Contrapunto
Los últimos días de García Márquez narrados por su hijo
Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

Actualizada:

28 May 2021 - 19:02

Rodrigo, el hijo mayor de Gabriel García Márquez, pudo escribir una novela sobre su padre hasta un año después de su muerte, y hubiese sido un éxito enorme de interés y de ventas. Estaba autorizado por el Gabo: “cuando esté muerto, hagan lo que les dé la gana”, había dicho a su familia.

Pero no, Rodrigo García (Bogotá, 1959) aguardó a que muriera su madre, Mercedes Barcha, el año pasado, para publicar el libro ‘Gabo y Mercedes: una despedida’ (Literatura Random House), que narra los últimos días y horas antes de su muerte ocurrida en México el 17 de abril de 2014.

Es el homenaje sincero y sensible del hijo, una decisión valiente, porque siempre correrá el riesgo de que se lo critique por no escribir como su padre. Rodrigo, dedicado a escribir y producir cine, jamás pretendió nada que no sea contar el dolor al ver que la vida de su padre se apagaba.

Medio siglo casada con el Nobel de Literatura de 1982, Mercedes, después de la última hospitalización de su esposo, dijo a su hijo, con ese instinto que solo las madres sienten: “de esta no salimos”.

El libro, de solo 104 páginas, en una edición de lujo, acompañada de 30 páginas de fotos, algunas inéditas, aborda lo que a muchos nos cuesta admitir: la demencia senil, la pérdida de la memoria, en una de las mentes más brillantes de la literatura universal.

Pedía ayuda a su hijo cuando comenzó a notar que todo se le olvidaba. “Trabajo con mi memoria, es mi herramienta y materia prima” para escribir, repetía una y otra vez. A Gabo nunca le faltó el sentido del humor. Un par de años antes de su muerte dijo a Rodrigo “estoy perdiendo la memoria, pero por suerte se me olvida que la estoy perdiendo”.

El libro, de solo 104 páginas, en una edición de lujo, acompañada de 30 páginas de fotos, aborda lo que a muchos nos cuesta admitir: la demencia senil.

Pese a la fama que se ganó, califica a su padre como una persona de naturaleza discreta, “incluso introvertida”. Revela que nunca releía sus libros “por temor a encontrarlos vergonzosamente deficientes”.

Ya en la etapa final de su vida, anota Rodrigo, por primera vez releyó algunos de sus libros, pero con la sensación de que los leía por primera vez. “¿De dónde carajos salió todo esto?”, preguntó a su hijo.

Algo que probablemente nunca se ha contado es que, cuando tenía seis años, después de un partido de fútbol, contempló un eclipse de sol sin el vidrio adecuado y perdió para siempre la visión del centro de su ojo izquierdo.

Muchos diálogos inéditos, con su esposa o con sus hijos, son narrados de manera prolija, como cuando anuncia a su mujer que “maté al coronel” Aureliano Buendía, uno de los personajes más importantes de ‘Cien años de soledad’, para muchos su mejor novela, con la que inventó el realismo mágico.

Seis generaciones de la familia Buendía, escribe Rodrigo García, dieron forma a ‘Cien años de soledad’, “aunque él tenía material suficiente para dos generaciones más”. También curioso o coincidente es que Úrsula Iguarán, al igual que Gabo, murió en un Jueves Santo.

El viaje desde su natal Aracataca en 1927, hasta el día de su muerte en México en 2014 no se puede describir en una lápida. La vida de mi padre, destaca, “es una de las vidas más venturosas y privilegiadas jamás vivida por un latinoamericano”.

Conocido es que el Nobel de Literatura era apasionado por el vallenato, una música muy popular en Colombia; pero muy pocos conocían su admiración por el pianista Richard Clayderman o por el músico húngaro Béla Bartók. También alguna vez quedó deslumbrado al ver en la televisión a Elton John.

Lo que más odiaba su padre era que la única faceta de su vida que no podría jamás contar sería la de su muerte, afirma Rodrigo García. Todo lo que vivió o presenció, de alguna manera, lo convirtió en novela de ficción, concluye.

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