Contrapunto
Moro narra la aventura para salvar al mundo de la viruela
Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

Actualizada:

13 Nov 2020 - 19:01

De todas las epidemias conocidas desde los orígenes de la humanidad, ninguna como la viruela causó tantas muertes; encontrar una vacuna tardó siglos de investigaciones y de frustraciones, ya que su contagio alcanzó al 60% de la población mundial y arrasó con pueblos enteros.

A América llegó con la conquista española y fue precisamente una misión científica de ese país la que viajó al Nuevo Mundo, a comienzos de los años 1800, para desarrollar un plan masivo de vacunación en todos los virreinatos, porque la enfermedad se había apoderado no solo de los aborígenes que habitaban estas tierras, también de los criollos y mestizos.

A flor de piel, una novela publicada por Javier Moro en 2015, profundiza no solamente en los métodos utilizados por la misión científica, también destaca el trabajo de una mujer, Isabel Zendal, considerada la primera enfermera en el mundo, que viajó a América con el propósito de cuidar a los niños que llevaban el virus inoculado en sus brazos, la única manera de asegurar el transporte seguro del remedio esperanzador.

La misión científica se basó en los estudios efectuados por el médico rural inglés Edward Jenner, que suscitaba feroces críticas, especialmente desde el sector religioso. Todo comenzó por una observación muy sencilla, que las campesinas que ordeñaban las vacas nunca padecían de viruela.

Esas mujeres estaban protegidas por un virus de la viruela que se daba en las vacas, similar a la viruela humana, pero mucho más benigna y no contagiosa, se relata en el libro de Moro. Entonces Jenner creía que la viruela bovina podía inmunizar definitivamente contra la viruela humana. Los experimentos de Jenner consistieron en inocular pus infectado de las vacas con viruela en las personas.

Al procedimiento lo denominó vacuna, que se deriva de la palabra vaca, pero los detractores calificaron de inmoral y de sacrílego al estudio del médico rural y el Papa lo prohibió en los estados pontificios. Otros decían que una inmunización de origen bovino causaría que crecieran cuernos a las personas.

Pero en Estados Unidos Thomas Jefferson felicitó a Jenner, en Francia Napoleón ordenó vacunar a sus tropas y en Rusia la emperatriz ordenó que el primer niño vacunado fuera bautizado Vaccinoff.

El problema era conseguir virus vacuno porque las vacas solo se infectaban en el norte de Europa. En agosto de 1800 se efectuaron las primeras vacunaciones en Galicia, que recibió de Cataluña hebras impregnadas con pústulas de vacas contagiadas.

 ¿Cómo transportar la vacuna al Nuevo Mundo sin llevar vacas en los barcos? Ese era el dilema que el doctor catalán Francisco Xavier Balmis tenía resuelto. Se introduce el pus mediante incisión en un brazo, se espera a la erupción de una pústula entre nueve y 10 días, luego se extrae el líquido de esa vesícula y se trasmite a otro individuo.

De esa manera se podía conservar la vacuna indefinidamente, pero no se podía hacer con soldados porque muchos ya habrían sido contagiados y, al mismo tiempo, inmunizados. Lo más seguro era con niños, pero sería difícil que los padres autorizaran semejante riesgo, entonces la solución estaba en los orfelinatos. 

Lo hicieron con niños abandonados, sin padres reconocidos y con el riesgo de que no pudieran tolerar la incisión en la piel o de que se rascaran y se rompiera la vesícula con el líquido. Necesitaban una persona que conociera a los niños y esa mujer era la rectora del asilo de niños abandonados: Isabel Zendal.

Ella vivía en la inclusa con su único hijo, cuyo padre se fue después de dejarla embarazada, tuvo que aguantarse también los prejuicios de la tripulación del barco; los marineros sostenían que la presencia de una mujer a bordo traía problemas y mala suerte; de cada tormenta o incidente durante la travesía la mujer era la culpable.

La investigación de Moro afirma que Zendal permaneció en Puebla, México, hasta su muerte, de la cual la historia no ha dejado constancia. La Escuela de Enfermería lleva su nombre; la OMS la nombró en 1950 “la primera enfermera de la historia en misión internacional”.

El autor de El Imperio eres tú señala que haber nacido pobre de solemnidad, ser mujer y madre soltera fueron factores que sin duda contribuyeron a condenarla, no solo al oprobio, sino también al olvido.

Moro se pregunta ¿quién se acuerda de aquellos huérfanos o hijos de familias desestructuradas que protagonizaron sin saberlo la mayor hazaña médica de la historia de su país?

Un detalle importante que anota el autor de Senderos de libertad es que en 1858, cuando Pasteur inventó la inmunización contra la rabia, la denominó vacuna en honor al doctor Jenner. En 1951 se dio un caso de viruela en México y la última muerte se produjo en 1978 en Inglaterra por error de manipulación en un laboratorio.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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