De la Vida Real

Los estrambóticos olores y sabores después del Covid

Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

23 Ene 2022 - 19:00

Cuando escuchaba que el Covid cambia el sabor y el olor de las cosas pensaba: “¡Qué envidia! Será como ser daltónico, pero no en colores, sino en sabores y olores”.

Una amiga me contó que cuando se contagió de coronavirus quedó fatal. Que la proteína le sabía a podrido, que la leche le parecía huevo crudo, el champú y el acondicionador, hasta ahora, le huelen a mariscos. La oía fascinada y pensaba: “Qué hermoso escribir sobre esta experiencia tan extraña”.

Mientras más me contaba estas cosas más me sentía dentro de la novela ‘El perfume’ de Patrick Süskind.

Describiendo todo desde la sensación del olor. 

Pero la expectativa es distinta de la realidad.

Hace 15 días me contagié de coronavirus. La primera sensación que tuve fue que al pan del desayuno le faltaba sal y a la mermelada azúcar. Pero no dije nada, pensé que tal vez se debía a la congestión nasal.

Le dijimos a la Yoli, mi ángel de la guarda, que no viniera a trabajar en esos días. Así que me tocó cocinar. Y ahí tuve la primera catarsis existencial. Aprendí a hacer arroz recién en la cuarentena de hace más de un año. Entonces sé que me sale delicioso.

Hice arroz, pero solo recibí críticas de parte de los comensales. A mí me pareció que estaba exquisito. Pero todos me dijeron que estaba incomible y saladísimo. Yo hasta me repetí.

Preparé pollo a la mostaza, y eso sí me pareció vomitivo, pero me felicitaron por lo rico que me había quedado.

En la noche me pidieron que hiciera una sopita, porque todos estábamos enfermos, así que hice una crema de tomate de sobre. Probé y me dio la impresión que estaba dañada, rancia. Todos comieron sin chistar. 

Las únicas veces que he tenido conflicto con la comida ha sido durante los embarazos. Pero esta vez fue distinto, porque no tengo náuseas. Lo que siento es equivalente a una malformación del gusto.

Nada que tenga cebolla lo tolero por el momento. Entonces cocinar es un lío, porque cocino según mis nuevos gustos. Gustos muy criticados por mis hijos y por mi esposo. 

No soy amante de los jugos, pero en estos días me han provocado mucho. El problema es que siento que les falta azúcar. Nadie los toma porque dicen que están empalagosísimos.

Igual lo de sal. Ya me harté, porque según yo la comida está insípida. Y mi familia se queja de que está saladísima, entonces ahora cocino sin sal y cada uno se la pone según su gusto, igual me reclaman. 

Es frustrante cocinar en tiempos de Covid, porque solo critican el producto final. Ni los jueces del MasterChef son tan crueles como mis hijos conmigo.

Ni los jueces del MasterChef son tan crueles como mis hijos conmigo.

El desayuno se ha vuelto un conflicto. El huevo ni intento comerlo, la leche me sabe a yogur y el café es tan amargo que no me pasa ni con ocho cucharadas de azúcar. 

Me he hecho fanática de los tés, el pan ya no me gusta y las galletas me saben a cartón.

En la playa, cuando estaba sana, mi tía se preparaba todas las mañanas avena con cúrcuma, pimienta y miel. Decidí que ese sería mi desayuno, a la receta le agrego harto limón, canela y pasas; prácticamente es lo único que me encanta comer. Siento placer en el paladar con esta mezcla.

Los olores también son raros. El desodorante de siempre ahora no lo puedo usar, siento que apesta, me huele a químico; así que lo cambié por uno orgánico que huele a coco. 

La pasta de dientes tiene un olor delicioso, pero me sabe a sal. Lavarme los dientes se ha vuelto un problema, porque siento bicarbonato puro en la boca y me dan arcadas. 

Hay días que los que siento que las cosas van mejor, pero solo hasta que pruebe algo, y ver si me gusta o no.

El domingo mis papás nos invitaron a comer sushi. Acepté con nervios. Para mi sorpresa cada bocado me supo a manjar de los dioses. Pensé que ya me había curado.

En la noche comimos carne y no soporté el primer bocado, me supo a podrido. Lo mismo me pasa con el pollo y el jamón, me saben asqueroso.

He desarrollado un gusto supremo por los carbohidratos. Como a diario fideo con mantequilla y mucha sal. La salsa de tomate me sabe a sardina. 

Me he vuelto adicta a las galletas María con miel de abeja como postre.

No voy a negar que me preocupa mi alimentación actual. Pero al mismo tiempo estoy novelerísima.

Cada cosa que pruebo me llena de adrenalina y mis hijos enseguida me preguntan: “¿A qué te supo, má?” Y esperan atentos la descripción que les voy a dar.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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