En sus marcas, listos, fuego
¡Maldito seas, Guillermo Arriaga!
Felipe Rodríguez Moreno

Felipe Rodríguez Moreno

PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.

Actualizada:

24 Ago 2021 - 19:26

Maldito, maldito. Maldito sea el día en que compré ‘Salvar el fuego’ y me atreví a leerte. Nefasto para mi estabilidad mental haberme hermanado con José Cuauhtémoc. Maldito sea el día en que, como droga, tu prosa asesina entró en mi cabeza y cuál morfinómano perdido abrí ‘El salvaje’ y me enamoré de la Chelo.

Es que el poder de tu lenguaje multicultural, de altura y de tinieblas, es ilusoriamente exacto, fraguador de realidades paralelas con más condumio que la realidad misma.

Cierro tus libros, pero siguen creciendo en mi cabeza, con más raíces que ramas, con más tierra que aire. Lo que provocas es sed, sed de aquello que puedo beber, sed por el sencillo fenómeno de poder tragar.

Hoy odio a Arriaga, lo odio por arrebatarme, en un abrir y cerrar de libro, a Juan Guillermo y a Carlos de mi vida. Lo odio porque sé que sus personajes no son reales y él, el Arriaga progenitor de mundos, se burla de mis heridas y abre nuevas dónde no era justo que existieran.

Agricultor de palabras que siembran en el torrente sanguíneo la compañía de aquellos que no existieron nunca o que, hoy existen solo en ese pozo profundo e infinito que llamamos memoria. Arriaga es un prófugo que te abandona y te deja solo, justo cuando debes cosechar los estragos que dejó regados.

Manipulador del tiempo y el espacio, capaz de burlarse de Einstein y desafiar al ‘cuenta atrás’ del Gabo, Arriaga logra ‘spoilearte’ cada libro apenas lo empiezas y te hace vivirlo en un eterno estado de negación, donde tú, lector ingenuo, te crees capaz de cambiar la historia de una novela impresa e inmutable por el solo hecho de pasar sus páginas.

Maldito seas Arriaga. Quedará por cuestionarnos si lo que provocas no es peor que la heroína, que ocasiona que el frenesí de tus lecturas desemboque en un síndrome de abstinencia desesperante, crisis de ansiedad severa.

Aterra saber que, al acabar tus novelas uno no puede, por pura fidelidad, lealtad o enajenación, atreverse a violar tu droga abriendo cualquier otro texto. Acabar tus libros y atreverse a continuar con una nueva lectura es un signo insipiente de herejía.

Maldita mezcla de Schopenhauer y Newton, que al compás de la filosofía eres capaz de iluminar la luz con la oscuridad. Amo de la muerte, amo del dolor, amo del humor, amo de la esperanza. Amo del lector, Maldito Arriaga, maldito, maldito.

Estoy en medio de esta guerra entre el “no te merecemos” y el “nos merecemos más”. Entre el “es mejor olvidarte” y el “es imposible continuar sin recordarte”. Maldito, maldito. Hieres tanto, con tanta hilaridad. Hieres porque quieres, hieres porque puedes, hieres porque necesitamos ser heridos. Eres el dren de nuestros abscesos y la enfermedad de los obsesos.

Afortunadas las generaciones que puedan decir que vivieron en tus tiempos. Bienaventurados los integrantes de comunidades que se inyectaron, ahí donde la luna no alumbra, tus obras. Malditos, y eternamente malditos, los que pudiendo vivir con Arriaga en sus cabezas, prefieren el vacío.

Este es mi tributo a un autor maldito, a un genio entre las masas, a un artista del lenguaje, a un inventor, a un creador, a un mago, a un maldito chamán de lo imposible.

Esta no es una oda a la alabanza ni una genuflexión al escritor; es tan solo una apología al merecimiento, pero, sobre todo, un llamado a gritos para que dejen sus vidas inertes, corran a las librerías y se pierdan en Arriaga. Yo no iré a rescatarnos, porque después de hacerme caso, no habrá rehabilitación que los sane de vivir malditos.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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