De la Vida Real
Mientras lavo los platos, pienso en la mamá de los deportistas
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

21 Mar 2021 - 19:03

Mi momento de reflexión llega mientras lavo los platos. Si fuera guionista de una película, estoy segura de que me ganaría todos los premios Óscar existentes. 

El domingo, mientras veía cómo la espuma del jabón se desvanecía con el agua caliente y la suciedad de los restos de comida se iba al olvido, me acordaba de cuando los guaguas eran chiquitos.

Salir de la casa resultaba una labor imposible. Las imágenes aparecieron como un tráiler magistralmente editado. El Wilson, mi marido, era el encargado de acumular los tereques y yo la encargada de la logística.

Y aunque la pañalera estaba perfectamente armada, siempre nos olvidábamos de lo más importante: las mamaderas, los pañales o los pañitos húmedos. Nos volvimos unos expertos en solucionar los problemas del despiste de una forma admirable.

Hubo ocasiones en las que nos echábamos la culpa, pero, al final, nos reíamos de nuestra desgracia convirtiéndola en anécdota. 

El domingo, mi hijo Rodrigo tuvo su primera carrera importante de bici. Él estaba feliz. Se levantó a las 06:00 para alistar todo y entró a la casa llorando para decir que su bicicleta estaba con la llanta baja.

Por suerte, estaban aquí mi ñaño y mi cuñada, ciclistas expertos, y le hicieron un mantenimiento exprés a la bicicleta.

Los tíos son ese soporte psicológico que todo padre necesita y en el que todo niño se ampara. 

Solucionado el problema, fuimos rumbo a la carrera. Mientras agarro más jabón para lavar la olla, vuelve el recuerdo de cuando nacieron mis hijos, y no porque extrañe cuando eran chiquitos, sino que me admiro de cómo somos los papás.

Estamos listos para cubrir cualquier necesidad de nuestros pequeños. Siempre los vemos indefensos, a pesar de saber lo invencibles que son. Agarro más jabón y, en cuanto se entibia el agua, me llega otro flashback. 

Al llegar al Cotopaxi Bike Park, solo veía ciclistas por todos lados. Pagamos la entrada y nos dirigieron a una carpa para retirar el kit. Tenía nervios, sentía cómo se abría una nueva etapa: la de padres de hijos deportistas. 

El nudo en la garganta se hizo tan presente que decir el nombre de mi hijo me fue imposible. El Wilson entró al rescate. Estábamos ahí mis tres hijos y yo, cuando de pronto le oí al profe Andrés que dijo: “Hola, Rodri, campeón, ven para que oigas las instrucciones técnicas”.

Esa voz me dio calma y me sentí amparada. Sabía que mi niño estaba en buenas manos. La carrera empezó, y mis lágrimas iban a la misma velocidad con la que pedaleaba el Rodri. Hubo un rato en que se perdió de vista y entré en pánico. Las mamás no estamos hechas para estas cosas. Qué martirio no verle bajar en la segunda vuelta. 

Ante mi pavor, mi marido me dijo: “Tranquila, si se cayó, ya nos hemos de enterar”. ¡Qué nivel de adrenalina! Hasta que le vi venir por una bajada terriblemente empinada. El alma me volvió al cuerpo, estaba bien, estaba feliz y me sonrió.

Lo que menos me importaba era saber el lugar en el que había quedado, pero mis otros dos hijos decían: “Ya perdió, uuuu, ya perdió el ñaño”. 

Veía a otros papás y a otras mamás que corrían tras sus hijos dándoles ánimos. Gritaban sus nombres. Admiro cómo les sale la voz. A mí solo me salía el llanto. 

Cuando se bajó de la bici me dijo: “Má, qué hermosa carrera. Ya quiero que sea la otra para correr así de rápido. Me caí, pero unos ayudantes me revisaron a mí y a la bici”. Le tomé de la mano, y fuimos a la premiación.

Rodrigo Camacho, cuarto lugar. Él nos regresa a ver y nos dice: “Quedé cuarto porque mi número de carrera era el 114”.

Terminé de lavar platos, y así entendí que también debe terminar mi etapa de mamá sobre protectora. Pero no sé cómo voy a manejar mis emociones. 

El Pacaí comenzó ayer su campeonato de tenis, y la Amalia tiene el próximo domingo concurso de equitación. 

Sufrí viendo a lo lejos cómo el Pacaí derrotaba a su contrincante con un revés y con una bolea espectaculares. No entiendo nada de tenis, pero siento que mi hijo es Nadal, y yo una actriz profesional que actúa de mamá controlada, sin emociones ni llantos. 

Hasta que un padre de familia dijo: “¡Qué bien ese niño, es buenazo!” Y yo me derrumbé ante mi actuación y salieron mis lágrimas como un grifo de agua tibia. Fue una mezcla de orgullo y ternura. 

Mientras seco y guardo los platos, me autoaconsejo: “Valen, debes tratar de controlarte un poco más”. Y me río. ¿Por qué seré tan nerviosamente llorona?

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