De la Vida Real

El periodismo y sus matices

Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

28 Nov 2021 - 19:00

Cuando entré a trabajar al diario Súper, el tabloide del diario El Universo, habré tenido unos 23 años, me acuerdo que estaba en mi último semestre de Periodismo en la universidad. 

Entré para cubrir farándula y espectáculos. Hacía entrevistas a gente del espectáculo. Iba a hacer los detrás de cámaras de los programas en vivo.

Tenía que asistir a casi todos los conciertos. Me aprendí los coros y las corografías de más de un grupo de tecnocumbia.

Conocí a Máximo Escaleras, a Jaime Enrique Aymara, por nombrar algunos intérpretes. Fui a la rueda de prensa de Shakira. Llegué tarde a la de Joaquín Sabina, porque me quedé comiendo mote con chicharrón con el chofer y el fotógrafo.

El diario tenía una sección de personas destacadas. Todos los viernes hacía entrevistas a alguien famoso. Realmente disfrutaba conocer la vida de estos personajes que veía en la televisión y oía en la radio.

Trabajar en un diario es enfrentarse a distintas realidades cada día. Todo depende de la coyuntura.

Mi editor, que estaba en Guayaquil, y yo manejábamos perfectamente nuestra sección, pero cuando me tocaba turno y salía un tema que no dominaba el mundo se me venía encima, no sabía cómo tenía que escribir. Me demoraba horas. Dudaba. El tiempo para mandar una nota limita más que los caracteres que hay que entregar.

El fuerte del diario Súper era la crónica roja, pero no tan cruda como la de la competencia. La primera vez que fui a la morgue estaba de turno. Encontraron a una chica abusada y asesinada. Al entrar me dieron un cuaderno con los casos del día. No me atreví ni a abrirlo.

El Estuardo, que era el fotógrafo, me dijo: “Valen, aquí te templas o te caes. Así que saca todo el valor y adelante mija. Yo estoy contigo y te voy a ayudar a hacer la nota. Pero tú enfrenta esta situación”.

Pasamos a un cuarto donde había camillas y dos cuerpos tendidos. Los médicos forenses no nos dejaron acercarnos.

Todo lo que aprendí en la universidad se fue al carajo, y todo lo que hacía en farándula era frivolidad pura ante el cuerpo de esa chica que alcancé a ver.

Increíble cómo mi mente borró las imágenes y los detalles de la escena. Me acuerdo de que había muchos periodistas. Me acuerdo de que salí de ahí llorando, cuestionando la vida.

No podía creer que había visto el cadáver de una chica que tal vez tenía mi edad, había sido violada, asesinada y tirada a un barranco, como si no valiera nada. 

Precisamente en el momento en que yo salía, llegaron los papás. Los gritos desgarradores de la madre me atormentaron durante meses. 

Ese encuentro con la muerte de alguien que pudo haber sido yo, o una de mis primas o amigas, me marcó para siempre. La novelería de cubrir farándula se me fue por completo.

Al día siguiente quería volver a la morgue y descubrir más detalles sobre esta joven mujer. 

Terminé un par de entrevistas que tenía programadas. A don Jimmy, el chofer del diario, le dije que me avisara si salía un caso de crónica roja, que necesitaba conseguir un dato. 

“Salió un ‘muertito’ y hay que cubrir la noticia”, me dijo en secreto. Me subí a la camioneta con mi compañero de crónica y nos fuimos a la morgue. 

Entré hasta donde nos dejaban los policías de medicina legal y averigüé por el caso del domingo. “¿Cuál de los dos?”, me respondió el encargado del libro donde se anotan los cadáveres que entran.

-¿Dos?” -pregunté.

Pensé que había hecho mal mi trabajo, solo reporté el caso de la chica encontrada en la quebrada.

-Sí, hubo otro, de un señor apuñalado. 

Algo que me impactó terriblemente de cubrir crónica es la frialdad con la que se refieren a los muertos. Un periodista experimentado en esta fuente me dijo:

-Si metes un solo sentimiento aquí, sales muerto en vida y directo al psiquiatra. Por eso es que yo le meto poesía a este asunto; así, duele un poco menos y me mantengo cuerdo.

Estuardo, el fotógrafo, me informó:

-Valen, tengo datos de tu caso. La chica tenía 21 años, salió de un restaurante con unos amigos y su novio. Luego se fueron a la casa de uno de ellos, parece que alguien la secuestró y pasó lo que pasó.

-¿Cómo que alguien? ¿Algún otro dato? 

No me pude involucrar más, esa no era mi fuente. Esa noche tuve que cubrir un concierto, y fue cuando entendí que el periodismo, al igual que la vida, está lleno de matices, de historias y de experiencias que toca vivir para luego poder contar.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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