Una Habitación Propia
La vida sexual de una niña ecuatoriana
Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

25 Feb 2021 - 19:00

A todas las chiquitas que no han conocido la bondad.

Querubín. 

Eligieron ese nombre para la operación policial en Puerto Quito que sacó a la luz violaciones e incesto contra niñas y adolescentes, de entre diez (diez años, diez) y diecisiete años, algunas con un alto grado de discapacidad físico y mental.  

Según el diccionario, querubín es “en algunas religiones, ángel que está junto al trono de Dios y que tiene un grado inferior al de los serafines” (los querubines y serafines loan a Dios).

No sé quién se sienta junto al trono de dios, pero de seguro no son las niñas de la Operación Querubín, criaturitas olvidadas por todas las divinidades. 

Quizás, visto lo visto, sea mejor que dios no exista porque si existe y deja que estas cosas pasen con “sus hermanos más pequeños”, es simplemente un monstruo. 

La operación Querubín sacó a la luz pública una realidad que, dicen, se conocía perfectamente entre los 20.000 habitantes de Puerto Quito, una población que tiene unos índices de violencia sexual altísimos y cuya capacidad para hacerse de la vista gorda ante lo siniestro es difícil de igualar. 

Todos sabían que los padres, los hermanos, los tíos, los cuñados, los primos y los vecinos de esas niñas las amenazaban, las prostituían, las torturaban y las violaban. 

Algunas de ellas daban a luz a sus propios hermanos o sobrinos y nadie decía nada. 

Ni pío. Pacto de silencio para solapar a los criminales. Complicidad que, sin pronunciar palabra, le decía a las niñas que no valían nada, que se lo merecían, que no es tan grave lo que les pasaba. 

Si todos ven y nadie lo denuncia, ¿es de verdad grave lo que me pasa?   

Se me ocurre que la violación en el marco de la familia es el crimen sexual más perverso que se pueda una imaginar. Tu padre, tu papá querido, se mete en tu cama para penetrarte, penetrar tu pequeñez y tu inocencia y llenar tu amor por él de un dolor inenarrable.

La sexualidad para siempre comprometida, dañada, enfermiza. 

La infancia hecha trizas en el suelo.

O tu hermano, tu compañerito de vida, tu cómplice, que de pronto pervierte los juegos y los convierte en una cosa perversa que hace mal.

Que los primeros hombres a los que amas te generen ese dolor no se ha de superar nunca.

Los crímenes de Puerto Quito proyectaron a los medios una realidad, la de las niñas violadas en el ámbito familiar, en la que muchos prefieren no pensar. 

Y, sin embargo, ahí está, mostrándonos su cara perversa en cada niña embarazada, en cada mujer llena de traumas, en todas las que recuerdan, recordamos, al tío con las manos muy largas, al abuelo que te metía a la cama para hacer la siesta, al primo que te tocaba en medio de las piernas. 

Los crímenes de Puerto Quito son, por mucho, la muestra de lo que es este país, un país que odia a las mujeres desde niñas y que nos enseña quién es el que manda con violencia y con terror.

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