el asedio a los talibanes en las llanuras del norte de la capital.

“Primero los comunistas me quemaron los libros, luego los muyahidines saquearon la librería y, finalmente, los talibanes volvieron a quemar mis libros”, narra Sultán Khan a la periodista noruega. Ella plantea escribir un libro, el librero acepta y comienza la historia.

Al momento de conocerlo Sultán tenía dos esposas, una que ya pasaba de los 40 años y una más reciente de 16. Algo normal, dice la escritora, vivir con dos esposas, porque la primera no puede pedir el divorcio, pues perdería todos sus derechos y los hijos siempre se quedan con el padre.

“Primero los comunistas me quemaron los libros, luego los muyahidines saquearon la librería y, finalmente, los talibanes volvieron a quemar mis libros”.

Sultan Khan

Vivir con la familia de Khan obligaba a la escritora a ponerse burka, una vestidura que oculta todo el cuerpo y la cabeza, dejando apenas una pequeña abertura de malla a la altura de los ojos.

La burka, se dice en el libro, es de uso mayoritario en Afganistán. En épocas pasadas solo la usaban las mujeres de clase alta “para protegerse de las miradas del pueblo”. Incluso algunas eran bordadas con hilo de oro.

En los años cincuenta el uso se extendió a todo el país y con la llegada de los talibanes en 1996 se volvió obligatoria para todas las clases sociales. Los hombres tampoco se salvaron de las prohibiciones, como por ejemplo rasurarse la barba.

Entre los 16 decretos más importantes se prohibieron los casetes y la emisión de música en las tiendas y en hoteles. Se prohibió jugar con cometas para evitar el ausentismo escolar y también los peinados británicos y norteamericanos.

Parece un relato orwelliano cuando se menciona la sede más odiada del régimen talibán: el Departamento de Promoción de la Virtud y de la Prevención del Vicio, conocido como el Ministerio de la Moralidad o de la policía religiosa. 

En los diálogos entre los personajes se menciona que el Islam es la única religión que en sus textos sagrados manda a luchar contra el terrorismo. Alá dijo a Mahoma: “no reces en una mezquita erigida por terroristas… los verdaderos musulmanes no son terroristas”.

También se narra a un país sacudido por interminables guerras. Los niños varones (porque los talibanes no hacían libros para niñas) no aprendían a contar con manzanas, sino con balas y con Kaláshnikov, los famosos fusiles rusos. 

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