Leyenda Urbana

¿Resistiría usted un encuentro con los héroes de la Batalla de Pichincha?

Thalía Flores y Flores

Thalía Flores y Flores

Periodista; becaria de la Fondation Journalistes en Europa. Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC de España.

Actualizada:

23 May 2022 - 19:03

Con solo imaginar la escena, uno se conmueve hasta las lágrimas. ¿Qué respondería usted si, más allá del tiempo y del espacio, en una dimensión excepcional de la historia, se encontrara, cara a cara, con el libertador Simón Bolívar, el Mariscal Antonio José de Sucre, Abdón Calderón, Manuela Sáenz y otros protagonistas de la gesta luminosa y le preguntarían: ¿qué has hecho por tu país, territorio heroico al que dimos libertad?

La piel se eriza y el espíritu se conmueve al suponer un momento semejante, porque haría enmudecer de vergüenza a todos, al admitir que no se ha hecho nada por el país; o, quizá, peor: se le ha hecho daño.

Por una jugada del destino, el Bicentenario de la Independencia encuentra a Ecuador de 2022 dividido, amenazado, violentado, corrompido hasta los tuétanos, al punto de que, en un acto de honestidad colectiva, es posible que nosotros mismos nos preguntemos si somos dignos de la sangre derramada por los héroes que, el 24 de mayo, de 1822, vencieron en la Batalla de Pichincha.

En los momentos más dramáticos de la institucionalidad del país, cuando las tormentas lo revuelven todo, la celebración de la gesta libertaria se impone, no solo para honrar la memoria de los héroes, sino para enmendar nuestros errores, tras una gran reflexión colectiva, ante el desafío de vencer las adversidades, levantar la cabeza, caminar y trascender. 

Doscientos años después, el patriotismo, el sacrificio, la hazaña y el heroísmo que tienen que ser, por siempre, relievados y, puestos como ejemplo a seguir, han sido remplazados por la ambición, el oportunismo, la sapada, la corrupción y el narcotráfico. Todo por el dinero y la estulticia del poder, que enferma el alma.

La violencia ha roto la paz social, y los más funestos presagios de coches-bomba explotando en las calles, se han cumplido. Si no se frena, a raya, el reino del terror podría instalarse en Ecuador.

Son tiempos convulsos, pero aquí no hay patriotas que amen lo suficiente al país, lo piensen y luchen por él, hasta el sacrificio. Ni siquiera hay líderes que muestren el camino correcto a seguir.

Jurar cumplir y hacer cumplir la Constitución y luego decir que se puede gobernar sin la Asamblea, función esencial del Estado, en una democracia, resulta inconcebible.

Y usar esa Función del Estado para transar con quienes buscan la impunidad para volver al poder, borrando su corrupto pasado, inadmisible.

Errores de tal calado pervierten la democracia. Y en el Bicentenario de la gesta gloriosa de la libertad, son imperdonables.

La propia Asamblea Nacional, a la que 90,3% califica de mala y pésima, es el epicentro de la mezquindad que horrorizaría a los patriotas que dieron su sangre por los ideales libertarios, pero, aun así, no se puede prescindir de ella.

Los asambleístas son la antítesis de los héroes, a quiénes honramos, esta fecha. Si habrían vivido en 1822, seguro traicionaban a los patriotas.

La justicia ecuatoriana es otro tanto, por la presencia de jueces venales, mercaderes de sentencias y por las siniestras maniobras que se han dado, reeditando la metida de mano a la justicia del déspota que se autoproclamaba jefe de todos los poderes del Estado.

En una acción sin precedentes, de un zarpazo, se ha sancionado al presidente de la Corte Nacional de Justicia, con 90 días de suspensión.

Lo reemplazará quien fuera asesora de Gustavo Jalkh, que tendrá que decidir la suerte del convicto, recién recapturado.

Para completar la operación, irían también por los titulares de la justicia en las provincias. Un descenso a la oscuridad.

Así, todas las piezas de este ajedrez de la ignominia han sido jugadas. Jaque mate a la institucionalidad del país.

En la sociedad civil de hoy hay un vacío enorme, por la ausencia de voces calificadas y ejemplares, sustentadas en su buen juicio y proceder, que piensen en el bien común.

Si acaso alguien se pronuncia lo hace por interés, porque quiere algo, casi siempre alguna prebenda del Estado, al que denuestan, pero le exprimen en cuanto pueden.

No hay a dónde volver los ojos: la dirigencia empresarial parece ensimismada, la sindical, obsoleta, y la Academia, enclaustrada.

Los partidos políticos convertidos en organizaciones de alquiler o venta. Los ideales sociales han sido remplazados por la codicia y el personalismo.

La juventud parece rendida ante las redes sociales, viviendo un mundo paralelo y, con pocas excepciones, soñando volverse influencers.

En alguna parte de Ecuador deben estar reflexionando sobre el país actual y su futuro; ojalá levanten la voz, y se hagan escuchar. Ojalá no sea solo por la ambición y descubramos, con ilusión, que hay quienes sienten y quieren al país, de verdad.

Así está Ecuador este 24 de mayo de 2022, cuando se cumplen 200 años de la épica victoria en el Pichincha, que fue la cúspide de un largo y doloroso camino y el inicio de uno nuevo que llevó a crear la República, en 1830.

Con la suprema convicción de que este es nuestro país; esta es nuestra Patria, y que por ella lucharemos, se impone la sagrada promesa de una enmienda radical en la conducta colectiva.

Solo así seremos dignos de poder mirar, en alguna otra dimensión, el rostro de aquellos que nos dieron la libertad, el 24 de mayo, de 1822, sin avergonzarnos. 

Por ahora, la sangre derramada por los libertadores, que cambió el curso de la historia, clama al cielo.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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