Domingo, 23 de junio de 2024
De la Vida Real

La adopción secreta de una cachorra que cambió mis ideas

Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

8 May 2022 - 19:00

Pocas cosas he tenido claras en mi vida, por ejemplo, jamás tener perros chiquitos que vivan dentro de casa y mucho menos que duerman en la cama. Me gustan los animales, pero cada ser vivo debe tener su espacio.

Siempre critiqué a las familias que vivían con perro y les dejaban dormir en sus camas. Me parecía algo horrible y antihigiénico.

Pero, sí, siempre hay un pero que cambia todas las convicciones y estructuras mentales.

Llegaron los hijos y, junto a ellos, a lo largo de 11 años, también llegaron dos gatos y dos perros que nos acompañan las noches, viven dentro de la casa y hasta se sientan en la sala. Ladran y maúllan a todas las visitas. Mi casa se ha convertido en lo que jamás se iba a convertir.

Nosotros vivimos al borde de una carretera, y los perros se salen o se los roban. Como compartimos el jardín con mis papás, ellos ya nos advirtieron que no iban a permitir ni un perro más, porque es un martirio sufrir por cada perro que desaparece, luego de darles tanto amor y cuidado. Pero tienen tres nietos, y los nietos borran las reglas.

El Wilson, mi marido, luego de la última vez que se perdió un perro al que amábamos muchísimo, me dijo:

-Traes un animal más a la casa, y me voy. Te juro que me voy.

Ese perro se llamaba Tango. Se lo regalaron a mi papá como Kevin. Nos dijeron que no crecería mucho, que era hijo de una perrita de raza pequeña del mercado de Conocoto.

Pero el Tango crecía y nunca paró de crecer. Resulta que era la mezcla de castellano con gran danés. No aprendía nada. Amaba la calle; ni bien abríamos la puerta, el Tango volaba. Lo íbamos a buscar y lo traíamos de vuelta.

Lo encerrábamos en la casa, pero el Tango se volvía a escapar, hasta que un día no apareció más. Mis hijos estaban destrozados, y yo le di toda la razón a mi papá: es un martirio vivir con tanto sufrimiento.

Pero, sí, hay otro pero en la historia. La Amalia es amante de los animales y decidió que quería un perro.

Junta familiar para comunicar que íbamos a adoptar otro perro. El resultado fue negación rotunda. Cero apoyo a la moción y furia desbordante por parte de mi marido, mi papá y mi mamá.

Pero mis hijos y yo empezamos la búsqueda en secreto. Decidimos que debía tener mínimo un año de vida, ser de raza grande y bonito.

Entramos a grupos de Facebook y nos enteramos de que adoptar a una mascota es más complicado que hacer algo ilegal.

Nos pedían que llenáramos formularios y que permitiéramos que los exdueños vinieran mínimo una vez al mes a visitar al perro.

Otros exigían venir antes a conocer la casa y, además, que esperáramos para ver si entramos en una lista de selección.

Nos decían también que debíamos mandar foto de todos los espacios donde el perro iba a habitar. Cada pedido era más disparatado que el otro. Estuvimos más de un mes tratando de adoptar y nada.

La exigencia por nuestra parte iba disminuyendo:

-"Má, que sea feo, pero de buen corazón", pedían mis hijos.

-Má, qué importa que sea cachorro.

-Má, que venga cualquier cosa. Total, le vamos a amar.

Pero ni así.

Encontramos un cachorrito, feo y chiquito. Escribí y me dijeron que les debía dar USD 60 por las vacunas y la desparasitada.

En un grupo de adopción había unos golden lindísimos. Mis hijos se enamoraron de estos cachorros. Le escribí al dueño: USD 200 dólares cada uno y aseguró que era un precio simbólico.

Adoptar un perro nos resultó imposible. Claro que no fui a ninguna de las fundaciones.

Conseguimos a mi otra perrita, dueña de nuestra cama, señora de la sala y marcadora de territorio por Facebook, sin ningún problema ni advertencia.

Amelia, una niña de la clase del Rodri, les contó a sus compañeros que tenía unos perritos que estaba regalando.

Esa misma tarde llamé a su mamá. Al salir de la escuela, pasamos retirando a la cachorrita, una bola peluda de hocico y patas negras y dueña de una belleza invisible. Conocimos a los padres: la mamá, una french poodle negra preciosa, y el papá, un schnauzer blanco. El tamaño de la perrita está garantizado, será de raza mediana.

El Wilson no se fue de la casa; es más, acostumbró a la cachorrita, que se llama Calista, a dormir entre nosotros para que no tenga frío. Y mi papá le compró juguetes y pagó la primera cita al veterinario.

Así ha resultado ser la vida, y la verdad no me arrepiento ni un poquito.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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