De la Vida Real
Tan solo seis horas y un pacto con el ratón
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

12 Sep 2021 - 19:00

Les acostamos a los guaguas temprano porque comienza una nueva etapa en nuestras vidas: los niños irán a su escuela en la modalidad semipresencial. ¿Por qué en esta modalidad? Ni idea. No puedo negar que me da envidia de las mamás que les tocó la modalidad 100% presencial.

Dejamos las mochilas listas, las loncheras lavadas y el menú del desayuno decidido. Me fui a dormir con la tranquilidad de sentirme supermamá. A eso de las dos de la mañana, oí unos ruidos extraños.

Me levanté asustadísima a ver qué pasaba. Me fijé en que la ventana de la cocina estaba abierta. Era el gato, lo vi sobre el mesón con un ratón en su boca.

Prendí todas las luces, traté de no hacer ruido. Fui a despertar a mi esposo. Se levantó tan rápido que se golpeó el dedo chiquito del pie en la pata de la cama.

Gritó todo el abecedario de malas palabras. En voz bajita le dije que no hiciera tanto escándalo para que no se despertaran los niños. Muy tarde, tenía a mis hijos aterrados sin entender lo que pasaba.

No les tengo miedo a los ratones, pero tampoco soy tan descorazonada para dejar que les maten a palazos:

  • Mi hijo Rodrigo pedía a gritos que matemos al ratón.
  • La Amalia quería adoptarle, dijo que se podía llamar ‘Pedrito’.
  • El Pacaí trataba de ver científicamente un método para poder sacarlo de la casa, daba una idea y él mismo se respondía: “No, o sea, es superbuena idea, pero fregadísima la ejecución”.
  • El Wilson corría por todos lados, en bóxer, buscando al ratón con una escoba en sus manos.

Alcancé a ver al ratoncito trepado sobre el palo de la cortina. Se notaba que él estaba más asustado que nosotros. Me quedé callada.

Sentí que entre este pobre ser indefenso y yo había un pacto de complicidad. Ni él iba a invadir mi hogar ni yo dejaría que le quitaran la vida.

Después aprendí que jamás hay que hacer tratos con ratones.

El ratón se quedó en la casa. Durante la noche dejó sus rastros fecales en cada rincón. Se comió toda la fruta que compramos para las loncheras.

No podíamos poner veneno porque se lo pueden comer los perros y el gato. Estuve al borde del colapso nervioso. Yo no daba más con el cargo de conciencia por no haberlo delatado a tiempo.

Mientras el Wilson dormía como un tronco después de haber perseguido al ratón, sin resultado alguno, yo también intentaba quedarme dormida, pero mi mente me atormentaba.

De gana no dejé que maten a palazos al ratoncito traidor. Mis hijos se hubieran traumado por un tiempo y mi esposo estaría orgulloso de haber cumplido su labor de protector del hogar.

Y, a la vez, pensaba que sería mi primer día sin hijos en la casa. Tendría solo medio día de soledad y no era justo estar pendiente en dónde se habrá metido el ratón.

El despertador sonó a las seis de la mañana. Todos mal dormidos, improvisamos los uniformes. El desayuno fue leche con chocolate caliente y pan.

Tenía programado hacerles tigrillo, con queso y huevo, para que vayan bien alimentados en su primer día. De hacer las loncheras ya ni me acordé.

Ahora no puedo más con este otro cargo de conciencia. Primer día de clases y no les mandé nada de comer a mis hijos. Al salir de la casa, llovía tanto que llegamos 20 minutos tarde por el tráfico. Cuando se bajaron del carro, tuve la sensación de una libertad inmensa.

Durante tanto tiempo de encierro, estar sin mis hijos es un premio que me merezco. Les amo, son mis guaguas adorados, pero hay ocasiones en que no les aguanto ni ellos me aguantan a mí. Ellos que estén con sus amigos y yo conmigo misma. Total, son solo seis horas de distanciamiento de madres e hijos, tan solo seis horas.

Al regresar a la casa, me recibió el gato con el ratón en su boca. Al fin alguien valoraba mi tiempo. Nada me iba a impedir mi momento perfecto. El gato, muy considerado, salió de la casa con el ratón. Me acosté en la cama, prendí la tele y pude terminar de ver los últimos ocho capítulos de la serie ‘Valeria’.

El gato, muy considerado, salió de la casa con el ratón.

A la una y media de la tarde salí tranquila, en ropa deportiva y en calma, a retirar a los niños de su primer día de clases en medio de una pandemia. Ya quiero que sea miércoles y empezar a leer un nuevo libro que acabo de comprar, ‘Los crímenes de Bartow’.

¿Qué estarán haciendo, con su tiempo, las mamás que tienen la suerte de tener a sus hijos cien por ciento presencial?

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