Contrapunto

1822, la novela de la Independencia de Íñigo Salvador

Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

Actualizada:

24 Jun 2022 - 19:03

Entre varias publicaciones conmemorativas del Bicentenario de la Batalla de Pichincha destaca una novela histórica: ‘1822, la novela de la independencia’, de Íñigo Salvador, Editorial Planeta (Colombia).

Al igual que la pasión por las artes, la historia requiere de motivaciones especiales, que al escritor le llegaron de su padre, el formidable historiador Jorge Salvador Lara, quien en charlas de sobremesa compartía sus conocimientos con la familia, tal como lo narra el epílogo.

La época de La Colonia la conocemos a través de libros, ensayos e investigaciones; 1822 viene después, está relatada por los personajes y los episodios que hicieron posible lo que parecía imposible: la Independencia.

Ese quizá es el principal aporte de Íñigo Salvador Crespo (Quito, 1960), que se respalda en decenas de fuentes primarias y en numerosos libros para narrar una parte de la historia, la de Sucre, desde su arribo a Guayaquil hasta su complicada victoria en Quito.

Salvador Crespo se documentó con archivos y mapas, e incluso caminó el trayecto de Sucre en las escarpadas y lodosas laderas del Pichincha.

La diferencia, tal como anota el autor, es que el trayecto entre Chillogallo y la cima de La Libertad lo hizo de día, sin caballos ni artillería, tampoco bajo la lluvia y de noche, como ocurrió con Sucre y sus batallones.

El gran personaje de esta historia es Antonio José de Sucre, el ‘hombre de la guerra’, como lo definió Bolívar en una carta a Francisco de Paula Santander, ‘el hombre de las leyes’.

Y antes de entrar a la histórica batalla, narra la llegada de Sucre a Guayaquil, donde había un escenario victorioso por la conquista de su Independencia el 9 de octubre de 1820.

La entonces provincia de Guayaquil tenía tres escenarios:

1. Sumarse a la República de Colombia.

2. Anexarse al protectorado de Perú (anhelo de San Martín).

3. La autonomía, pero Melchor Aymerich había diseñado planes para recuperar la provincia.

Ese fue el escenario que encontró Sucre a su arribo a Guayaquil el 6 de mayo de 1821 por encargo de Simón Bolívar quien, mientras tanto, trataba de conquistar Pasto para Colombia la Grande.

El mariscal de Ayacucho fue recibido por el triunvirato guayaquileño integrado por José Joaquín de Olmedo, Rafael María Ximena y Francisco María Roca.

En la primera reunión, Olmedo dejó claro que estaba dispuesto a apoyar la liberación de Quito y reconoció que, mientras Aymerich se enseñoreara en la Sierra, la libertad de Guayaquil “siempre estará amenazada”.

Olmedo también expresó a Sucre la voluntad del pueblo guayaquileño de que la provincia se mantuviera independiente de España, sin plegar ni a Colombia ni a Perú; eso Sucre lo interpretó como una opción contraria a la anexión a Colombia.

Recurre entonces a uno de los discursos más memorables para argumentar las razones históricas para liberar a Quito, ciudad con la que América tenía una deuda de sangre: fue la pionera en el continente en aportar sus mártires del año 1810, como simiente de la libertad.

Poco antes del inicio de la campaña para liberar a Quito, San Martín había pedido a los batallones peruanos que estaban en Cuenca que regresaran a Perú. Pero Sucre, que reclamaba el regreso del batallón colombiano Numancia, en una acción táctica, evitó personalmente el retorno de esas tropas.

Salvador Crespo evita caer en falsos patriotismos cuando relata lo que ocurrió con Abdón Calderón, que sí fue herido cuatro veces (¡puta, me dieron de nuevo!), pero siguió luchando.

Prefiere narrar con un diálogo la valentía del oficial al continuar la batalla, pese a que sus dos brazos fueron alcanzados por las balas: “y ponme el sable en la vaina, a menos que quieras que lo sostenga con los dientes”, pedía al soldado Yagual.

Personajes admirables en la novela: Meliton y Crisanto Yagual, hermanos separados por la guerra y que se vuelven a encontrar durante la batalla; y Ángela Asitimbay, la herrera de Cuenca que siguió a Calderón hasta Quito.

En el libro se aclaran también las razones para el desesperante atraso del batallón Albión a la batalla cuando parecía que todo estaba perdido.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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