De la Vida Real

La dicha de hacer el Nacimiento: hijos malagradecidos y nietos cómplices

Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

12 Dic 2021 - 19:00

Cuando era chiquita, bueno, hasta que tuve 25 años y salí de la casa de mis papás, jamás armamos un árbol de Navidad.

No sé por qué, pero se me hacía raro que en todas las casas a las que iba por esas fechas hubiera un hermoso árbol navideño en la sala, menos en la mía.

Tampoco había adornos de Papá Noel o muñecos de nieve. En la casa de mis papás lo único que había era un gran Nacimiento que, año a año, se armaba con mucha dedicación en la chimenea.

A los pocos días de bajar cajas, poner luces, armar el pesebre, nos íbamos a la playa. Antes del viaje mi mamá le pedía a la Jacinta, la empleada de ese entonces, que lo único que debía hacer era regar las plantas y guardar con cuidado el Nacimiento. Tenía que envolver cada pieza en hojas de papel periódico.

Mi mamá siempre cuenta que al pesebre lo compraron en Esmeraldas, cuando vivíamos ahí. Es decir, hace más de 35 años. Consta de José, María, un niño Dios, un caballo y un toro. Porque no son ni burro ni vaca. También tiene una casita con un ángel.

Cada año la historia se repetía. Mi papá, con un espíritu navideño desbordante, ponía villancicos. Como si se tratara del gran evento del año, nos decía a mi ñaño y a mí: “Hoy vamos a armar el Nacimiento. ¿Quién me acompaña a Conocoto a comprar cositas?”

Pobre mi pá, su petición era absolutamente ignorada. Llegaba con luces nuevas, unos burritos, también con gallinas, borregos y pastorcitos.

Con el tiempo compró una banda de pueblo, con los músicos pintados de amarillo fosforescente y algunas figuras más que no me he fijado detenidamente.

Hace unos años vino con la novedad de haber comprado unas casas de madera en el Centro de Quito, y se daba el trabajo de ir metiendo foco por foco en cada una para que queden iluminadas por dentro. Un trabajo extremadamente minucioso y largo. 

Verlo armar el Nacimiento me daba ternura, porque lo hacía, y hasta ahora lo hace, con verdadera devoción. Mueve un burro a la izquierda, pone otra luz a la derecha, quita una gallina y la reemplaza por una vaca.

Mueve al niño Dios de una forma imperceptible: “¿Les parece que así queda mejor o le pongo más allá?” Nadie le responde. 

Pero a mi pá no le importa, él es feliz llenando la chimenea. Una vez hizo el Nacimiento con todas las macetas de mi mamá. No se entendía bien qué mismo era; parecía un jardín botánico en medio de la selva amazónica.

No se notaba ni el pesebre que estaba absolutamente tapado por tantas hojas. El papel craft se pudrió, porque mi mamá no dejó de regar sus plantas. Su ingeniería resultó un desastre.

Me acuerdo, también, que un año hizo el Nacimiento en el patio. Cada vez que pasábamos, un burro salía volando de una patada y más de una gallina fue aplastada brutalmente.

Con los años llegaron los nietos y los verdaderos cómplices de mi pá. Al comienzo se enervaba porque los guaguas agarraban las figuras. Pero los niños crecieron y se hicieron sus asistentes. 

Felices se van los cinco nietos a comprar, con el abuelo, a Conocoto. Llegan cargados de más burros, más vacas, más gallinas y más luces.

Mi sobrino Tadeo, que tiene 14 años, debe ser el niño más hábil que existe. El año pasado hizo prácticamente solo toda la base del Nacimiento.

Puso piedras, cajas y palos. Debo confesar que fue la primera vez que me fijé que el Nacimiento ha tenido un puente, porque hubo armonía, orden en la composición. Parecía una obra de arte, lucían todas las piezas.

En menos de dos minutos colocó cada luz dentro de las casitas de madera. Mi pá le contemplaba y le sugería ideas que el Tadeo sutilmente ponía en práctica desde otra perspectiva. 

El fin de semana pasado encargamos a las guaguas con el abuelo. Sí, él se hizo cargo absoluto de sus nietos, porque mi mamá se fue con nosotros de paseo. Y qué mejor distracción que hacerles armar el Nacimiento.

Cuando llegamos a retirar a los niños, nadie nos hizo caso, seguían en la ardua labor decorativa. Los niños nos contaron que fue el mejor día de sus vidas. Habían pedido pizza, tomado cola y construido el Nacimiento.

Mi sobrina Simona fue quien dirigió todo, esta vez, porque el Tadeo está de viaje, entonces ella tomó el mando.

El Rodri, mi hijo, me preguntó:

-Má, ¿cuándo es el próximo diciembre?

-En 12 meses, rey, ¿por?

-Porque ya quiero volver a armar el Nacimiento con el abuelo.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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