De la Vida Real
La novelería del Pound Fitness y las cucharas de palo de la casa
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

6 Jun 2021 - 19:00

La felicidad llegó a mi vida al ritmo del rock. Sí, debo reconocer que soy demasiado novelera, y eso hace que hasta yo pierda la credibilidad de mis pasiones. En la pandemia he descubierto que el aburrimiento no va conmigo. Amo aprender: este año y medio he tomado cursos por Zoom y me he obsesionado viendo tutoriales de YouTube.

Cada vez que aprendo algo nuevo, soy feliz. Ya sé hacer pan, cocinar cientos de recetas en el Air Fryer, aprendí a preparar encebollado, a tejer crochet y a bordar pajaritos.

Viéndolo bien, he pasado lindo, solo que adoro quejarme del encierro. Pero creo que, gracias al coronavirus, he aprendido cosas que jamás en mi vida me hubieran interesado. Ahora, me he convertido en una mujer bastante polifuncional. 

Pero, aunque ya no me crean, encontré ahora sí mi pasión: hacer ‘Pound Fitness’. Un deporte alucinante, porque, a pesar de que jamás en la vida me ha gustado el Rock –soy más de vallenatos y de música tropical–, en estos días me siento una verdadera ‘rockstar’ en el escenario.

Este deporte lo crearon las estadounidenses Cristina Peerenboom y Kirsten Potenza. Ambas tocaban la batería en Los Ángeles. Un día, aproximadamente hace diez años, a Cristina se le rompió el asiento y empezó a tocar parada. Descubrió que era una manera maravillosa de tocar y ejercitarse mientras se divertía. Claro, las mejores cosas siempre suceden por accidente. 

Debo reconocer, humildemente, que no tengo gota de ritmo ni para bailar ni para cantar porque, claro, antes de entrar al ‘Pound Fitness’ intenté varias veces hacer Zumba, pero me sentía ridícula tratando de agarrar el paso frente al televisor.

Con este deporte, esto no pasa, porque se activa el ritmo al juntar estas dos baquetas. Bueno, yo utilizo cucharas de palo que se me rompen todo el tiempo. Pongo tanta energía, fuerza y entusiasmo, que en media clase sale volando la mitad de la cuchara.

Pero no se necesita ritmo. Solo basta un poco de coordinación, de la cual también carezco, pero voy paulatinamente mejorando. 

Mi marido me advirtió que ni se me ocurra comprar los palos para hacer este deporte, que primero le garantice bien que no sea pura novelería y me dio un plazo de tres meses. Ya voy en el primero.

La Yoli, la señora que trabaja en mi casa, que es mi ángel, me dijo el otro día que deje de estar rompiendo las cucharas de palo. Me advirtió que ya no va a cocinar más con puro retazo. Me ponen literalmente entre la cuchara y la pared.

El problema de este deporte es que es muy poco conocido. Hice ya todos los videos que encontré en YouTube.

El problema de este deporte es que es muy poco conocido. Hice ya todos los videos de YouTube.

Además, mis hijos me dejaron muy preocupada ayer. Les encontré hablando entre ellos. Decían que soy pésima para este nuevo ejercicio, que no me muevo ni un poco parecido a la chica guapa de YouTube.

La Amalia comentaba muy preocupada: “Además, a mi má no se le mueve el pelo tan lindo. Creo que, por su cumpleaños debemos comprarle un ventilador y unas mil cucharas de palo. También un espejo para que vea lo mal que lo hace. Se mueve para todos lados”.

Triste y humillada ante mi salida del escenario imaginario, sudada y resignada, me di a la tarea de conseguir una instructora que me pueda guiar bien. Estaba decidida a pagar una sola clase intensiva. Pero no quería vía Zoom.

Me demoré buscando hasta que encontré a una instructora profesional. Se llama Denise y vive en Quito. La encontré en Instagram. Nos pusimos hora y día para nuestro encuentro. Tuve la clase personalizada donde me explicó que no debo fijarme tanto en las posturas.

Me dijo, también, que la clave es estar relajada: “Disfruta la música. Pon firmes las piernas y abre un poco más los pies. Ahora, empieza a sentir el ritmo en tu cuerpo. Sujeta duro esas cucharas, como si agarraras el control remoto de la tele”, me explicó.

“Para hacer ‘Pound’, solo se necesita sentir”.

En realidad, eso es lo que me encanta. No es un deporte en que tengo que ser perfecta, sino creerme una estrella de rock: absolutamente imperfecta y feliz. Nuestra clase, entre conversaciones, rock, ejercicios y risas duró más de dos horas. 

Complejos que estoy matando al ritmo de ‘Pour some sugar on me’ y ‘Hit the Road Jack’.

Ahora soy su alumna. Voy tres veces por semana a sus clases vía Zoom. Todavía no me animo a ir a clases presenciales con mis cucharas de palo, pero no por miedo al contagio del Covid-19, sino porque me da vergüenza.

Complejos que estoy matando al ritmo de ‘Pour some sugar on me’, de Def Leppard y ‘Hit the Road Jack’, de Throttle, mientras la Yoli busca con qué mezclar el estofado.

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