Contrapunto
La muerte de Atahualpa contada por Benjamín Carrión
Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

Actualizada:

11 Sep 2020 - 19:05

Chaupi punchapi tutayaca (anocheció en la mitad del día), así quedó registrada por los cronistas la muerte de Atahualpa, el hijo predilecto del inca Huayna Cápac, en medio de una traición cometida por el autoritario Francisco Pizarro, y después que el cacique quiteño le había entregado gran parte de los tesoros incásicos.

Un pintor ya desaparecido había contado una historia parecida a la que narra Carrión, pero le había agregado que, en coincidencia con la muerte del heredero del imperio, se produjo un eclipse de sol que repentinamente apagó el día.

Tras la lectura del último libro del Pájaro Febres Cordero, titulado Pasiones de un hombre bueno, Benjamín Carrión, se menciona toda la obra escrita por el lojano que más aportó a la cultura, a la historia, a la diplomacia y a la política en nuestro país.

Entre las obras citadas figura el ensayo sobre Atahualpa (ediciones Antares) que, en realidad, a medida que avanza en la narración, se convierte en una hermosa historia novelada, que no descuida ningún detalle, desde los orígenes del primer inca que nació luego de emerger de las profundidades de las gélidas aguas del lago Titicaca. 

Para nadie, mucho menos para un historiador, es desconocida la rivalidad entre los dos últimos caciques incas: Atahualpa, nacido en los alrededores del equinoccio, y Huáscar, en el ombligo del mundo, como se conocía al Cusco, la capital del Imperio Inca.

Ambos descendientes de Huayna Cápac, pero de distinta madre, Atahualpa hijo de la reina Paccha y Huáscar considerado el hijo legítimo, destinado por la historia y la tradición a ser el heredero único del Tahuantinsuyo, nombre equivalente a las cuatro direcciones del mundo.

Atahualpa era luchador e inteligente, Huáscar un mimado incapaz de tomar decisiones; por eso Huayna Cápac decide que el sur del imperio sería gobernado por el cusqueño y el norte por Atahualpa, un grueso error histórico equivalente a la existencia de dos soles en el universo, tal como se narra en la obra de Carrión.

González Suárez corrobora por qué Quito era tan importante: “Era como la segunda capital del imperio y Huayna Cápac gustaba de permanecer más tiempo aquí que en el Cusco”. La decisión de dividir el reinado cayó como una bomba en la capital incásica, donde se creía que Huayna Cápac había sido embrujado por los hechiceros de quiteños.

Entre los partidarios de Atahualpa estaban Quizquis, Chalcuchima y, sobre todo, el feroz y astuto Rumiñahui. Ellos, según el libro, complotaron para retener en Quito al glorioso hijo del Sol (Huayna Cápac) para que desheredara al príncipe legítimo Huáscar y, en su lugar, instituyera al príncipe Atahualpa. 

La gran preocupación era que el Tahuantinsuyo se fraccionara por causa de la rivalidad entre dos hermanos, lo cual derivaría en la destrucción de la obra de los incas conquistadores y estadistas que, con la espada o con la persuasión, incluso con el amor, “habían logrado la armonía y la felicidad de todos los hombres”.

En paralelo con el debilitamiento de Huayna Cápac, por causa del paludismo, los chasquis corrían para anunciar la presencia de unos hombres misteriosos que habían llegado a las costas volando sobre el mar y que luego se los veía sobre corceles demoníacos disparando fuego con sus arcos.

El anciano inca se acordó de las antiguas leyendas de que vendrían hombres blancos y barbudos a derrotar el milenario dominio inca en las tierras del Tahuantinsuyo.

Benjamín Carrión refiere que los quitus, a pesar de los horrores de Yahuarcocha (el combate más cruel y sangriento de toda la conquista incaica) se habían encariñado con Huayna Cápac, que durante 30 años –en comercio estrecho y cotidiano- los había regido. El anciano le hizo conocer a su hijo que no se creía el cuento de que los hombres blancos eran dioses o descendientes de Viracocha.

Si lo fueran –decía- no habrían preguntado cuál era el camino del Cusco, el nombre del inca y los sitios donde había oro. Le pidió al hijo predilecto que su cuerpo fuera llevado al Cusco para que quedara junto a sus antepasados y su corazón en Quito, en el santuario del sol edificado por él mismo en la cima del Yavirac (nombre que los españoles cambiaron por Panecillo) donde, además, debía descansar el cuerpo de su amada Paccha.

El 16 de mayo de 1532 partió desde Tumbes la expedición conquistadora del Perú. La primera ciudad que fundaron fue Piura; allí Pizarro recibió noticias precisas del triunfo incontrarrestable de los ejércitos quiteños de Atahualpa sobre los de su hermano Huáscar.

Preso en Cajamarca, a Atahualpa lo acusaron de ofensa a Dios, de mal servicio a la Corona y de traición. Pizarro tuvo miedo de que los indios lo liberaran; la hoguera y la horca en Cajamarca evidenciaban la cobardía del español, que no sabía leer ni escribir y que, tal como ocurrió con Hernán Cortés en México, tenía como único propósito apoderarse del oro y sembrar una religión; pero los indígenas solo adoraban al sol.

Una mujer indígena de los zarzas, al conocer la trágica muerte de Atahualpa y como oración fúnebre expresó: chaupi punchapi tutayaca. Quería decir que el joven y fuerte inca murió en la mitad de su trayectoria vital y que también se apagó el gran imperio del Tahuantinsuyo, forjador de una cultura fuerte y sólida, además de sabia.

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