Contrapunto

La vida de Wolfgang Amadeus Mozart desde los tres años

Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

Actualizada:

15 Jul 2022 - 19:03

A sus tres años el niño prodigio de la música ya curioseaba; observaba a su hermana mayor y a su padre mientras tocaban el clavecín y dibujaban algunas notas en un cuaderno de partituras.

Pocos meses después, su padre Leopold Mozart, también músico, sorprende al niño garabateando sobre un papel, pensó que solo trataba de remedar, a modo de juego, lo que hacía con su hija.

Pero al ver los apuntes y tocar en el clavecín lo que el niño había borrajeado, recién se percata que, en efecto, Wolfgang Amadeus Mozart ya era capaz de escribir melodías, lo cual fue interpretado como un milagro.

La anécdota está escrita en ‘Wolfgang Amadeus Mozart’, Editorial El Ateneo, Buenos Aires (2015), y la narra el ensayista, novelista y biógrafo Jean Blot, nacido en Rusia, con estudios en Inglaterra y en Francia:

“Leopold sorprendió a Wolfgang, cubriendo unos pentagramas con manchas de tinta y borrones curiosamente repartidos (…) al principio se rio ante ese monito que lo imitaba, pero después lloró de admiración y de alegría cuando reconoció en esos borrones las notas de una verdadera composición musical”.

Solo para calmar la ansiedad que tenía el niño por no alcanzar las teclas del instrumento, Leopold, a modo de juego, le enseñaba melodías básicas de un minué, ritmo francés que estuvo de moda en el siglo XVIII y parte del XIX.

Así comenzó todo, así fue como Leopold sembró en su hijo una pasión por la música que años más tarde se convertiría en un fenómeno que deslumbró a gran parte de la sociedad europea.

Como se conoce, Wolfgang Mozart nació en Salzburgo un 27 de enero de 1756 y es el último de siete hermanos, de los cuales cinco habían muerto. La penúltima de las hijas, cinco años mayor que Wolfgang, aprendió a tocar con su padre.

Pero no fue compositora como su hermano, que llegó a escribir 626 obras, que se detallan en 53 sinfonías, 20 óperas y oratorios, 32 cuartetos de cuerdas, 50 conciertos instrumentales, divertimentos, misas, música de cámara y el famoso ‘Réquiem’, que escribió hasta los últimos días de su vida.

El padre, creyente del Dios creador, llegó a pensar que las aptitudes de su hijo eran fruto de un milagro. Al constatar que tenía un hijo prodigio, también vio una gran oportunidad de obtener ganancias, como escribe Blot.

La sociedad austríaca veía a Leopold como un codicioso que explotaba a su hijo y a su hija. Se dice que incluso llegó a lamentar que perdió 50 ducados por causa de la escarlatina que sufrió Wolfgang y que casi tuvo un fatal desenlace.

No obstante, en septiembre de 1762, cuando Wolfgang aún no cumplía los siete años, Leopold Mozart toma la decisión de salir de su Salzburgo natal con destino a Viena, una ciudad que siempre fue muy atractiva para la apreciación musical.

El talento del niño, sumado a las enormes habilidades de la hija Maria Anna (conocida como Nannerl) se constituyeron en una enorme atracción y motivo de admiración en el ámbito de la música y la crítica de entonces.

En algunas biografías se dice que Nannerl es un término de origen hebreo que quiere decir ‘bendición de Dios’, porque logró sobrevivir en un país en el cual uno de cada tres nacidos moría. La higiene “era deplorable” en esa época, anota Jean Blot.

Leopold, antes de descubrir el talento de sus hijos, trabajaba como músico de príncipes y en la iglesia de la ciudad.

El autor del libro cree, al igual que Stendhal en su biografía sobre Mozart, que la infancia es la parte más extraordinaria del músico.

Blot se pregunta ¿a qué gran hombre, fuera de Wolfgang, conocemos o imaginamos a los tres años? Y concluye que Mozart fue el único niño prodigio que entró a la historia y que “permanecerá en ella para siempre”.

(*) Este es el primero de tres artículos dedicados al genio de la música.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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