Tablilla de cera
Procesionar en Semana Santa
Escritor, periodista y editor; académico de la Lengua y de la Historia; politico y profesor universitario. Fue vicealcalde de Quito y embajador en Colombia.
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En la Semana Santa, Grande o Mayor —el período litúrgico en que se conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo— las calles se llenan de procesiones, en el Ecuador y el mundo.
Sumadas, son millones las personas que procesionan, verbo que las academias de la lengua dan por válido, por ‘salir en procesión’, como también lo es el transitivo de ‘sacar una imagen religiosa en procesión’ («Mañana procesiona la imagen de Jesús del Gran Poder»), de acuerdo con el Diccionario de la lengua española.
Las procesiones de Semana Santa tienen una larga y profunda tradición, especialmente en países de cultura cristiana, y combinan elementos religiosos, artísticos y culturales.
Fueron impulsadas por la Contrarreforma, la respuesta de la Iglesia católica a la eliminación de imágenes de la Reforma protestante (iniciada en 1517). En Italia y España se promovió la representación de los diferentes pasos —episodios de la pasión de Cristo esculpidos y policromados— y, simultáneamente, como forma de participación popular, la creación de cofradías y hermandades, agrupaciones religiosas, algunas herederas de los gremios de la Edad Media, para que organicen y participen en las procesiones.
La fe y el tesón de estas cofradías y hermandades —que encargaban la confección de pasos realistas y dramáticos, muchos de gran valor artístico, y que asumieron como timbre de orgullo participar en los actos penitenciales—, hicieron que en los siglos XVII y XVIII en España y en Hispanoamérica las procesiones se volvieran manifestaciones públicas masivas.
Escultores como Zurbarán, Juni, El Montañés, Alfaro y Mesa dejaron maravillosas imágenes que esta semana procesionan en ciudades como Sevilla, Málaga, Valladolid y Zamora.
A su vez, los pasos procesionales esculpidos en Quito alcanzaron muchas otras tierras. Por ejemplo: la mayoría de los que salen a las calles de Popayán son tallas quiteñas de la época virreinal, salvo las del Lunes Santo que, como descubrí con quien las encargó, son de San Antonio de Ibarra de inicios de este siglo.
En el Ecuador las procesiones religiosas en las calles de la ciudad fueron vetadas por el liberalismo, prohibición que se mantuvo hasta la segunda presidencia de Velasco Ibarra, en 1944-46. El Dr. Velasco ya las había permitido en su primera presidencia, aunque de inmediato se volvieron a prohibir, y en algunos casos, con extrema rigidez, como en la dictadura de Federico Páez.
He tenido la suerte de asistir con mi esposa a las procesiones de Semana Santa en Antigua Guatemala y Popayán, probablemente las más famosas de América Latina.
Las de la antigua capital de Guatemala (que salen Domingo de Ramos, Jueves, Viernes y Sábado Santo y Domingo de Resurrección) se destacan por sus alfombras hechas con aserrín teñido, flores y frutas, que se destruyen al paso de la procesión (algo que se ha retomado en Quito para el día de Corpus). También son impresionantes sus andas monumentales (plataformas de madera para llevar los pasos), que solo pueden cargar cientos de personas, sus largos recorridos (hay procesiones que duran más de diez horas) y la participación masiva de la ciudad.
Las de Popayán son, en cambio, nocturnas, de gran elegancia y solemnidad, y salen todas las noches de Semana Santa. Cada noche está a cargo de las familias pudientes de una de las parroquias tradicionales de la ciudad, y contienen de diez a doce pasos, la mayor parte de los cuales, como dije, esculpidos por la Escuela Quiteña. El pueblo se alinea en las calles para contemplar la procesión.
Pero la del Señor del Gran Poder, de Quito, es, sin duda, la más importante de la Semana Santa ecuatoriana y una de las más impresionantes de toda América Latina.
De esta procesión algunos sabiondos se ufanan en decir que solo se organizó formalmente en 1961 con el inicio de la feria taurina, pero olvidan que esta procesión se llevaba a cabo dentro de los hermosos claustros del convento de San Francisco durante todos los años de la persecución liberal y escamotean el inmenso peso religioso, histórico y social que tiene hoy.
Lo que hace única a la procesión de Quito no es tanto la riqueza escultórica de pasos múltiples, pues solo salen San Juan, la Virgen Dolorosa y el Señor (bellas tallas las tres), sino su fuerza penitencial y la masiva participación popular. Son sus cucuruchos los personajes más emblemáticos, con sus túnicas moradas y su capirote alto, junto con las verónicas, que, vestidas de morado o negro, llevan paños con el rostro de Cristo.
Dos características marcan la diferencia con las demás ciudades: las penitencias físicas de muchos de quienes procesionan (que cargan cruces, arrastran cadenas o llevan espinos) —con un carácter más ascético y expiatorio que teatral—, y los centenares de miles de personas entre penitentes, fieles y espectadores que participan.
Hemos estado en Semana Santa en otras capitales latinoamericanas (como Montevideo, Buenos Aires, San José, Santiago de Chile), donde no existen procesiones dignas de reseñar. Es curioso que, habiendo sido sedes virreinales, Ciudad de México, Bogotá y Lima solo tengan procesiones parroquiales de Semana Santa que no alcanzan la magnitud, identidad y centralidad cultural que en la primera tiene la de la Virgen de Guadalupe (diciembre) y en Lima la del Señor de los Milagros (octubre). En los tres países las principales procesiones de Semana Santa se realizan en ciudades que fueron importantes en el virreinato y hoy son secundarias: Michoacán, Taxco y Zacatecas, Popayán y Ayacucho.
Las procesiones no solo son una manifestación del arte y la cultura local sino un acto de fe, donde miles de personas participan comprometidas con la tradición y donde el significado religioso sigue siendo central, resistiéndose a la folclorización.