De la Vida Real
La historia de mi abuelo y el ‘Sistema Salazar’, entre el recuerdo y el olvido
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

5 Jul - 19:00

Esa noche no estuve ahí, pero me contaron que la fogata se volvió loca. Las llamas se movían inquietantemente hacia arriba y hacia abajo. He oído tantas veces lo mismo, que he llegado a dudar de si estuve o no presente ese 7 de febrero de 2009, la noche en que murió mi abuelo.

Toda mi familia se fue a la hacienda de mi prima, pero yo preferí quedarme con él y con mi abuela. Mientras mi abuelo le buscaba a su gato para enseñarme, yo le decía que se sentara a comer, porque enfermo que come no muere.

Él era alguien importante. Su máximo orgullo fue que hizo todas las gestiones para declarar a Quito como Patrimonio Cultural y a Galápagos Patrimonio Natural de la Humanidad.

También era reconocido como uno de los mejores arquitectos del país. Pero la verdad nada de eso me ha importado nunca, porque él tenía algo mucho más especial: el don de arreglar todas las cosas con el ‘Sistema Salazar’.

Me da pena haberme olvidado del significado de estas siglas. Este método fue implementado para solucionar cualquier problema de una manera fácil, rápida, austera e ingeniosa, que nos permita facilitar la vida.

Aunque muchas veces no se vea tan bonito en estética, crecí absolutamente convencida de que mi abuelo nació con este método implantando genéticamente. 

Cuentan, porque por obvias razones tampoco estuve presente, que su mamá se cayó del caballo cuando él estaba en su vientre. Por ahí a mediados de los años 20. No estoy segura. Y desde ese día los caballos rigieron su vida.

Era uno de los mejores jinetes que he visto. Ni Bolívar ha de haber tenido tanto garbo y elegancia al montar un caballo. Ni Tarzán era tan ágil como él para subirse a los árboles. Cuentan que mi abuelo jamás se aburría. Desde que nació supo cómo entretenerse.

Era el último de ocho hermanos, y su vida siempre estuvo dividida entre haciendas y ciudades. Uno de sus grandes méritos es que antes de que alguien le enseñara a manejar, mi abuelo conducía mejor que el mismísimo chofer.

Sí, reconozco que quien cuenta algo sobre él siempre magnifica un poco su personalidad, distorsionando la realidad. A mí me consta que era un ser increíblemente entretenido. Amante de las plantas y los jardines, arquitecto de grandes estructuras y tejares. 

Otra de sus miles de virtudes es que amaba el mar, tenía una casa en la playa, pero el objetivo era ir a acampar lo más lejos posible. Llenábamos una mochila con naranjas y toronjas recién cosechadas. Antes de dormir, siempre decía que es delicioso ir a nadar un poco en las aguas pacíficas de olas bravas de este mar.

Cuando estábamos en su casa de Quito, amaba ser jardinero. Mientras me enseñaba a hacer injertos, más de una vez el timbre sonó. “Pueden ser los Testigos de Jehová”, decía y salía corriendo. Una de sus máximas distracciones era darles la contra a estos señores. Mi abuelo no era nada creyente, pero siempre contaba historias maravillosas, llenas de fantasía. “Chiquita, si usted quiere aprender a tener imaginación, debe leer la Biblia,” me decía. 

Cuentan, porque tampoco estuve ahí, que nació con su pierna izquierda absolutamente torcida y mal formada, debido a la caída de caballo que tuvo su mamá. El 18 de abril era su cumpleaños, y ni bien cumplió los tres le llevaron a Suiza para que le amputaran la pierna.

Cuentan también que cuando regresó ya tenía pata de palo y dejó de ser ‘cojito Pallares’. Desde siempre aprendió a usar su prótesis. Toda mi infancia y hasta entrada a la edad adulta, mi abuelo tenía la pata elegante puesta en su pierna izquierda y la informal, como el la llamaba, debajo de su cama.

Nosotros, los nietos, crecimos viendo cómo se ponía su prótesis, le ayudábamos a curarse sus escaras. “Siempre hay que ponerse mucho alcohol para que no se infecten”, nos decía. Mi orgullo era que mi abuelo tenía pata de palo, pero nadie me creía.

Admirable: era un hombre sin complejos ni ataduras mentales. Mi abuelo era Rodrigo para todos, papá para sus hijos y Chichí para sus nietos. 

Jamás sacó un carnet de discapacidad, porque decía que él no lo necesitaba. Qué privilegio el mío de tener un abuelo tan honorable. 

Esa noche de febrero me agarró la mano, cerró los ojos, dejó rodar unas lágrimas y se murió, tal cual se muere una persona que usa el Sistema Salazar para arreglar la vida, sin molestar a nadie. 

Noticias relacionadas