De la Vida Real
El ‘templo de la libertad’ y mi despertar de una terrible ignorancia
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

7 Nov 2021 - 19:00

Simón Bolívar me sonaba más a una avenida que a un héroe independentista. Sucre siempre me ha recordado a nuestra extinta moneda. A lo de Mariscal no le paraba mucha bola, porque para mí era un sector de Quito y no un cargo militar.

Así pensaba hasta que nació mi hijo e hizo que despertara de esta terrible ignorancia. El Pacaí es absolutamente patriota, pero patriota hasta los huesos.

Está en sexto de básica y para su suerte su profe Ginna es igual o más patriota que él:

-Má, si nos dejaran organizar un congreso de historia independentista, la profe y yo seríamos los máximos organizadores, oradores y los mejores expositores.

Me dice, riéndose por su pasión por la historia.

En el feriado de difuntos no salimos de la ciudad. Teníamos que buscar qué hacer.

-Familia, les propongo ir a la Cima de la Libertad. La profe dice que desde ahí los patriotas atacaban a los realistas que estaban en El Panecillo. Gracias a esta batalla, el 24 de mayo de 1822, conseguimos la libertad.

Dijo El Pacaí y nos pareció la mejor opción; en realidad, no teníamos otra. 

Prendimos el Waze, que nos llevó por el centro de Quito. Luego de una que otra perdida, llegamos.

La entrada no tiene costo. Mis hijos, ni bien se bajaron del auto, corrieron a ver los cañones, mientras El Pacaí no se callaba, recreando cada paso de la batalla de Pichincha.

No me quedó más remedio que creerle todo lo que me contaba, porque no tenía, hasta ese entonces, el conocimiento para refutarlo. Lo que sí les conté, con mímica y convicción dramática, fue la historia de Abdón Calderón.

-Mientras él iba peleando por la libertad, los enemigos le cortaron las dos piernas, los dos brazos y, con ayuda de su cabeza, agarró la bandera y se colocó en su boca. Por eso es conocido como el héroe niño. Tenía 16 años.

Esa parte de la historia me marcó tanto que es del único héroe que jamás me he olvidado. 

Estábamos hablando de historia cuando se acercó una señorita muy amable y nos dijo que esperáramos a que llegara más gente para empezar el recorrido por el museo.

Tres familias se unieron y la aventura empezó. Primero hay un patio donde cuentan cómo fue la conquista española y lo malos que fueron.

“Era una época muy injusta. Un indígena vendía un costal de papas a un dólar, y debía darle a la corona española 70 centavos de interés”. Vi de reojo cómo mis hijos hacían cálculos con sus deditos.

-O sea, ¿ellos solo ganaban 30 centavos? -Preguntó La Amalia, asombrada.

-Pero los dólares son gringos. ¿Los gringos les pagaban plata a los indígenas? -Preguntó El Rodri, confundido.

El Pacaí se acercó a explicarles a sus hermanos menores que la señorita estaba haciendo una hipótesis.

-¿Qué es una hipótesis? -Preguntaron ambos al tiempo.

-Ñaños, cállense, otro rato les explico. -Les respondió El Pacaí, enérgico. 

Toda esta representación histórica está dibujada en el techo y en las paredes del museo. La guía realmente era buena con su guion, porque nos transmitió, aparte de conocimiento, cierta indignación por la injusticia: sentimiento fundamental para entender la verdadera causa de la lucha por la Independencia. 

Pasamos por algunas salas que están cronológicamente diseñadas para recrear cómo fue la batalla de Pichincha.

Se pueden ver las armas con las que peleaban, las espadas y cuchillos que tenían los soldados de la época, los uniformes que se ponían.

De verdad el patriotismo nos invadió. “Los indígenas fueron fundamentales para la Independencia”, recalcó la guía. Y El Pacaí me contaba calladito, a la par que hablaba la señorita, que Inglaterra prestó mucha plata y dio armas al ejército de Bolívar para lograr la Independencia.

-Ve, Má, estas armas son inglesas. -Decía, mientras con su dedito índice señalaba la vitrina. 

El Rodri se sentía un militar más. Iba por todo el museo gritando:

-Pum, pum. Mueran españoles hijue…

-Rodri, por Dios, cállate. -Le dijo el Wilson, muerto de la vergüenza.

La Amalia, agarradita de mi mano, observaba cada dibujo.

-Má, ¿quién crees que era más guapo, Simón Bolívar o Sucre?

-Creo que Sucre, reina.

-No, Má, vele esa narizota.

Se acabó el recorrido. Fuimos al mirador y me quedé con la sensación de querer leer y conocer más sobre la historia de Ecuador. Me dio cargo de conciencia de saber solo lo básico.

En el viaje de regreso a la casa, El Pacaí estaba feliz de haber ido a la Cima de la Libertad. De repente cayó un aguacero impresionante. El sur de Quito se inundó.

Y El Pacaí, con voz de locutor de fútbol, dijo: “Cae tanto granizo como balas en el Panecillo hace 200 años. ¡Que viva la libertad, carajo!”

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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