Una Habitación Propia
Nada que hagan los hombres es equivalente a menstruar
Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

17 Jun 2021 - 19:03

Si los hombres menstruaran habría dispensadores de toallas sanitarias gratuitas en cada esquina y nosotras tendríamos que verlos cambiárselas prácticamente en nuestras narices.

Si los hombres menstruaran, digo, en esos días se paralizaría su trabajo porque se quedarían en la casa con una bolsa de agua caliente sobre el vientre y llenos hasta las cejas de analgésicos. No se moverían de debajo de las colchas. 

-Jefe, estoy en esos días.

-Qué pena, licenciado, quédese en la casa hasta que se sienta mejor. 

Si los hombres menstruaran, menstruar no sería una vergüenza. Al contrario. Estaría ahí sobre la mesa, sería un tema a tratar. Un tema de salud pública. Un tema ciudadano.

Mi primera menstruación fue terrible: llevaba días con dolores inidentificables en el bajo vientre, con pesadez, molestias en los pechos, hinchazón y cambios de humor, pero como nadie me había hablado de nada de eso no le presté mucha atención.

Como tantas cosas en mi vida, me la callé. 

El día de la sangre llegó. Me bajé el calzón para orinar y ahí había una mancha café chocolate. Me ‘había hecho mujer’ durante la madrugada, cuando las brujas salen a pasear.  

Se lo dije a mi mamá y me dio una toalla sanitaria marca Mimex, la que ella usaba que era enorme y gruesa, y me dijo que quitara la cinta del pegamento y la pegara al calzón. Lo hice, empecé a caminar como un pato y mi hermano se rio de mí.

Eso fue todo.

Casi todo.

Mi papá bajó a desayunar y me dijo que ‘esos días’ no usara las toallas familiares porque la había dejado manchada de sangre. Yo enrojecí y hasta hoy siento que la vergüenza de ese día me consume viva.

He dicho vergüenza. Eso te hacen sentir por ser normal.

Fue en el colegio donde las compañeras despejaron algunas dudas: se habló de dolor, de incomodidad, de llanto, de diarreas, de ataques de ira, de marcas de toallas sanitarias, de flujos abundantísimos que manchaban pijamas y colchones, de qué pasaba cuando querías usar pantalón de baño, de qué era eso que echábamos y que salía de nuestros cuerpos.

Esto que nos pasaba era una cosa importantísima: ser mujeres, ser menstruantes.

La sangre, como ha hecho desde siempre con las mamíferas, seguía bajando en pequeños ríos de la entrepierna de mis amiguitas y cada cierto tiempo aparecía una mancha roja en el uniforme blanco que todas nos apresurábamos a ocultar de los varones con suéteres amarrados a la cintura.

Menstruar era una cosa de la que los chicos no querían saber y nos lo dejaban claro con sus caras de asco y sus anécdotas sobre que a fulanita le vieron el pantalón manchado y a sutanita un día en la piscina le bajaba aguasangre de los muslos.

Nos pasábamos los paquetitos de toallas sanitarias como otros se pasan gramos de sustancias prohibidas. Por lo bajo y sin alharaca.

Nunca hay que quejarse de eso, nunca hay que exhibir los productos menstruales (de hecho las publicidades sacan muchachas divinas en short y pintan las toallas de una vaina azul para no ofender la sensibilidad siempre descomunal de los hombres), nunca hay que verbalizarlo, ni faltar a clases ni mucho menos al trabajo por causa de algo tan simple como que te salga sangre de la vagina y los dolores te corten en dos como la ayudante del mago.

Todo eso a pesar de que hay días, muchos días, en los que te quieres morir.

Las que han tenido ovarios poliquísticos saben que el dolor te atraviesa de la coronilla hasta los pies y es como si te estuvieran dando patadas en el vientre y palazos en la espalda. Los pechos duelen con el roce de la tela, la sangre cae incontenible.

Además de que es casi imposible no mancharse, insisto: el dolor es inimaginable.

Yo, como tantas, he llorado de impotencia porque los analgésicos no hacen nada frente al infierno de los dolores menstruales fuertes.

Pero yo, como tantas, he ido a trabajar sintiéndome morir. 

Alguien que no menstrúa, que no ha menstruado nunca, siente que esto, que algunas mujeres pasemos un calvario de tres a siete días todos los meses, no es su problema.  

Todo esto, además, y aquí viene lo más importante, implica un gasto económico mensual y enorme que a los que no menstrúan también les trae sin cuidado.

Las toallas sanitarias nocturnas, por ejemplo, que para mí eran inevitables por mis flujos abundantísimos, cuestan más de USD 4 el paquete.

En los siete días que duraba mi menstruación por el tema de los ovarios poliquísticos gastaba unas veinte o veinticinco y a veces me quedaba corta.

Yo tenía a mis padres y he trabajado desde los dieciocho años: yo he podido pagar mis productos sanitarios, que son carísimos (vaya alguna vez a las perchas de ‘productos de higiene femenina’ que no se va a morir y vea precios), pero muchas otras niñas y mujeres no tienen esa suerte.

Casi USD 50 al año (eso si no tienes hemorragias, alergias a los materiales con los que se hacen las toallas sanitarias o periodos muy largos) se van en productos para la menstruación. En una casa donde hay madre y, por ejemplo, dos niñas, la situación se vuelve más que complicada.

En este país infame, ya lo sabíamos, las cosas que nos pasan a las mujeres no son importantes. Ellos quisieran que volviéramos a recluirnos en nuestras casas en esos días y que nunca hablemos de las cosas que todos los meses pasan en nuestro endometrio.

Nos quisieran silenciosas y avergonzadas como las intocables.

Las mujeres sucias y su suciedad.

Quisieran, lo diré con claridad, no saber nunca que nos sale sangre por la vagina de tres a siete días al mes, que mientras ustedes hablan con nosotras probablemente esté cayendo de nuestro cuerpo sangre que al contacto con el oxígeno se oscurece y huele mal.

Somos mujeres, somos mamíferas: sangramos, manchamos, olemos.

Que ustedes no lo quieran saber no es mi problema, de esto hay que hablar.

Hay que hablar, sí, porque miles de niñas, adolescentes y mujeres de nuestro país no tienen acceso a las toallas sanitarias porque, a veces, hay que elegir entre comer o usar una compresa que detenga un sangrado que es indetenible.

Esas personas usan trozos de tela, trapos que pueden no estar limpios y causar graves infecciones.

Este no es un tema menor, tontos, esto es importante y no, no es lo mismo que afeitarse o eyacular.

Tener que escribirlo me repugna muchísimo más que la sangre que sale todos los meses de todas las mujeres en edad reproductiva (de doce a cincuenta más o menos) que están a su alrededor y el mío: sus hijas y sus madres, su mujer y sus compañeras de trabajo, la señora que prepara su comida y su jefa, esa que nunca falta a la oficina.

Y sí, también, esta que está aquí, su columnista.  

Comentarios
Noticias relacionadas

      REGLAS para comentar 
      0 Comentarios
      Comentarios en línea
      Ver todos