En sus Marcas Listos Fuego
¿Vale la pena?
PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.
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Si todo estaba mal, no cabe duda que hoy está peor. Un escándalo judicial tras otro inunda a nuestra sociedad. Cada día parece más gris. Cada día parece que la justicia no verá nunca el amanecer.
Y aquí estamos, levantándonos cada mañana a trabajar en Ecuador. Por eso resulta tan importante preguntarnos: ¿vale la pena tanto sacrificio?
Es la pregunta que me planteo todos los días frente a un sistema de justicia tan corrompido, tan regentado por el crimen organizado.
Y es una pregunta derivada de los cristales de los sueños rotos, de esas ilusiones que me obligan a retrotraerme al primer semestre como estudiante universitario.
Cuando empiezas esta carrera, siempre hay un profesor que pide, para romper el hielo, que expongas las razones que te llevaron a estudiar Derecho.
Y las respuestas son casi siempre las mismas: “para lograr que en este país haya justicia” o “para cambiar el sistema hacia un horizonte más justo”.
Y así empezamos todos los abogados. Con esas ganas de ser los paladines que patearán el tablero y refundarán el sistema judicial.
Todo marcha bien, hasta que llega el bautizo en el mundo real: sales a la cancha y descubres que del poder judicial sólo quedan los rezagos de estructuras carcomidas y esperanzas desgajadas.
Llega un día en el que te estrellas contra el mundo y te das cuenta de un hecho irrefutable: no existe ningún margen de posibilidad que nos permita cambiar el sistema, porque siempre tiene dueño, porque las fuerzas del mal son mucho más grandes que nosotros.
Entonces, suelo decirles a mis alumnos, cabe preguntarnos: ¿vale la pena levantarnos cada mañana a partirnos el lomo, honestamente, en un sistema que nos golpea, nos hiere, nos deja sin aliento? En palabras más criollas: ¿para qué carajos vale la pena luchar?
Entonces, en medio del pesimismo, siempre hallo la respuesta.
Porque cuando uno litiga honestamente, aunque el camino sea empedrado, tiene un poder inmenso que nadie nos puede arrebatar: la capacidad para cambiar vidas.
Y ahí es cuando descubrimos que nuestro rol no es intentar cambiar EL MUNDO, sino mundos, los mundos individuales de las víctimas del sistema.
La vida te pone de pie cuando logras que un inocente, falsamente acusado por Fiscalía y por la sociedad, pueda regresar, libre, a los brazos de su familia. Ese momento no tiene precio. Y quizá el mundo siga podrido, pero el mundo de esa familia encuentra la paz en medio de esta guerra.
Lo mismo ocurre cuando una familia ha sido víctima de un crimen y se pone en tus manos. El momento en que condenan al victimario, ese preciso momento en el que ves a los ojos a tus clientes y les dices, sin reparos, que la justicia sí existe y que los malos pagan por sus delitos, no tiene precio.
La capacidad de cambiar vidas es un poder magnífico al que no podemos renunciar. Porque si renunciamos, ¿qué será de esas vidas que tanto nos necesitan?
Y esto aplica a todas las profesiones. No seremos capaces de cambiar la realidad, pero sí, desde cada una de nuestras trincheras, somos capaces de modificar las realidades tan personales de tantos seres humanos.
¿Estás sentimental hoy, Felipe? Preguntará alguno.
No. Lo que ocurre es que hoy amanecí con ganas de evitar que los buenos se rindan.
Hoy, en los momentos más oscuros que vive nuestra justicia, cientos de estudiantes de Derecho se estarán preguntando: ¿Para qué estudiar esta carrera? ¿Vale la pena ser honesto? Y cientos de abogados honestos se estarán preguntando: ¿vale la pena seguir trabajando, de sol a sol, todos los días?
Y quiero decirles que vale la pena. Que quizá la vida nos arrebató el sueño de cambiar la justicia, pero no pudo arrebatarnos la capacidad de hacer justicia. No seremos capaces de cambiar las mareas, pero sí de sembrar nuestros granos de arena.
Vale la pena, aunque hoy el crimen organizado tenga a su servicio granjas de trols que intentan deslegitimar a los honestos, con falsas narrativas, en un mundo donde la verdad poco importa.
Vale la pena, aunque hoy el crimen organizado sea el director de orquesta, porque sólo nosotros podemos decidir no bailar a su son.
Porque si somos capaces de hacer justicia y así cambiar una sola vida, entonces, cada segundo que invertimos en esto vale la pena.
Hoy el crimen organizado es el dueño de la administración justicia. Por eso entendamos: hoy, más que nunca, los inocentes y las víctimas necesitan de nosotros. Ya no somos prescindibles.
Porque si el mundo fuese justo, ¿qué necesidad habría de nosotros? Estamos aquí precisamente porque el mundo es injusto. De ahí nace nuestra misión.
¿Vale la pena? Vale la pena. ¿Quieren ponernos de rodillas? Pues de pie y que se jodan los villanos, que esta será su hacienda, pero jamás serán nuestros dueños.
Levántense y frente a toda esta montaña de adversidad, hagan que valga la pena.