Contrapunto
La perfección del canto en las voces de los castrati
Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

Actualizada:

26 Jun - 19:00

Con el sobrenombre de Farinelli, Carlo Broschi (1705-1782) es considerado el mejor cantante lírico de la historia; sus tonos agudos, similares a los de una voz femenina, jamás han sido igualados, ¿pero a qué costo? El de la ablación o extirpación de sus testículos, una práctica que fue muy común para cultivar el bel canto italiano en el siglo XVIII.

Conocidos como castrati (plural) o castrato (singular), los futuros cantantes eran sometidos cruelmente a una castración entre los ocho y los 12 años de edad por un barbero (cirujano primigenio) o por un cirujano calificado. “Ese es uno de los episodios obscuros y tristes de la cirugía”, explica el prestigioso cirujano ecuatoriano Iván Cevallos Miranda.

Esto ocurría en una época en la que aún no se conocían la anestesia y los antibióticos. El doctor Cevallos anota que el niño era sometido a un estado de sopor por medio de la compresión sobre las arterias carótidas, en el cuello. O la administración de opio, vino, láudano; se incidía el escroto y se extirpaban los testículos. En algunas ocasiones –explica- “la barbarie llegó a la emasculación (extirpación del pene)”.

Al contrario de muchas familias que permitían la ablación como un medio para salir de la pobreza, ese no fue el caso de Farinelli, cuya cirugía de testículos se justificaba por un accidente al caerse del caballo. Después fue llevado a un conservatorio de música y cultivó una voz maravillosa, de la cual no hay registros.

La única grabación de voz castrati corresponde al que es considerado como el último castrato, Alessandro Moreschi, fallecido en el abandono y en la soledad en 1922, a los 63 años de edad.

Un estadística de entonces aseguraba que de 4.000 niños sometidos a esa salvaje intervención en el lapso de un año, solo uno era capaz de alcanzar un falsete, que en términos musicales significa “voz más aguda que la natural, que se produce haciendo vibrar las cuerdas superiores de la laringe”, con lo cual se conseguía una voz angelical. El blanco del “ataque” era el testículo y el trofeo la voz infantil perpetuada, subraya el galeno ecuatoriano.

Entrevistado por PRIMICIAS, Cevallos Miranda explica que el argumento tiene una base científica: “si a un niño se le elimina la fuente de su hormona masculina (la testosterona) los caracteres sexuales secundarios no se desarrollarán: la voz será infantil (y bien educada alcanzaba tesituras muy agudas), el rostro siempre lozano, lampiños, pectorales esmirriados pero con una caja torácica amplia, longilíneos… y profundamente infelices”. 

Eso no era todo, los castrati luego eran sometidos a un duro entrenamiento para ser admitidos en la ópera, ya sea de solistas o, en el peor de los casos, en un coro. Los que no lo lograban eran marginados  de la sociedad, perdían el apelativo de castrato y simplemente se les decía eunucos o afeminados.

Debido a que no se permitían voces de mujeres dentro de las iglesias, los castrati encontraban ahí una buena oportunidad. La explicación del porqué las mujeres no podían cantar en ese lugar está en la primera epístola del apóstol Pablo a los Corintios:“vuestras mujeres callen en las congregaciones (iglesias); porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas”.

El veto de la iglesia a las mujeres cantantes en los templos lo levantó el papa Clemente XIV en 1770. Tal vez influyó en la decisión papal el hecho de que fue músico y gran conocedor de la cultura. La decisión del pontífice fue el punto de partida para terminar con la castración, una práctica que fue abolida por inhumana por Pio X, recién en 1903.

Según el doctor Cevallos, la Iglesia Católica favoreció la práctica castrati por el impedimento de las mujeres para que canten en la Basílica de San Pedro. Y argumenta también que los barberos (cirujanos de la época) no se formaban en un contexto médico; por eso no aplicaban la máxima fundamental: “primum non nocere” (lo primero es no hacer daño), destaca.

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