Tablilla de cera
Civilización y barbarie: Estados Unidos ante los ojos del mundo
Escritor, periodista y editor; académico de la Lengua y de la Historia; politico y profesor universitario. Fue vicealcalde de Quito y embajador en Colombia.
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Jamás creí ver un contraste tan marcado. Este Domingo de Resurrección mientras el astronauta estadounidense Víctor Glover daba un exquisito mensaje sobre la unidad de todos los habitantes de la Tierra, el presidente de su país, Donald J. Trump empleaba vulgares groserías para amenazar a Irán con la destrucción.
Glover, entrevistado junto a sus compañeros de la misión Artemisa II sobre sus pensamientos en Domingo de Pascua, dijo que, aunque no tenía nada preparado, se alegraba de la pregunta porque se trataba de una conmemoración importante. Que estando tan lejos, no podía dejar de ver la belleza de la creación y la Tierra como una sola unidad. Que lo que le ha sido dado a la humanidad era maravilloso, “quienquiera que nos lo haya dado”.
Encadenando imágenes hermosas, dijo que toda la humanidad estaba en una nave espacial. “Ustedes están conversando con nosotros porque estamos en una nave espacial muy lejos de la Tierra, pero ustedes también están en una nave espacial llamada Tierra, que fue creada para darnos un espacio en el cual vivir, en medio del universo”, dijo.
“Tal vez la distancia a la que estamos de ustedes les hace creer que estamos haciendo algo muy especial, pero ustedes están a la misma distancia que nosotros… Solo confíen en mí: ustedes son especiales”, pues lo que llamamos el universo es “un inmenso montón de nada” y, en medio de ello, “existe este oasis, este sitio hermoso, la Tierra, en donde nos corresponde existir juntos”.
Dijo que la Pascua, “sea que crean en ella o no”, era una oportunidad para que todos pensemos “en dónde estamos, en quiénes somos, y en que todos somos lo mismo y debemos superar esto juntos”.
No pudo ser más abismal el contraste entre un mensaje de esa calidad con el vergonzoso de Trump ese mismo día: si Irán no abría el estrecho de Ormuz para el lunes, las fuerzas armadas de EE. UU. destruirían la infraestructura eléctrica y los puentes de ese país.
Sin importarle que lo que anunciaba eran crímenes de guerra (pues en una guerra no se puede atacar blancos civiles ni afectar a millones de inocentes), su post cayó en vulgaridades indignas en cualquier tuitero, mucho más indignas en un jefe de Estado:
“El martes en Irán será el Día de las Plantas Eléctricas y el Día de los Puentes, todo junto en un solo día. No habrá nada igual!!!. Abran el puto estrecho, locos bastardos, o vivirán en el Infierno. SOLO VÉANLO”.
Y, para ser más rastrero, concluyó con estas palabras: “Que la honra sea para Alá”.
Trump ya ha pospuesto en ocasiones anteriores su ultimátum, así que esta vez se vio cómo dejaba siempre una puerta abierta para desdecirse de sus amenazas. El domingo volvió a jugar a dos manos: puerta abierta y amenazas con lenguaje belicoso: si Irán no llegaba a un acuerdo hasta el martes a las 8 p.m., él iba a “volarlo todo” y tomar el control de su petróleo.
Los contrastes prosiguieron: mientras la nave Orión entraba al campo gravitacional de la Luna y los astronautas empezaban a ver zonas nunca contempladas por ojos humanos, Trump anunciaba en rueda de prensa que iba a hacer que Irán retorne a la Edad de Piedra.
¿Cómo puede explicarse un contraste tan marcado entre los anhelos de paz y unidad de los astronautas y las declaraciones de un jefe de Estado hostil y despiadado?
El lunes volvió a las andadas: “Podemos destruir un país en una sola noche y esa noche puede ser mañana”, dijo. En agudo contraste —y una vez que la misión Artemisa II ya era un éxito absoluto, con centenares de miles de personas viendo en directo la transmisión desde el espacio, tras el récord de la mayor distancia de la Tierra alcanzada por seres humanos y su vuelta por el lado oculto de la luna—, Trump vio la oportunidad mediática y sostuvo con ellos en “prime time” un animado diálogo, en que incluso se mostró interesado por lo que ellos habían experimentado y visto.
Pero apenas amaneció el martes volvió a sus amenazas, ufanándose de tamaña necedad, al decir que “una civilización entera morirá esta noche y nunca jamás será restaurada”. Como dijo el senador Jack Reed, “amenazar con borrar una civilización es comparable a anunciar un genocidio”. Y el papa León XIV, que no se arredra, exclamó que era “verdaderamente inaceptable”.
Con su archiconocida táctica, dejó otra vez una puerta abierta: “Sin embargo, ahora que tenemos un Completo y Total Cambio de Régimen, donde prevalecen mentalidades diferentes, más agudas y menos radicalizadas, tal vez algo revolucionariamente maravilloso puede pasar, ¿QUIÉN SABE?” (Las mayúsculas son todas de Trump, que las usa con la misma incoherencia que su pensamiento). Por cierto, ¿no eran “crazy bastards” dos días antes?
Finalmente, la intervención de Pakistán como mediador, logró un alto al fuego de dos semanas y detuvo tanta locura… por ahora. Trump ya está diciendo que sus objetivos militares se han cumplido. Claro, cuando no se explicitan los objetivos ni las razones de una guerra, puede declararse el triunfo en cualquier instante. Pero Irán todavía tiene 970 libras de uranio enriquecido, y drones y cohetes, y va a permitir, cual dueño y señor, el paso por el Estrecho de Ormuz.