De la Vida Real
Esta pandemia, la verdad, ya me está enloqueciendo
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

23 May 2021 - 19:00

Solo quiero que nos vacunen a todos, y que esto se termine ya. 

Necesito tener contacto con gente ‘normal’ y poder hablar. De verdad me estoy enloqueciendo.

Este fin de semana pasado, luego de tres fines de semana sin salir de la casa, pudimos haber vuelto a los cursos de los niños o ir a la casa de algunos amigos o tal vez que alguien venga –no sé, armar plan–.

Pero el Wilson, mi marido, decidió que todo el mes nos vamos a encerrar y no abusar de nuestra suerte de no haber sido contagiados todavía. Así que para nosotros no fue más que un fin de semana de encierro total.

Mi hija, Amalia, está obsesionada con hacer ‘slime’. Estoy segura de que todos los que dan la receta en YouTube y les sale increíblemente bien tienen un secreto oculto no confesado. Hemos intentado con todo, y el resultado siempre es el mismo: llantos, peleas, desorden y goma hasta en los vidrios.

Mi hija, Amalia, está obsesionada con hacer ‘slime’.

Pero, como creo que ella nació sin memoria, al día siguiente me enseña un nuevo vídeo donde prometen la mejor receta. Y todo comienza otra vez. Me admira mi paciencia y me admira su perseverancia frente al fracaso.

El Rodri ahora no hace otra cosa que desarmar todo. Se pasa las horas en su cuarto armando y desarmando sus juguetes. Respiro profundo y me resigno a ser la peor mamá de la historia. “Ma, ¿me ayudas a armarlo otra vez? Es que no encuentro el tornillo”, me dice.

Y yo respondo: “No, si tú desarmas, tú armas”. Y él, claro, cómo todo niño, sabe cómo hacer que su mamá se quede ahí en el suelo horas buscando lo invisible. “A la ñaña siempre le ayudas a hacer ‘slime’ y a mi nada”, me dice llorando, y yo caigo rendida a sus pies.

Si esto no vuelve a la normalidad, no tengo idea qué pasará con mi salud mental.

A mi otro hijo le tenemos con horarios estrictos para el uso del PlayStation y del celular. En su tiempo libre se vuelve una fábrica imparable de hablar tonteras, haciéndome, como él mismo dice, que pase de modo relax a modo Hulk.

-Má, ¿sabías que el jugador más alto del mundo mide dos metros con 39 centímetros?
Ma, ¿sabías qué los de Epic Games, van a hacer otra colaboración?

-Má, ¿sabías que esa canción que amas en realidad es un lavado de cerebro para el consumismo?

“Má, ¿sabías que esa canción que amas en realidad es un lavado de cerebro para el consumismo?”

Y yo ahí con las manos llenas de goma, en el suelo tratando de buscar el tornillo que saltó como pulga, mientras oigo pura tontera.

Me harto y les doy la mejor solución posible. “Vayan y vean tablet”, les digo. Pero ellos muy solventes me dicen que “ver tanta tecnología no es bueno para la mente”.

Ah, pero cuando les digo que no agarren las tablets, les encuentro en un silencio sepulcral a los tres, escondidos con sus tablets bajo la cama y con los audífonos puestos.

No, ya no puedo más con esta vida.

Y el Wilson cada fin de semana se cree pintor, entonces pinta hasta el último rincón de la casa, pero deja todo manchado y desordenado.

No, de verdad siento que esto se sale ya de control. ¿Qué hago? ¿Cómo hacer que mi vida tenga un rumbo? Me ven que agarro un libro y los cuatro necesitan algo urgente. Cojo el crochet para empezar a tejer, y ese rato alguien grita: “Má, ¿puedes venir?”

He optado por no decir nada, hasta el quinto llamado. Me he vuelto una detectora de voces y tonos. Dependiendo del tono con el que suena el má, respondo: “¿Qué? ¿Qué pasó? No te oigo”.

Me he vuelto una detectora de voces y de tonos.

A veces mis papás bajan a la casa, porque creo que están aburridos en la de ellos, y en la nuestra siempre pasan cosas que les entretienen, entonces aprovecho y me escondo en el baño para poder ser una persona normal y hablar por WhatsApp con mis amigas, que son personas adultas que tratan de fingir que todo está bien, cuando sé que su vida es igual o más caótica que la mía.

Pero por lo menos hablamos con alguien de la misma edad y con los mismos intereses en común:

-Valen, ¿viste qué buen meme te pasé?

-Qué bestia, qué risa, el mejor de todos, jajajaja.

-¿Le vieron qué guapo que está el nuevo ministro de Turismo?

Hay que hacer más turismo, creo yo. Armemos viaje a la playa.

– De una. 

¿Vieron qué guapo que está el nuevo ministro de Turismo?

Cuando estoy feliz, hablando con gente interesante, tratando de hacer grandes planes, oigo al otro lado de la puerta:

Má, los abuelos están aquí.

– Má, ya sal. Llevas como cuarenta mil horas en el baño.

Mi vida, ¿has visto la brocha?

– Má, con la abuela vamos a intentar hacer ‘slime’.

– Valen ¿Dónde está el tornillo del carro del Rodri? No lo encontramos. 

Má, ya sal. Llevas como cuarenta mil horas en el baño.

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