De la Vida Real
El drama de las mamás y los deberes ‘en modalidad presencial’
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

31 Oct 2021 - 19:01

Mi hijo Pacaí, que está en sexto de básica, me dijo la semana pasada que debía preparar una exposición sobre el Día de los Difuntos en México.

Luego me entregó una lista escrita por él de las cosas que debía comprar para ‘el altar’ que iba a hacer en clase. 

Y el papel decía:

-Velas de colores, papel picado, calaveras y todo lo que encuentres de la película ‘Coco’. Gracias Má. 

Ese “gracias má” me retumbó en el alma, hizo que me empoderara de mi papel de madre ejemplar. Fui por todo Conocoto buscando las cosas de la lista.

Las velas resultaron lo más fácil, en la primera tienda las encontré. Luego pasé por una papelería y me entregaron el papel picado: una funda grande con muchos papelitos de colores adentro, para mí eso se llamaba ‘confeti’, pero como los nombres de las cosas cambian a una velocidad impresionante, no hice mucho caso y pagué 50 centavos. 

Recorrí más de 20 tiendas de fiestas infantiles, buscando algo relacionado con la película ‘Coco’. No lo podía creer, no había nada. Hace seis años estábamos invadidos de ‘Coco’ por todo lado; algo debía quedar por ahí rezagado, pero no.

Me rasqué la cabeza, respiré profundo y no dije ni una palabra. Ni fregando iba a dejar de hacer la máscara.

Las mamás, a lo largo del día, vamos teniendo muchas personalidades que se adaptan a cada circunstancia.

Llegué a la casa agotada. Le entregué al Pacaí la funda con las pocas cosas que pude conseguir. Al abrir la bolsa me dijo:

-Má, jamás te pedí que compres confeti. Esto no me sirve. 

Me transformé en dictadora:

-¿Qué dice aquí?, Pacaí, a ver, lee, ¿qué dice aquí? 

 Él, asustado, leyó la lista, palabra por palabra.

-Má.

-¿Qué? Eres un malagradecido. Te compro las cosas y dices que no te sirve nada.

-Má, es que te quiero enseñar lo que es papel picado.

Asustado ante el monstruo al que se enfrentaba, me enseñó en Google el clásico papel mexicano que tiene formas, ese que cuelgan en restaurantes.

Resulta que ese papel se ha sabido llamar papel picado. Me sentí el ser más ignorante del mundo. No me tocó más que bajar la guardia y reírme de mi estupidez.

-Rey, perdón, mejor hablo con a la profesora a ver qué mismo pide.

Él, muy seguro de sí, me dijo:

-Má, solo pregúntale qué hay que llevar, nada más. No le cuentes lo del confeti, porfa. Qué vergüenza.

Le llamé a la profe:

-¿Cómo le va?, María José. El Pacaí me entregó una lista de cosas que debo comprar, pero no las encuentro en ningún lugar. 

-Buenas tardes, Valentina. Sí, puede comprar o pueden realizarlas los mismos chicos. Ellos tienen unos tutoriales de cómo hacer papel picado”. -Me explicó-

De madre dictadora cambié a madre comprensiva y acolité. Salimos a comprar papel de cometa, para hacer el verdadero papel picado.

Regresamos y me senté frente a la computadora a ver más de mil tutoriales de cómo hacer esta famosa artesanía mexicana.

Es la cosa más complicada que he hecho hasta ahora. El papel se rompía, se arrugaba, se caía, lo cortaba mal, volvía a repetir, una y otra vez.

Me senté a llorar frente al fracaso de mamá que soy. Mis hijos me consolaban diciendo que lo intentara otra vez.

Ante los hijos no queda más que actuar como una mamá de serie. Del llanto pasar a la resignación y a esperar que algo mágico pasara en el guion para que el producto final estuviera listo. Corte y seguimos con la próxima escena.

Ya había terminado de hacer los diez papeles picados. Ahora tocaba hacer la máscara y decorarla. Compré un ‘buff’ de calavera por Facebook. La cadena de producción comenzó. El Pacaí era el encargado del diseño, los hermanos de pasar los materiales y yo de la ejecución.

Eran casi las ocho de la noche, estábamos cansadísimos. Toda la tarde armando las cosas para el altar mexicano en la mesa del comedor. En eso llegó un WhatsApp de una mamá: “Tomen en cuenta, mamitas, que las máscaras de calaveras pueden ser impresas y pintadas, nada muy complicado”. 

Leí, me rasqué la cabeza, respiré profundo y no dije ni una palabra. Ni fregando iba a dejar de hacer la máscara. Además, la decoramos con escarcha y unos mullos transparentes que zafamos de uno de mis collares preferidos.

Al guardar todo, casi a las diez de la noche, el Pacaí comenta:

-Ma, qué mudos somos, era de haber impreso una máscara y le decorábamos con el confeti que compraste. Total, no nos van a calificar. Todo nos quedó demasiado ‘pro’ para lo que pedía la profe”.

Ahí es cuando una, como mamá, entiende a las madres que arrastran a sus hijos e, incluso, una genera una cierta empatía con ellas.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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