De la Vida Real
El misterio del ‘animal’ que vivía de las cosas de la alacena
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

18 Abr 2021 - 19:02

Un verdadero enigma. No sé cuánto tiempo les oí a mis papás que en su casa estaba pasando algo muy raro. Había un animal que se comía todas las cosas que dejaban en la cocina.

Mi papá tenía la hipótesis de que este ser era un verdadero genio, porque no dejaba rastro alguno más que cosas mordidas.

Varias tardes les encontré analizando profundamente el comportamiento de este ‘animal’. Así le bautizaron, porque no tenían idea a qué especie pertenecía.

Yo les decía que de ley era una rata, pero ellos decían que no, porque las ratas y los ratones siempre dejan su caca como señal de presencia. Y este no dejaba nada. 

Al comienzo a mis papás les entretenía este enigma. Se sentían detectives. Pero luego empezaron a pasar cosas aún más extrañas. De repente, sonaba la alarma en la madrugada. Despertaban al vecindario entero.

Llamaron más de diez veces al técnico, quien solo les decía: “Señores, el sensor de movimiento está perfecto. Debe ser algo sobrenatural lo que activa la luz del sensor”. Cada visita de este técnico, que era realmente antipático, costaba unos USD 20. 

Con el tiempo dejaron de poner la alarma, porque todos los vecinos se quejaron, y el técnico se estaba forrando.

Una mañana encontré a mis papás poniendo todo, absolutamente todo, en tarros y en frascos. Mi papá, con su pésima letra, anotaba en una cinta blanca el nombre de cada cosa.

“Paquito, este tarro era de galletas, no de la sal”, le decía mi mamá, a lo que él respondía: “Bueno, dejemos nomás”. Ahora en el frasco que dice ‘Harina’ está el arroz, y en el que dice ‘Azúcar’ está el orégano.

Todo este desbarajuste se armó para que el ‘animal’ dejara de comerse las cosas.

“Pero es tan inteligente este ‘animal’ que sabe que en el frasco que dice ‘Fréjol’ hay miga de pan, porque ese es el que siempre trata de abrir. El otro día, botó el frasco y lo rompió. Fuimos corriendo con tu mamá a ver qué pasaba, pero el animal huyó, como huyen todos los cobardes”, nos contaba mi papá como la gran novedad del día.

En realidad, el ‘animal’ fue parte de nuestra vida durante muchos meses. Se desarrolló una relación de amor y odio. Un día, mi mamá decidió comprar veneno para ratas. Lo puso en partes estratégicas, pero como era tan inteligente este ‘animal’ jamás lo probó. 

El enigma del ‘animal’ que se robaba la comida y se comía toda la fruta duró hasta que un día mi mamá logró ver una caca de ratón. Creo que pocas veces habían estado tan felices de descubrir una pista clara: era un roedor.

Como la convivencia fue tan larga, mis papás ya sabían qué le gustaba comer, y fue ahí donde pusieron el veneno por un par de días. 

No les volví a oír hablar del tema, y me olvidé de preguntar. En mi vida pasan cosas más interesantes que estar pendiente de un ‘animal’ ajeno, pensaba, pero mis hijos me traían los chismes:

-“Má, el ‘animal’ se comió todo el veneno. ¡Pobrecito! Se va a morir”, me contaban. Y claro, me daba un poco de pena.

El fin de semana pasado fuimos a almorzar a la casa de mis papás. Mi mamá tiene el tema de mandarnos todas las sobras que pueden existir. Fui a coger una bolsa y me encontré cara a cara con la rata muerta. Me pegué un susto gigantesco.

Y no porque tenga miedo a las ratas, sino porque era un cadáver inerte y apestoso.

Además, sentí pena porque este animal –ahora ahí putrefacto– por mucho tiempo fue parte de nuestras largas conversaciones y motivo de desvelo (por el ruido que hacía la alarma). Mi marido, como siempre, fue a mi rescate. Mis hijos estaban felices viendo cómo hacían el levantamiento del cadáver.  

El Pacaí, mi hijo mayor, viendo esta escena, me dijo:

-“Má, por fin entiendo por qué les dicen ‘ratas’ a los delincuentes y a los corruptos: porque son exactamente iguales a ese animal que vivía aquí, en la casa de los abuelos. Se robaba todo y se escondía sin dejar huella, hasta que se comió el veneno. ¿Cachas, Má? Los políticos usan esa misma estrategia para robar. Todo tiene su lógica en esta vida”. 

Nunca me había puesto a pensar en la relación que hay entre una rata de verdad y una ‘rata humana’. Claro, ahí está la similitud. El robo es un acto que tarde o temprano será descubierto. Si no, que la alarma de su conciencia se active, y les despierte a la mitad de la noche sin dejarles dormir. Ojalá.

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