Contrapunto
El pianista más estrafalario de la música académica
Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

Actualizada:

4 Sep 2020 - 19:00

En la película Amadeus, de Milos Forman (1984), queda muy claro el contraste de personalidades entre un formal Antonio Salieri, el músico preferido de la monarquía, y Wolfang Amadeus Mozart, un joven presentado como impertinente, incluso estrafalario, pero dotado de una genialidad que es el elemento que lleva al director del film a contar un drama que termina en tragedia.

Impertinente porque, al no permitírsele ingresar a una audición que ofrecía Salieri, la escuchó detrás de la puerta, y cuando se le autorizó entrar comenzó a tocar la pieza sin mirar la partitura e incluso mejorando algunas tonalidades. Nadie sabe si esto fue real o es la licencia de ficción que se tomó Forman.

Algo parecido, pero muchos años después y esta vez real, ocurrió con el que es considerado el principal músico y pianista canadiense, Glenn Gould (1932-1982), capaz de improvisar obras pianísticas ya consagradas y de presentarse en el escenario con un abrigo viejo, una bufanda, guantes, incluso durante el verano.

Y no solo eso, sentado frente al piano en una silla (que llevaba a todas partes) con las patas recortadas que dejaban a su rostro prácticamente sobre las teclas. En medio del desarrollo de la partitura se quitaba los zapatos, tarareaba la música y casi nunca usaba los pedales del piano, prefería el pianissimo al fortissimo.

Gould, que murió en su natal Toronto cuando tenía 50 años, detestaba viajar, tal vez por miedo a los microbios dicen algunos; otros creen que le fastidiaban los aplausos del público, incluso decidió abandonar los escenarios a los 36 años de edad y dedicarse a las grabaciones, algo que también le permitía innovar lo que ya estaba escrito.

La editorial Acantilado, generalmente actualizada en publicaciones sobre música clásica, publicó el libro Glenn Gould, no soy en absoluto un excéntrico, escrito por Bruno Monsaingeon, también director de cine, que recopila la trayectoria del músico y aporta conceptos que permiten al lector decidir si fue o no un extravagante.

De lo que no deja ninguna duda el libro de Monsaingeon es que el músico canadiense fue un genio que sorprendió a músicos del nivel de Karajan o de Bernstein, sobre todo por su destreza con el piano, que no solo dominaba, pues llegaba a poseerlo musicalmente hablando.

Más que pianista, pensaba como compositor, se identificaba con la obra que interpretaba y se permitía una actitud crítica y no servil frente a la partitura, refiere el libro de Monsaingeon. El autor habla de una “inteligencia alimentada por la soledad”.

De Gloud se ha dicho también que su inteligencia le permitía apenas una lectura de la partitura para grabarla fielmente en su cerebro. A los 19 años ya se había aprendido la mayor parte de la música escrita por los grandes compositores.

Grabó todas las variaciones Goldberg, de Bach, pero también se permitió algunas variaciones que, en términos musicales, es absolutamente legítimo porque conservan el mismo patrón armónico del tema original.

Durante la interpretación no utilizaba partituras porque, decía, “la música se toca con el cerebro”. El director de cine interpretó mejor que nadie la idea del pianista canadiense: “si un cineasta adapta una novela al cine, Gould adaptaba a Brahms, Bach, Schönberg o Strauss” y con él desaparece la distinción entre creación e interpretación”, señala el cineasta.

Aquí Glenn Gould interpreta el adagio y el rondó del Concierto para piano número 5 (Emperador) de Beethoven: