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Columnista Invitado

Nadie llorará al correísmo

Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y constitucionalista. Profesor de la Universidad de las Américas. Analista político.

Actualizada:

17 ene 2026 - 05:50

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La Revolución Ciudadana se confirma como un partido tradicionalista, heredero de una genética antidemocrática. La organización política celebrará su convención nacional este sábado 16 y domingo 17 de enero en Manta, no para deliberar, competir o decidir sino para ratificar una decisión impuesta desde Bélgica por un círculo cerrado de poder. No habrá alternativas, elecciones reales o corrientes internas. Tampoco consensos, participación y ni “poder de la gente”. Todo ha sido resuelto anticipadamente por el expresidente Rafael Correa y por su núcleo de dirigentes.

En ese esquema, Gabriela Rivadeneira ha sido designada como sucesora de Luisa González en la conducción partidaria para correr por la presidencia, tras las consecutivas derrotas de 2023 y 2025. Rivadeneira llega acompañada de un elenco de integrantes, ninguno elegido por los militantes de la organización. La pregunta es inevitable: ¿Puede una organización que aspira a reconstruirse como alternativa de poder presentarse como opción democrática cuando su máxima instancia de decisión opera sin competencia interna, sin alternativas, y sin democracia militante?

Lo que ocurre con la Revolución Ciudadana no es una anomalía coyuntural, es la consecuencia de un proceso de descomposición organizativa. La estructura partidista atraviesa un torbellino que amenaza con arrasar la arquitectura interna que prometió a su propia militancia reconocimiento, promoción en las capas de poder interno y proyección electoral. Durante años las elites partidarias alimentaron la ilusión especialmente en sus militantes digitales de que la exposición pública, la viralidad, la vulgaridad y el fanatismo serían recompensados con posiciones reales de poder. La convención de Manta refuta esa promesa. Así se entiende la rebelión interna protagonizada por un grupo de operadores digitales del correísmo que confundieron militancia con visibilidad y adhesión con carrera política.

La consagración de Gabriela Rivadeneira expresa esa lógica. Rivadeneira fue presidenta de la Asamblea Nacional entre 2013 y 2017, y ha estado totalmente ausente del país durante los últimos seis años. Su discurso, anclado en una izquierda posmoderna que tuvo mayor resonancia en otro momento histórico, llega tarde. Su ventana de oportunidad política fue inmediatamente después de la salida de Rafael Correa en 2017, cuando el progresismo de izquierda tenía mayor incidencia en las decisiones de las organizaciones electorales y en un electorado más permeable a liderazgos simbólicos. Hoy, en un mundo atravesado por conservadurismos políticos, nuevas bipolaridades, agendas securitarias y una nueva geopolítica hemisférica, su perfil no expresa renovación, sino desfase.

  • Fracaso, tras fracaso; así se gestó la crisis de Revolución Ciudadana durante 2025 

Este es el punto que marca un desmoronamiento que no se detiene en una figura individual, sino que alcanza al correísmo como proyecto político. La Revolución Ciudadana dejó de ser un proyecto alternativo de administración del poder central y se convirtió en una plataforma de presión legislativa. Hoy la RC se presenta como lo que siempre fue: un proyecto y una estructura personalista, sectaria y antidemocrática, sostenida por la convicción de que ellos son el Estado. Ese es su problema existencial: el correísmo no resiste sin Estado al que puedan parasitar.  En la imposibilidad de recuperar el control de la administración pública, el correísmo entra en una fase de sobrevivencia caracterizada por el repliegue organizativo, la centralización de las decisiones en la persona del líder y la anulación a cualquier discrepancia interna.

Sin embargo, el momento que atraviesa la RC no se entiende como una disputa entre operadores y dirigentes, sino como un enfrentamiento entre las capas organizativas del partido. Por un lado, la dirigencia formal, interesados en preservar el control del aparato partidario. Por otro lado, un grupo de operadores, militantes e influenciadores digitales, que curiosamente hoy despiertan tardíamente de la ensoñación mafiosa y autoritaria que acompañaron durante más de veinte años. Y, en medio de la disputa, se encuentra un enjambre de dirigencias y militancias subnacionales huérfanas y altamente volátiles que, para las próximas elecciones, podrían buscar un vehículo político menos dañado. La reaparición de figuras históricas, el desplazamiento de los nuevos cuadros de origen digital y la proscripción de la democracia interna refuerzan la idea de que el correísmo está experimentando una prolongada fase terminal.

El correísmo ya no se prepara para disputar el poder. Hoy se esfuerza por administrar su propia decadencia. Y todavía le falta procesar problemas mayores. El cruce de insultos entre los mismos militantes y dirigentes incluye acusaciones de vinculación con narcotráfico, sicariato, extorsión y lavado de activos, lo que desborda ampliamente las acusaciones judicializadas sobre delitos cometidos en contra de la administración durante su gobierno y por los cuáles han sido sentenciados muchos de sus dirigentes históricos.

La designación de Gabriela Rivadeneira es reveladora precisamente porque no resuelve ninguno de estos problemas. Rivadeneira representa el momento de mayor expansividad estatal del correísmo, contexto que ya no existe en esta actualidad agravada por el avance del crimen organizado transnacional y una nueva circunstancia geopolítica hemisférica. Su regreso no expresa renovación sino nostalgia por el dominio que ostentaron. El objetivo de la RC ya no es ganar elecciones sino retrasar su proceso de implosión en marcha.

  • Desplazar al correísmo y ADN para crear una 'tercera vía', la meta de las agrupaciones políticas que ya piensan en las seccionales 

Mientras tanto, la Revolución Ciudadana se ha convertido en un problema nacional. Tras dejar el poder, pasó de parasitar el Estado a parasitar las elecciones. En la actualidad la RC expropia el espacio destinado a la emergencia de una oposición democrática y lo reemplaza con un proyecto que ofrece degradación institucional, no un contrapeso real. En ese sentido la RC es funcional a la estabilidad conservadora porque normaliza la presencia de actores iliberales en la política. Su verticalismo está matando su propia organización y comprometiendo toda la democracia. Mientras el hermético buró correísta decide por todos, las capas intermedias de la militancia que se han expuesto en las redes sociales y en la opinión pública son simbólicamente expulsadas tras haber sido utilizadas, digeridas y descartadas.

La Convención de Manta no marcará un renacimiento, sino un acta de defunción. Pocos lamentarán la ausencia del correísmo porque su vacío abrirá un espacio para la emergencia de varias alternativas, en una nueva izquierda moderna y democrática, y de un nuevo centro pluralista y republicano, capaces de interpelar la actual bipolaridad entre el neoconservadurismo securitista y la narcopolítica. Porque cuando un partido confunde disciplina con silencio y liderazgo con clausura, deja de ser oposición para convertirse en un obstáculo para la democracia.

  • #Revolución Ciudadana
  • #Rafael Correa
  • #Manta
  • #Gabriela Rivadeneira
  • #Luisa González
  • #Ecuador
  • #partidos políticos

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