De la Vida Real
Con mascarilla todo el mundo termina gritando sus intimidades
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

4 Oct 2020 - 19:01

Ayer me di cuenta de que la mascarilla hace que la gente grite, que cuente sus problemas a voz viva, sin percatarse del resto. Creo que los que usamos la mascarilla perdemos los sentidos y agudizamos la voz. No encuentro otra explicación.

La vida poco a poco va volviendo a la normalidad, y yo tengo cosas pendientes que debo ir resolviendo desde marzo. Una de esas era ir a ver qué está pasando con la tarjeta de crédito. Pago y pago, y la deuda sigue y sigue. Así que me armé de valor y fui al banco.

Tomé turno. Me dieron el S-759. Cuando llegué estaban en el S-755. Todas las personas con mascarillas, todos manteniendo la debida distancia junto a la prudente resignación de la eterna espera.

Como no hay como sacar el celular ni conversar con el que está al lado, toca fijarse en el entorno: en el señor que barre y trapea sin parar, en el que limpia y limpia cada escritorio una y otra vez, el guardia que vigila el movimiento de cada persona ahí adentro.

Yo estaba en espera, en el área de atención al cliente, me tocó sentarme saltando una silla. Crucé la pierna y no paré de observar a mi alrededor. Esto habrá durado los primeros tres segundos, porque luego mi oído superó al poder de observación.

Una señora de la tercera edad le contaba al cajero en voz altísima: “Señor, vengo a pagar la multa de USD 120. No ve que los chapas me agarraron en plena Simón Bolívar, y ayer me llegó la notificación que debo pagar aquí. Estos son el colmo”.

Todos nos enteramos del problema de la señora.

Inmediatamente pensé que los cajeros de los bancos deben tener algo de psicólogos o de budistas. Oír tantos problemas y reclamos no es un trabajo para cualquiera. Y ellos aparentan interesarse por algo que estoy segura de que no les importa ni un poco.

Pero los clientes también necesitan desahogar sus penas. Con la mascarilla puesta, da la sensación que el interlocutor no nos va a entender, y alzamos la voz de manera distorsionada. 

Luego pasamos al caso de una señora, no tan mayor. Ha de haber tenido unos 55 años. Fue a hacer el reclamo porque le debitan plata de su cuenta mensualmente de un servicio de celular que ella no solicitó.

Estaba bravísima. El pobre cajero le explicaba con mucha paciencia que ese problema el banco no lo puede solucionar, que debe ir a hacer el reclamo en la compañía de telefonía celular, a lo que ella respondía que ellos tampoco le arreglan el problema.

“¿Qué hago señor? Ayúdeme por favor”. El cajero no habló tan duro, entonces me quedé con la curiosidad de saber cómo le habrá ayudado. Pero la señora salió diciendo: “Gracias, joven. Así mismo voy a hacer”.

El señor que estaba sentado a mi lado me comentó que a su hijo le pasó lo mismo. Le conté que a mí también me pasó lo mismo, y me cobraban plan de un celular que jamás había sacado. Estábamos en gran conversa, hasta que el guardia nos dijo que hagamos silencio, que debemos mantener la distancia. Ahí caí en cuenta que, claro, uno habla más duro para que el otro oiga porque estamos lejos. 

“Señora Palladares Febres Valeria”. Me paré sin reclamar. Ya estoy resignada a que nadie entienda mi nombre ni mis apellidos ni nada que tenga que ver con mi identidad.  

Me senté frente a la señorita y traté de hablar bajito para que no oigan todos mis problemas económicos. “Señora Palladares, hable más alto. No le oigo”, me dijo. “Verá, señorita…”. Le conté mis finanzas, y el llanto floreció. Ella me consoló.

“No se preocupe. Ya le vamos a ayudar a que pueda pagar a 12 meses la deuda total. Tranquila, Valeria”.  Me pasó un papel para que firme los nuevos acuerdos de refinanciación y me dio una clase magistral para el uso correcto y responsable de la tarjeta de crédito.

El rato que salía, un chico me quedó viendo y le comentó al señor que estaba a su lado: “Pobre señora. Ojalá logre pagar la deuda, que no ha sido mucha”. A lo que el otro señor respondió: “Dios proveerá. Así mismo es cuando uno es joven”.

Sonreí agradecida por el consuelo y la esperanza. Pero me acordé de que estaba con mascarilla y no podían ver mi sonrisa. 

Al salir del banco, pensé en ir a comprar unas plantas, pero me acordé de que no tengo plata. Con mascarilla una habla sola, se aconseja más y entra en razón continuamente. Espero que estos pensamientos verbales sí sean en voz bajita.

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