Leyenda Urbana
La venganza del narco; Lasso afronta otro descomunal riesgo
Thalía Flores y Flores

Thalía Flores y Flores

Periodista; becaria de la Fondation Journalistes en Europa. Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC de España.

Actualizada:

16 Ago 2021 - 19:30

En medio de una crisis sanitaria sin precedentes y con una economía con cifras en rojo, Ecuador parece estar bajo asedio del narcotráfico.

Resulta aterradora la simultaneidad de las revueltas y ejecuciones en distintas cárceles del país y las muertes en las calles, en varias ciudades. En estas siniestras acciones, que buscan el escarmiento, parece cumplirse aquello de vigilar y castigar del que hablaba Foucault. Hay que detenerles.

Se trata de hechos de una gravedad extrema, pero también es grave que la gente haya perdido la capacidad de asombro de lo que su malévola presencia significa para la sociedad.

El fin de semana, se desmanteló un narco-laboratorio en Sucumbíos. Es un hallazgo que confirma los peores pronósticos: Ecuador dejó de ser ruta de tráfico; ahora, se procesa y – lo más funesto- se consume droga.

El país debe estar inundado de cocaína, porque el viernes 13 de agosto se decomisaron 9,5 toneladas, valoradas en USD 450 millones, así como armas de largo alcance.

La ministra Vela habló de “decomiso histórico”, pero recién el domingo 27 de junio, la Policía decomisó 7,3 toneladas de droga que iban a España, camuflados en un cargamento de atún enlatado. Era, a esa fecha, el más grande de los últimos ocho años; su costo fue estimado en USD 396 millones.

Como quién predica en el desierto, Fernando Carrión, investigador que ha estudiado el mundo del narcotráfico y habla de la Red Global de Crimen, ha repetido que desde Ecuador salen unas 500 toneladas anuales de cocaína y que, para el consumo nacional, se quedan entre el 18% y 20%.

Comerciar ese volumen implica una feroz lucha por territorio y mercado. Es allí donde el sicariato, que tiene niveles espeluznantes -al punto de que se habla de una escuela de sicarios en Durán- cobra sentido, aunque resulte tan doloroso como repudiable.

En paralelo, está la adicción en la que han caído los chicos, hombres y mujeres, que viven una agonía permanente; arrastrando a sus padres y seres queridos, a una vida de pesadilla.

Aseguran que todo se agravó con la “tabla de consumo, para uso personal”, que se impuso durante el correato y estalló el microtráfico. Escuelas y colegios han visto, con horror, como los estudiantes caen en el submundo de las drogas.

De esa misma época data aquello de la “ciudadanía universal”, que abrió las puertas del país a las mafias que llegaron de todas partes a instalarse aquí.

En este contexto, apelar a la “soberanía nacional” fue una coartada para abandonar los programas conjuntos de vigilancia en el mar y en zonas vulnerables, más allá, incluso, de la Base de Manta.

Ecuador quedó atrapado, porque ningún país puede combatir solo, ya que los tentáculos de los carteles abarcan a varios Estados, que viven idénticos dramas con jueces, abogados, policías, militares, e instituciones de todo nivel, penetrados por el narco, hasta mutar en narco-Estados.

Hablamos de la geo-criminalidad, uno de los más siniestros problemas de la humanidad, para el cual no parece haber solución.

Hoy mismo, el mundo se siente más vulnerable luego del atroz desenlace en Afganistán, que ha vuelto a caer en manos del Talibán, tras 20 años de lucha fallida de Estados Unidos y la OTAN.

El retornó al régimen clerical de terror, que arrastra al país de vuelta al medioevo, y en el cual las mujeres serán, otra vez, reducidas a la esclavitud; el vinculado al narcotráfico es de terror.

Afganistán tiene ahora, según la ONU, 224.000 hectáreas de cultivo de opio. De ese negocio se sustentan los talibanes; por eso, los expertos aseguran que su llegada al poder significará “ríos de heroína” que inundarán los mercados, sobre todo europeos.

Esto ratifica que el negocio de la droga está ligada a las más siniestras actividades y a la muerte. Como si no fuera suficiente, por el lavado del dinero, la economía de algunos países se vuelve altamente dependiente.

En lo que va del año, Ecuador ha decomisado 116 toneladas de droga. Si los expertos aseguran que las capturas representan entre el 12% y el 15% de lo que circula, hablamos de cifras colosales.

Si a eso sumamos que, hasta la fecha, se han producido 336 muertes violentas relacionadas con el tráfico y consumo interno de drogas (en 2020 fueron 144), resulta escalofriante.

Encarar el crimen que es multidimensional impone acciones de la misma magnitud.

El coronel Fausto Cobo, director del SNAI, habla de sanear las cárceles, convertidas en bodegas humanas y en una suerte de escuela del crimen.

El exjefe de Inteligencia, coronel Mario Pazmiño, propone una Fuerza de Tarea Conjunta Antinarcóticos, porque la “Policía no tiene la capacidad operativa ni puede actuar sola”.

Una política de seguridad es urgente.

Cuando el presidente Lasso reveló que encontró provincias costeras a merced del narco, e instalará radares, deben haber saltado las alarmas.

Ya hubo movilizaciones, en Montecristi, a cuenta de defender la naturaleza, que estaría bien, pero hay que estar alertas, el narco es vengativo. El riesgo de enfrentarlo es del tamaño de su maldad: descomunal.

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