En sus Marcas, Listos, Fuego

Mis primeros aterradores días tras barrotes

Felipe Rodríguez Moreno

Felipe Rodríguez Moreno

PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.

Actualizada:

20 Abr 2022 - 19:04

Pido perdón, por anticipado, por el vocabulario que usaré no es apto para menores de edad, pero aquí a las cosas se las llama por su nombre.

Mucho hablan de rehabilitación social los que andan ‘high’ con alguna droga psicotrópica capaz de abstraerlos de la realidad. Hoy quiero contarles, reuniendo experiencias de muchos conocidos y amigos, como serían mis primeros días en nuestras modernas y revolucionarias cárceles.

Quiero que se metan en el personaje y al final me digan si la prisión sirve para reeducarnos, rehabilitarnos y reinsertarnos en la sociedad.

Por usar el celular mientras conduzco, atropello a un transeúnte. Soy procesado y condenado. Esposado, llego a la cárcel donde me voy a rehabilitar.

Apenas entro los guías, con un tolete, me dan unos golpecitos de bienvenida y me desvisten. Con los genitales al aire camino por un pasillo mientras se ríen de mí.

Cuando por fin visto el uniforme naranja, llego hasta mi nueva celda, donde un grupo de mal encarados me cuentan lo que van a hacerme en la ducha.

Entro a mi celda, me reciben con un revólver que entra directo a mi boca. Un guía pasa y ve como me tienen de rodillas, temblando. Él es el llamado a defenderme, pero emite una carcajada y sigue su camino.

Sudo, sudo mucho. El pánico me paraliza. Me explican quién manda. Me aleccionan, me dicen que si no quiero ser la ‘perra de la bestia’ de la celda de al frente, debo ser su esclavo. Esa noche no duermo, me desmayo.

Al día siguiente, me llevan donde el líder del pabellón, quien me sienta custodiado por mis nuevos acosadores. Colocan un cuchillo de cocina en mi mano. No entiendo. ¿Por qué me dan un arma? Acto seguido sacan un teléfono y marcan. Escucho la voz de mi hermana. Llora. Solo llora. No entiendo qué pasa.

Me explican que van a abusar de ella y a partirla en pedazos, pero que aún puedo salvarla. Solo debo arrancarle la cabeza a Jairo, un preso desobediente. ¿Qué hago? Obvio, voy donde Jairo, lo apuñalo en el ojo, revuelvo su cerebro y luego le corto la cabeza. Primero mi hermana antes que Jairo, ¿no?

Soy un robot. Camino por inercia. No entiendo por qué vivo. Tengo las manos llenas de sangre. Me desmayo otra vez.

Despierto con dolor. Estoy desnudo y amarrado. Un preso con un trapeador me cuenta como me va a ‘trapear’ hasta enderezarme los intestinos. Lloro. Imploro misericordia. Grito que ya hice lo que querían, que me dejen en paz. Ríen y se van. No entiendo.

Luego entiendo. Solo necesitaban que gritara porque necesitaban grabar mi voz. Llaman a mi madre, reproducen mis ruegos. Le dicen que en ese momento estoy ahí a punto de ser abusado. Ella escucha mis gritos, mi angustia.

Le dan un número de cuenta donde debe depositar siete mil dólares para salvarme. Ella, que me ama, vende lo que sea, hasta un riñón si fuese necesario. Se activa la red de extorsión.

Solo han pasado tres días. En el resto de mi estancia aprendo a matar para sobrevivir, a degollar, a violar. Sobrevivo a motines, me hago líder de un ala de la cárcel, veo a mis compañeros caer en masacres. Recibo de visita a mi esposa, quien esconde cajas de fósforos en su cuerpo.

Vendo cada fósforo a cincuenta centavos, no para comprar paracetamol en la farmacia (que debería ser gratis y que es lo único que tienen), sino para adquirir alguna droga artesanal que me mantenga dormido, para olvidar, para no sentir.

Cumplo el 60% de la pena y salgo en libertad, rehabilitado, reeducado y listo para reinsertarme en sociedad.

¿Fuerte? No, no fuerte, brutal.

Esto lo vive quien defrauda al fisco, quien atropella a alguien por borracho o por ‘gil’, quien hurta, quien es perseguido por el político de turno, cualquiera. ¿No se supone que quien delinque va la cárcel para rehabilitarse y no volver a delinquir? Patrañas.

Por eso, cuando veo que la gente aplaude cuando alguien se va preso, entiendo que no tienen la menor idea de lo que es una cárcel.

Lean esta columna cuantas veces les haga falta. Léanla en voz alta y piensen que lo que aquí cuento es nada frente a los días de un preso. Espero que ahora entiendan por qué el sistema no funciona, por qué la condena penal no salva a la sociedad, por qué estamos tan podridos.

¿En qué parte y en qué código se cuenta que la condena es el infierno? ¿En qué parte de la tinta muerta de la ley se regula el patíbulo?

Esta columna busca ser una enseñanza, una mano arrebatadora de velos, un bastón antimotines contra sus cabezas.

Espero, de corazón, que jamás tengan que vivir lo que narran estas líneas.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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