Plinio Pazos, una vida narrada en partidas de ajedrez

Autor:

Martha Córdova

Actualizada:

12 Jun 2022 - 0:05

El Maestro Plinio Pazos posa con un juego de ajedrez, en su casa, en Quito, el 8 de junio de 2022. - Foto: Armando Prado

Plinio Pazos, una vida narrada en partidas de ajedrez

Autor:

Martha Córdova

Actualizada:

12 Jun 2022 - 0:05

Vivió las grandes transformaciones del ajedrez y también jugó en tableros con fichas de plástico, porque las de madera estaban reservadas solo para los maestros.

“He jugado durante 48 años, desde que la Asociación de Ajedrez de Pichincha quedaba en el segundo piso, grada tres del Pasaje Amador, frente a la iglesia de la Compañía de Jesús”, relata el Maestro Internacional Plinio Pazos, con los ojos fijos en el horizonte sin tiempo.

A sus 62 años no se explica cómo, pero en su memoria guarda fechas, partidas, finales de torneos, nombres de rivales y también los de los grandes maestros internacionales.

Por ejemplo, recuerda que el 9 de marzo de 1943 nació el gran Bobby Fischer, al que considera el mejor de todos los tiempos y quien murió en Islandia, a donde había ido a buscar el anonimato.

Fischer “murió el 17 de enero de 2008, cuando tenía 64 años. Los mismos 64 casilleros del tablero de ajedrez”, dice Plinio Pazos.

Plinio tenía cinco años cuando su abuelo, Rodolfo Pazos, le enseñó los movimientos del ajedrez, pero no fue amor a primera vista.

Cuando cumplió 12 años, mientras esperaba su turno para jugar un partido de tenis de mesa, por curiosidad vio la sala de ajedrez en el recordado Pasaje Amador, sobre la calle Venezuela, allí le esperaba un reto.

Un amigo me dio una paliza en la partida de ajedrez. Me piqué y me dediqué a aprender.

Plinio Pazos.

Por eso, el joven Plinio se unió a la Asociación de Pichincha, donde comenzó a jugar con fichas de plástico.

El protocolo indicaba que las fichas y tableros de maderas finas –clásicos en los años 70 y 80- eran solo para el uso de los maestros.

Se demoró dos años en alcanzar su primer título, un Sub 20 de Pichincha, con apenas 15 años de edad. Dos años más pasaron hasta que estuvo listo para enfrentarse a maestros como Polo Galarza y Olavo Yépez.

“En el Centro Histórico el ajedrez se jugaba de cuatro de la tarde a 10 de la noche. Yo era estudiante del colegio San Gabriel y mi permiso se acababa a las siete de la noche”, recuerda.

Había un querido amigo húngaro, Tibor Orobán, que luego se convirtió en su benefactor, él pedía los permisos para llevarlo a jugar y devolverlo a la casa. También le ayudaba a pagar las inscripciones en los torneos y a jugar las horas que fueran necesarias.

“La partida más larga de mi vida la jugué contra Óscar Panno, de Argentina. Duró 13 horas, porque hubo dos suspensiones, luego de cuatro horas de juego. El Gran Maestro me ganó”.

El mundo es mi tablero

En 1977 a Pazos le llegó la hora de jugar en su primer Mundial. A lo largo de su carrera estuvo presente en dos ediciones en la división juvenil y luego sumó 10 participaciones en Mundiales y Olimpiadas.

Este año se muestra interesado en disputar el selectivo que lo lleve a un nuevo evento olímpico, pues la Federación Ecuatoriana ya hizo la convocatoria.

De 1978 a 1986 participó en torneos de alto nivel como el US Open, en Oregon, donde se ubicó en quinto lugar entre 960 ajedrecistas del mundo.

En la Olimpiada de 1986, en Dubai, tenía muchas opciones para alcanzar el título de Gran Maestro de Ajedrez, pero no lo consiguió por el tiempo y la inversión que hacían falta.

“Carlos Matamoros, por ejemplo, se radicó 12 años en España, disputó torneos de alto nivel y pudo lograr su título”, dice.

De la madera a los chips

En 1990, Plinio Pazos se adaptó a un nuevo cambio: la computadora y el programa Chessbase.

Le pareció una gran evolución, pues pudo ingresar los datos de las casi 1.000 partidas que jugó desde 1975 a 1990. Hasta 2022 ya suma más de 3.000 partidas.

Le maravilló la posibilidad de revisar todas sus partidas, las de los Grandes Maestros, las de sus ajedrecistas preferidos.

También revisar las estrategias de sus rivales: “por ejemplo, contra Carlos Matamoros hemos jugado 30 partidas. Me ha ganado 14, yo 15 y en una quedamos tablas (empatados, ndr)”.

Mirar con detalle las tácticas y las estrategias de otros ajedrecistas le ha permitido a Pazos incorporar variantes a su juego, pues antes solo le gustaba salir con el peón de la reina. Hoy lo hace con el peón de rey.

Gracias a este sistema le ganó una partida al Maestro Internacional colombiano Juan Antonio Gutiérrez. En Cuba ya habían jugado los dos, era 1979, y la partida quedó empatada.

En 1996 se volvieron a encontrar en un torneo internacional en Guayaquil. “Revisé la partida de 15 años atrás y le gané con mucha facilidad. Le comenté y se enojó por no haberlo hecho él mismo”, recuerda entre risas Pazos.

Esa revisión de estadísticas le trajo un dato especial: más son las partidas ganadas con fichas blancas que negras. “Me falta diseñar un plan de partidas”, piensa en voz alta.

Los dos años de pandemia le permitieron abrir su escuela en línea, hoy tiene alumnos de India, Estados Unidos, España, Colombia y Ecuador.

Completó las normas para ser árbitro de eventos presenciales o en línea. Su hijo, también de nombre Plinio, ha seguido sus pasos en este ámbito de réferi de mesa.

La placa que tuvo que vender

Entre los recuerdos que guarda Plinio Pazos está el triunfo en Ginebra, cuando aprovechó su estancia en Suiza, mientras visitaba a su hermana, en 1986.

“Fue un torneo de partidas rápidas. Gané y me dieron una placa pequeña de oro”, dice.

Años después, cuando pasó por apuros económicos, tuvo que vender la placa. “Hay momentos en que me arrepiento, pude haber salido del aprieto de otra manera”, admite con un halo de tristeza.

Pero más son las alegrías, el ajedrez le ha permitido visitar más de 40 países. También suma 40 títulos en Pichincha; 10 títulos colegiales como entrenador del San Gabriel y dos más como estudiante.

Guarda un tablero de madera que tiene de su participación en el Torneo Atahualpa, que se jugaba en el Teatro Quitumbe.

También atesora la edición de libro de Chessbase que registró su partida contra el croata Zoltan Kozul, campeón europeo, en la Olimpiada de 1998, que se disputó en Elistá, capital de la República de Kalmukia (Rusia).

Le gusta hablar de los beneficios del ajedrez. Dice que quien juega, desarrolla una mayor capacidad de concentración, un poder de análisis y de síntesis envidiables.

El ajedrez entrena al cerebro para una mejor toma de decisiones y el pensamiento lógico. “Se ejercita la memoria, se adiestra la mente”.

Noticias relacionadas