De la Vida Real
La simpática costumbre de salir a votar se nos escapa entre miedos
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

11 Abr 2021 - 19:05

Los niños estudian en la casa. La oficina de los padres también está en la casa. Ya no se sale con tanta libertad como antes. 

Hay épocas en que parece que la vida ya mismo vuelve a la normalidad, pero luego empieza otra ola de contagios, y la rutina del encierro y el miedo regresan. Es un constante tira y afloja esta vaina.

También, el coronavirus cambió el ambiente de las elecciones, no sé que tanto el ambiente electoral, porque los candidatos, igual, hicieron su campaña y no respetaron lo del distanciamiento social.

Recuerdo, con cierta nostalgia, lo hermoso que era ir a votar. Por lo menos, yo lo amaba, porque era una feria gastronómica y se vendía cualquier objeto inútil, pero ese día se convertía en la novelería de padres e hijos.

El día de las elecciones era el pretexto ideal para una reunión familiar, porque muchas personas que ya no vivían cerca no cambiaban su recinto electoral y aprovechaban para ir a visitar un ratito a su familia. 

Nuestros hijos nos acompañaban a elegir a los futuros gobernantes de la Patria, y les comprábamos las clásicas pelotas de aire, las grosellas con sal y el algodón de azúcar.

Yo corría a comprar el hornado (con extra tortilla de papa) en plato desechable. Me comía mínimo dos empanadas de morocho con harto ají, envueltas en servilleta de papel café.

Ir a votar era una mezcla cultural, además de ser también un evento social. Todos nos encontrábamos con conocidos. Excompañeros del trabajo o gente con la que hemos trabajado en algún momento de nuestra vida.

Le veíamos a ese amigo del colegio del que nunca más supimos nada. Y nos decíamos en cada elección: “Sí, está de vernos. Llámame para coordinar”. Y nunca más volvíamos a saber del otro, hasta las siguientes elecciones, donde el discurso era exactamente el mismo. Como en la política. 

También, era la gran oportunidad para encontrarse de cerca con algún político o famoso. Una vez, le saludé de beso y abrazo a un presentador de televisión. Le pregunté que cómo estaba y le dije que a los años que le veía.

Y mi marido me dijo:

Valen, él no es tu amigo.

A lo que yo le respondí: Ah, con razón se me hizo cara conocida. Es amigo tuyo.

-No, mi vida, es presentador de noticias.

Me quise morir de la vergüenza.

También me pasó con un político. Le saludé feliz, y hablamos de la vida. Juré que era algún amigo de mi papá, hasta qué mi esposo me dijo:

-Valen, ¿por qué le saludas? Él es un tipo horrible, es un corrupto.

-¡Qué va! Es amigo de mi papi.

-No, no puede ser amigo de tu papá; es más, hasta le ha insultado públicamente y varias veces.

¡Miércoles! Bueno, ya nada. Él no ha de saber hija de quien soy.

Ir a votar era dejar el auto lejísimos y caminar en ese ambiente de fiesta, donde el vecino saludaba, bueno, sin saber si eres la vecina o no, pero era cara conocida. Era un salir y encontrarse con gente amable. 

Estas elecciones han sido extremadamente tristes. 

El domingo de primera vuelta no hubo ventas ambulantes, no hubo vecinos conocidos, porque con las mascarillas no nos reconocimos.

Hubo que hacer filas tan largas, que todos estábamos un poco de mal genio y, por el terror al contagio, nadie conversaba. Además, estábamos con la boca tan tapada que ni se oía ni se entendía lo poco que se decía.

Los policías, que antes solo estaban ahí para que no hubiera problemas de orden público, ahora estaban a la caza de todo señor que trataba de hacer su negocio. Iban atrás de los que tan gentilmente “emplasticaban” la papeleta de votación.

Seres fundamentales para la vida futura. Eran los encargados de resguardar la papeleta de por vida, documento indispensable para todo trámite burocrático ecuatoriano. Sin ellos, todos estaríamos fregados.

Esta vez estos seres tan fundamentales eran vistos como los grandes pecadores de la jornada electoral. La policía veía a uno, y este corría aterrado.

Cuando salga este artículo, sabremos ya quien ha ganado las elecciones.

Solo espero volver a tener libertad, volver a vivir una jornada electoral libre de dictaduras y de coronavirus.  

Volver a comer el hornado con doble tortilla y cuatro empanadas de morocho embebidas de aceite y ají, e ir a votar a la moda con mis zapatos rojos.

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