Contrapunto
La Malinche, una historia de amor y traición
Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

Actualizada:

31 Jul - 19:00

La historia muchas veces es drástica con los personajes, los expurga durante siglos, los transforma en santos, brujos, los bendice o los maldice; alcanzar el punto medio es raro, por eso tiene tanto mérito la novela histórica Malinche, de Laura Esquivel, una de las escritoras más importantes de México.

En su libro, descubre lo más profundo de los sentimientos de una mujer indígena, a la que se ha llegado a considerar una traidora de su raza.

Las razones para semejante acusación nacen de la relación sentimental con el conquistador Hernán Cortés, con quien tuvo un hijo, bautizado Martín y que, según se afirma, fue el primer mestizo nacido de la colonización y conquista de América en el siglo XVI.

Malinche fue también esclava, regalada a otras familias en tres ocasiones, pero con una inteligencia tan grande que llegó a dominar dos lenguas aborígenes y aprendió tan rápido el español que se convirtió en la intérprete de Cortés. 

Sin embargo, para una indígena de la época era imposible evitar los prejuicios sociales, como por ejemplo que el apelativo malinche se transformaría en sinónimo de traición, tal como lo registra el Diccionario de la Lengua Española o que el malinchismo (Diccionario de Mexicanismos) define a la persona que “tiene complejo de apego a lo extranjero”.

Una precisión importante de la autora de la novela es que malinche fue también el apodo adjudicado a Cortés, porque estaba siempre a su lado como traductora. Entonces, de algún modo, malinche quiere decir “el amo de Malinalli”, el nombre original con el que fue bautizada.

Laura Esquivel fue cuidadosa de escribir todos los hechos de acuerdo con el contexto histórico, sin descuidar detalles del porqué la mujer indígena ocultó cierta información que los historiadores consideran pudo ser vital para que los conquistadores fueran derrotados en su afán por someter al pueblo mexica y llevarse el oro a su país.

Cortés otorgó a Malinche el rol de “la lengua”, como se denominaba entonces a las personas que traducían o interpretaban idiomas. La mujer, además del maya, hablaba náhuatl, que era la lengua de sus padres. El conquistador, por su trabajo, le daría la libertad luego de que se casara con otro español, tal como ocurrió.

Los historiadores y también la novelista señalan dos grandes episodios en los que la Malinche habría guardado silencio: el primero tiene que ver con la creencia del emperador Moctezuma de que los blancos y barbados que desembarcaron en las playas eran los enviados del dios Quetzalcóatl (la serpiente emplumada).

Este hecho estaba más relacionado con las creencias de los indígenas; pero el segundo, tal vez el más importante por lo estratégico, se relacionaba con una emboscada de grandes proporciones que, de haberse concretado, habría acabado con los conquistadores.

Narra la historia que la idea de los indígenas era cavar una zanja a modo de trampa para que cayeran los blancos con sus caballos. Por lo tanto, la sospecha de que los españoles fueron alertados recayó en Malinalli. Pero Esquivel sostiene que Cortés igual se hubiera enterado por otros medios.

A Malinche, anota Esquivel en la novela, la habían educado para servir como esclava. Y al traducir e interpretar no había hecho otra cosa que seguir las órdenes de sus amos españoles y eso, al final, le serviría para obtener su ansiada libertad.

El otro episodio que la escritora mexicana narra es el miedo que sintió Moctezuma porque creía que la “serpiente emplumada” había llegado con los españoles para pedirle cuentas sobre algunas decisiones.

Moctezuma cargaba sobre sus espaldas la culpa de que su pueblo, el azteca, deformó y traicionó los principios de la antigua civilización tolteca. Los aztecas eran nómadas y dejaron de serlo cuando echaron raíces en Tula.

El terror al castigo del dios Quetzalcóatl “paralizó la enorme capacidad guerrera de Moctezuma”, quien habría sido capaz de aniquilar a los extranjeros en un solo día. Malinche se había dado cuenta de que la presencia española en el territorio de los mexicas solo obedecía al propósito de llevarse el oro y se quedó callada.

Pensaba que si revelaba la verdad los españoles serían aniquilados y ella también; e incluso, el hermano de Moctezuma, Cuitláhuac, y su primo Cuauhtémoc, ya le habían advertido que los dioses venidos del mar no eran más que una banda de saqueadores.

Malinalli conocía la crueldad de Moctezuma y frente a esa alternativa, subraya la novela de Esquivel, “por supuesto que prefería que los españoles triunfaran” y para eso requería mantener viva la idea de que eran los dioses venidos del mar.

El dios Quetzalcóatl o su espíritu había salido del territorio después de cometer un incesto similar al que se atribuye a Lot en la Biblia. Tras mirarse en un espejo negro habría visto la marca de su falsa identidad, se emborrachó, fornicó con su hermana y se fue de Tula para recuperar su luz y regresar algún día.

En la novela se narra uno de los más sangrientos combates con más de 6.000 muertos entre españoles e indígenas ocurrido en Cholula. Y otra masacre, mucho más grande, en Tlatelolco, el mercado y el corazón del imperio, donde se dio el golpe final a los habitantes de Tenochtitlán.

Mataron y aprehendieron a más de 40.000 indígenas, aunque muchos murieron por causa de la viruela que, aunque no lo dice el libro, llegó con los españoles.

Para entonces Moctezuma había muerto en otro episodio sangriento y había asumido Cuitláhuac, pero no duraría mucho, la viruela se encargó de acabar con su vida y ahí aparece el combativo Cuauhtémoc -que también tuvo un final trágico- para tratar de recuperar el territorio que se les iba de las manos.

Para contar la historia o el viaje hacia los orígenes de la Malinche, Laura Esquivel consultó 33 fuentes. Narra desde su nacimiento, que se produjo entre 15 o 18 años antes de la llegada de los españoles a México, que fue en 1519 y concluyó dos años más tarde, después de cruentas guerras con los aborígenes.

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