Contrapunto
La Tercera sinfonía de Mahler, ¿la mejor de todas?
Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

Actualizada:

12 Jun 2020 - 19:00

“Nadie se ha aburrido nunca escuchando a Mahler, tampoco sus enemigos”. Así se expresaba el musicólogo austríaco Guido Adler después de analizar toda la obra malheriana, que básicamente se compone de canciones y de sinfonías, nueve en total, más fragmentos de una décima inconclusa.

Revisar la obra de este músico, nacido en 1860 en Kaliste, Bohemia, entonces perteneciente al imperio austríaco (actualmente República Checa); y fallecido en Viena en 1911, requiere de bastante tiempo y demasiada concentración para apreciar el amplio despliegue instrumental y coral de cada una de sus composiciones.

Fiel a su idea de que la sinfonía debía abarcar todo lo que el mundo contiene, las obras de este músico genial son monumentales, expresivas, nada convencionales, porque se salen del molde tradicional de cuatro movimientos y son extensas. La Tercera sinfonía en re menor dura 1 hora y 44 minutos.

Interpretación de la Orquesta Festival de Lucerna dirigida por Claudio Abbado, Sinfonía 3:

La Primera sinfonía (Titan), tal vez la más conocida,  la Sexta, Séptima y Novena, requieren solamente de orquesta; las restantes se nutren de poemas, coros y solistas vocales. Esa es también una de las razones que permiten comprender por qué Mahler no aparece con frecuencia en los repertorios de música sinfónica.

Fue por muchos años director de la ópera de Viena y se dedicaba a escribir canciones y sinfonías solamente en el verano. Eso explica la causa por la que solo trabajaba sus obras en esa estación y en la tranquilidad de su casa de campo; la inspiración –decía- la recogía de los bosques, de los ríos, de las aves.

No está claro cuánto tiempo tomó al compositor escribir la más colosal de sus obras, pero pudo ser cuatro veranos. La sinfonía fue estrenada en 1902 y fue bien acogida por la crítica que, en muchos casos, ha fallado en su valoración.

De origen judío, pero convertido al cristianismo, el compositor de Titan dijo alguna vez que tendrían que pasar por lo menos 50 años para que su música sea reconocida y valorada por la humanidad. No estaba tan errado en su apreciación, porque sus partituras fueron proscritas en Alemania y en Austria durante el dominio nazi.

En su anterior sinfonía, la número 2, denominada Resurrección, el músico ya había agregado voces y coros; pero en la Tercera la obra gira en torno a un coro femenino, otro de niños y una orquestación abundante en flautas, oboes, fagotes, clarinetes, trompas, trompetas, trombones, tubas, timbales, percusión, campana tubular, xilófono, dos arpas y toda la familia de cuerdas.

En realidad el despliegue escénico de la Tercera sinfonía no es menos ostentoso que la Octava sinfonía, “la de los mil”, como la denominaron los organizadores de conciertos en 1910, para disgusto de Mahler. Pero impresiona en la Tercera la presencia de los coros femeninos y de niños, que coinciden de manera conmovedora en los últimos movimientos de la obra.

Este es el verso de Nietzsche en Así habló Zaratustra, que canta la contralto:

¡Oh, hombre! ¡Atento!
¿Qué dice la profunda medianoche?
Yo dormía —,
De un profundo sueño me desperté: —
El mundo es profundo,
Y más profundo de lo que el día pensó.

¡Oh, hombre! ¡Atento!
Profundo es su dolor —,
El placer — más profundo aún que la pena:
El dolor dice: ¡Pasa!
Pero todo placer quiere eternidad —,
— ¡quiere profunda, profunda eternidad!
   

Para algunos melómanos el encanto por Mahler se despierta en la Primera sinfonía, pero la pasión aparece en la Segunda. Son criterios acertados y, pese a que siempre trato de mantener en reserva el mío, no puedo negar una especial devoción por la Tercera, lo cual no significa desprecio por todas las demás.

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