El Chef de la Política
¿Por qué no nos quedamos en casa?
Santiago Basabe

Santiago Basabe

Politólogo, docente-investigador de FLACSO Ecuador y analista político. Sus campos de interés son las relaciones entre política y justicia, el funcionamiento de las instituciones democráticas y la representación política de las mujeres en América Latina.

Actualizada:

29 Mar - 19:05

La pregunta se hace cada vez con mayor insistencia entre la opinión pública, los medios de comunicación y los funcionarios de gobierno. Varias respuestas surgen de forma casi espontánea: falta de disciplina, ausencia de valores cívicos e inclusive irracionalidad.

Los argumentos regionalistas no dejan de estar presentes, desde luego. Sin embargo, con un poco de calma, una explicación alterna, sencilla, aunque difícil de digerir es que la violación permanente a la cuarentena no hace sino reflejar la injusta sociedad que hemos creado durante las últimas décadas.

Por tanto, campañas, sanciones económicas o privación de la libertad, poco o nada podrán conseguir frente a una realidad que desborda el virus: la gente sigue saliendo a las calles porque es la forma de expresar (quizás sin siquiera tomar conciencia de ello) toda la desigualdad social en la que vivimos como país y de la que sistemáticamente hemos preferido abstraernos.

El trabajador informal que se escabulle de los controles y busca el sustento diario no es un irracional. Por el contrario, tiene un argumento enteramente lógico. Valora más tener el dólar para la comida del día que la posibilidad, lejana e irreal en su propio razonamiento, de contraer la enfermedad. Si el COVID-19 aparece, ahí se verá. Hasta tanto, es necesario subsistir y dar cobijo a la familia.

En ese trabajador, por tanto, está reflejada una sociedad incapaz de ofrecer espacios laborales medianamente bien remunerados y en condiciones dignas.

Algo similar ocurre con el joven que minimiza lo ocurrido y va indiferente por la vida, con virus o sin él. Un actor con mínima aversión al riesgo, dirán los entendidos. En realidad, su posición es por demás comprensible, pues no alcanza a decodificar el mensaje que llama a la solidaridad o a la adopción de una actitud cívica.

No le faltan capacidades, simplemente se trata de uno más de los miles de casos de analfabetos funcionales que produce a diario el país. El razonamiento de ese joven, por tanto, no es sino el reflejo de la pésima educación pública que hemos construido en estos años, independientemente de gobiernos y de nombres.

Lo mismo se puede decir de la aparente irracionalidad de la persona de la tercera edad que se abalanza a las calles para cobrar la miserable jubilación que, de a poco, nos hemos encargado de hacer más ignominiosa. Allí está representado un sistema de seguridad social al que cada día se rezaga más y con los peores argumentos.

En fin, trabajadores, jóvenes y adultos mayores violan la cuarentena porque de esa forma nos relatan de forma cruda y convincente que hemos construido una sociedad en función de la exclusión económica, el menosprecio a la educación, la minimización de la seguridad social y la indiferencia ante la salud pública.

No es una cuestión de sanciones económicas, tampoco lo es de privación de la libertad. En el fondo, todos sabemos que esas multas no se recaudarán jamás, pues en muchos casos superan lo que la persona gana en un mes de trabajo. Tampoco la amenaza de prisión será efectiva pues, si nos ponemos estrictos, se necesitarán más cárceles para infractores que hospitales para enfermos del COVID-19.  

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A propósito del gran acuerdo nacional requerido desde el gobierno y al que se suman diversos sectores sociales, políticos y económicos, valdría la pena analizar que el problema del país no está en la pandemia que ahora mismo nos aqueja y que, al fin y al cabo, es coyuntural.

Nuestro problema real, reflejado en por qué la gente sigue irrespetando la cuarentena, está en el hecho de que hemos sido incapaces de ofrecer garantías mínimas de subsistencia a la población, hemos construido una educación pública con los peores estándares y nuestro sistema de salud ha sido siempre visto como el último tema de la agenda nacional y el primero de la corrupción y el clientelismo.

El acuerdo debe ir por la recuperación económica frente al COVID-19, desde luego, pero en realidad eso es lo epidérmico. Si no se ataca a los problemas estructurales del país, pronto las víctimas de la injusticia social y de la exclusión buscarán otras formas de expresarse. Ahora lo hacen violando la cuarentena, mañana recurrirán a otras vías, con iguales o peores consecuencias que las que ahora afrontamos.

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