De la Vida Real
Quería ser mamá, pero no profesora
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

7 Jun 2020 - 19:00

Tenía ocho o nueve años, tal vez, cuando por primera vez sentí vergüenza. Fue ante la pregunta de la profesora: “y tú, Valentina, ¿qué quieres ser cuando seas grande?” Sabía la respuesta y la tenía clara, pero contesté: “bióloga marina o astronauta, lo que sea está bien”.

De verdad me daba igual estar sumergida en el mar o en el espacio. Porque lo que en realidad quería ser era mamá. Pero como todas mis compañeras contestaron una profesión, dije lo que se me ocurrió ese rato. 

Han pasado muchos años desde entonces, y lo único que no ha cambiado es mi certeza de lo que siempre he querido ser. Desde hace nueve años, estoy haciendo un doctorado en maternidad intensiva. Ahora que se está terminado la cuarentena, entregaré mi tesis y voy por mi PhD en maternidad indefinida.

Lo que siempre he tenido claro es lo que nunca he querido ser: profesora. No es que tenga nada contra esa profesión, pero para enseñar hay que tener vocación, pasión, paciencia y, sobre todo, conocimiento, cosas de las que carezco totalmente.

La profesión de madre, en mi caso, no tiene nada que ver con la educación formal. En estos días eso se ha evidenciado. Con mis hijos tengo una relación hermosa, hasta que llega la hora de la escuela virtual. No es por la escuela ni sus profesoras, que se han portado increíble e implementado un sistema de enseñanza maravilloso. El problema soy yo. 

Me enerva que mis hijos no atiendan. Aparte estoy aprendiendo junto a ellos a cortar, a trazar, a dividir, a leer y a escribir. Pero mis destrezas no son buenas. Me equivoco al mandar los deberes. Los subo mal a la plataforma, sin entender a qué materia y a qué profesora corresponden.

Me hago un lío, y aparte me evalúan pésimo. El otro día, mi hijo mayor, de nueve años, recibió una nota virtual que decía: “Te puedo ayudar a reforzar todo el conocimiento matemático que requieras, pero a estas alturas es tu responsabilidad desarrollar la motricidad fina”.

Detalle: fui yo la que hizo las figuras geométricas. Las corté, las pegué, tomé la foto y subí a la plataforma. 

Mis mellizos, de seis años, recibieron una queja porque no saben pintar como corresponde a su edad. Ellos dejaron a medias el deber, salieron corriendo, y yo por aplicada lo terminé. Definitivamente, ningún comedido sale con la bendición de Dios.

Me va tan mal en esto de la educación en casa, que mi mejor amigo ahora es el ingeniero de sistemas del colegio. Le llamo todos los días para que me ayude a resolver problemas en la computadora. Y las profes se han vuelto mis psicólogas personales: “disculpe, profe, subí el deber de mi hijo Rodrigo en el archivo de mi hija Amalia”. Y ella me contesta con una paciencia: “Tranquila, mañana resuelvo eso. No te angusties tanto. Quédate tranquila”. 

Pero cómo no me voy a angustiar si esto de la educación virtual me está volviendo loca. La semana pasada recibí un mail que decía: “Estimada Valentina, el archivo adjunto no tiene nada que ver con el tema académico. Le ruego que ponga más atención en la evidencia que nos envía”. Mandé el artículo de Primicias en vez del deber. 

Este estilo de educación puede ser para todos los niños, pero no es para todos los padres. ¿Cómo harán los que no tienen idea de tecnología o no saben leer ni escribir? Si yo, que se supone que soy estudiada, no soy capaz de entender una instrucción virtual. “Favor, pegar y pintar la máscara que está en el archivo adjunto”. 

Las guaguas son felices con los videos de las profes, gozan, y les gustan las clases en vivo. Pero el rato que les digo “escriban bien el nombre”, ellos dicen que está bien, pero veo que está mal. ¿Cómo sé cuál es forma correcta de escribir de un niño de seis años? ¿Cómo le puedo corregir a mi hijo las divisiones si yo jamás aprendí a dividir? 

De verdad esta es una experiencia fuera de todo límite. ¿Cómo hacen las mamás que, aparte, deben trabajar? 

A todo este caos hay que sumarle la pésima conexión de Internet. En plena clase en vivo se va la señal. Hasta que le vuelvan a admitir en la clase, pasan intensos minutos de sufrimiento, angustia, nerviosismo. Es ya el turno de la clase de mis otros hijos. ¿Y ahora?

La otra tarde mi hijo me dijo: “Má, tú nos enseñas en la vida diaria, pero eres la peor profesora del mundo. Eres inteligente, pero no tienes gota de talento educativo”.

Nos acostamos los cuatro en el suelo para buscar figuras en las nubes. Les conté que una vez una profesora me preguntó qué me gustaría ser de grande y que yo, muy orgullosa, le respondí que quería ser mamá.

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