De la Vida Real
Señora Rosa, la muerte tocó a la puerta
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

14 Mar 2021 - 19:02

La muerte tocó la puerta. Eran las 06:00 de la mañana, y mi vecina me llamó a decir que su mamá, la señora Rosa, había muerto a las 03:00 a causa del coronavirus.

Al oír la noticia, no supe qué hacer ni qué decir. No sabía si ponerme primero los zapatos o el sostén. Me quedé en shock.

Pensé en ponerme la mascarilla y salir corriendo a verlas, pero no. No podía hacer eso. Todos en su casa están contagiados.

Solté una pregunta sin premeditación: “¿Cómo puedo ayudar?”.

Buscando una funeraria en Conocoto. Me respondió.

Nunca en mi vida había buscado una funeraria y mucho menos en Conocoto. Abrí Google y busqué “funerarias en Conocoto”, pero no encontré ni una sola. Tal vez no es un negocio como para estar en páginas de Internet, pensé.

Llamé a una exvecina. Ella tiene el tipo de personalidad que todo soluciona sin hacerse lío. Es más, le encanta estar con ese estrés que provoca solucionar cosas. Y su respuesta fue: “Valen, ahorita bajo”.

Vino con su mamá. Ellas sí sabían dónde quedaba la funeraria del pueblo. Nos atendió un señor encantador, quien nos dijo que ellos no podían aceptar casos de muerte por Covid-19.

Nos direccionó y nos dijo que fuéramos a la Funeraria Nacional, que queda por el puente tres. “Ellos, junto con el COE Nacional, se encargan del asunto”, dijo.

No es “el asunto”. La que se murió fue la señora Rosa, nuestra vecina durante más de 12 años, una manabita encantadora de una generosidad desbordante.

Cada vez que hacía empanadas de verde, bajaba a regalarnos y, cuando hacía pan, venía corriendo para que no se enfriara y lo pudiéramos comer calentito.

Cuando dejaba a mis hijos con ella, siempre regresaban comidos. Era una señora chiquita, flaquita, con el pelo negro, pese a sus 79 años. Su piel era más blanca que sus canas. Cuando venía de su tierra, nos traía una mano de plátano verde.

Sentía que estábamos en la búsqueda de solucionar un “asunto”, cuando en realidad era mucho más que eso. Era buscar un lugar para que le dieran santa sepultura.

En el carro estallé en llanto, y un hueco en mi corazón se abrió mientras buscábamos el cementerio del puente tres.

Llegamos a un lugar hermoso, nos dijeron que el costo por cremación es de USD 600 y USD 800 si queríamos enterrarla, más USD 80 anuales de arriendo por el espacio.

La muerte estaba frente a mí, y esto se resuelve de manera mercantil. ¿Cómo una persona que no es de la familia puede tomar estas decisiones? La Cris me dijo: “Valen, mejor llamémosles a sus hijos, y que ellos decidan”.

El señor de la funeraria nos veía y nos dijo que, si nosotras no éramos familiares, lo que había que hacer era llamar al 911 para que ellos se encargaran del trámite.

“Nosotros ya rompimos el convenio con ellos. En la cuarentena nos mandaban todos los casos de beneficencia, y ya no era rentable”. Y en ese instante caí en cuenta de que la muerte es un negocio muy lucrativo y, si no da plata, no hay convenio.

Con todo lo informada que soy –veo y leo mucho las noticias– ¿Cómo es posible que no tenga idea sobre qué hacer si alguien se muere por Covid?

Nos sentamos en el filo de la ventana de la funeraria, con una vista maravillosa, y la Cris, con su solvencia, llamó a la familia de la señora Rosa. Llamó también al 911. Solucionó todo en menos de diez minutos.

No habíamos desayunado y pasamos comprando un encebollado para comer en mi casa. Me acordé que la señora Rosa vendía unos encebollados deliciosos que hacía el hijo.

Cada bocado pasaba con las lágrimas que me salían. En menos de 20 minutos llegaron la Policía, los funcionarios del Ministerio de Salud, unos señores a fumigar. La familia de la señora Rosa le lloraba en la calle y nosotros en la casa.

Qué fea sensación no poder estar con ellos, darles un abrazo, sentir que estaban infectados, que la peste está a menos de 100 metros de mi casa.

Hicimos una colecta para que su cuerpo fuera llevado a su natal Pedernales. Y, de lejos, vimos cómo salió por la puerta principal una funda negra. Unos señores vestidos con trajes de bioseguridad blancos y mascarillas enormes cargaban el cuerpo de nuestra querida vecina.

Tal vez su muerte se pudo evitar. El miércoles anterior fue al Subcentro de Salud de Conocoto, con gripe y malestar. Le dijeron que no era nada, que se regresara a su casa, donde murió con angustia de no poder respirar más. Tal vez así fue su destino.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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