Punto de fuga
Ustedes no lo saben, pero necesitan dosis ingentes de periodismo
Periodista desde 1994, especializada en ciudad, cultura y arte. Columnista de opinión desde 2007. Tiene una maestría en Historia por la Universidad Andina Simón Bolívar. Autora y editora de libros.
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Romantizado y vilipendiado en proporciones casi iguales, el periodismo sigue vivo —sobreponiéndose a los peores embates—, probando que es indispensable. Le pese a quien le pese. Hablo del periodismo que se ejerce desde la decencia, la honestidad intelectual (y de la otra), el sentido de la justicia y con una vocación de servicio que nada tiene que ver con el figuretismo ni la vida de artista, tiktokero o influencer.
Su gran poder: dar a conocer aquello que es de interés público que personas poderosas y retorcidas no quieren que se conozca, para que no se evidencien su ruindad y sus delitos. Lo lleva haciendo desde que existe —en su versión más parecida a la actual, más o menos desde el siglo XIX. Y parece que, contra todo pronóstico, lo seguirá haciendo, sin importar cuántos troles de carne y hueso o provenientes de una granja de bots quieran acabar con él; ni cuánto contenido genérico producido con Inteligencia Artificial pretenda reemplazarlo; o cuántos dictadores y dictadorzuelos, en su infinita angurria, quieran sacárselo de encima, con todo tipo de argucias.
El lunes pasado (como cada 5 de enero desde 1992), el país conmemoró el Día del Periodista Ecuatoriano. Digo conmemoró y no celebró, pero debería haberse celebrado. Aunque sea por el poco periodismo que se sigue haciendo hoy (con múltiples dificultades, cuando no se trata de acoso o amenazas directas). Periodismo que es de la misma estirpe de aquel que no claudicó en sus esfuerzos por aclarar los atroces acontecimientos tras los cuales los hermanos Restrepo jamás volvieron a aparecer. De esa desgracia nacional este jueves 8 de enero se cumplieron 38 años. Muchas de esas investigaciones periodísticas hicieron su parte para que luego la familia Restrepo Arismendi y la sociedad entera pudieran exigir la rendición de cuentas y el cambio de prácticas correspondientes.
Seguramente podría pasar días enumerando los casos de corrupción y todo tipo de malas prácticas que los periodistas ecuatorianos han destapado y seguido, solo en el último par de décadas. Gracias a eso hemos sabido a lo que se dedican dirigentes y capataces de medio pelo, públicos y privados: casi siempre, a robar y a trampear.
Investigaron y publicaron los latrocinios y abusos de poder en serie del correísmo (consultar cualquier hemeroteca es gratuito, igual que miles de archivos audiovisuales en internet; dense un tiempito y refresquen la memoria: todo lo que denunció el periodismo en esa época era cierto) y lo siguen haciendo con los escandalosos chanchullos (Progen), la indolencia (menores de Las Malvinas) y la ineptitud (el Negro Willy liberado en España) del noboísmo.
Oficio duro —si se lo practica a conciencia— y, por desgracia, casi siempre, mal pagado. Milagrosamente sigue habiendo gente con vocación dispuesta a hacerlo. Habría que empezar a armar un ecosistema periodístico empresarial autosostenible que erradique la precariedad y asegure condiciones óptimas a los periodistas y no solo a los dueños de la empresa. Esta no puede ser una tarea solo de los empresarios periodísticos, sino que tiene que asumirla la sociedad entera, porque sin periodismo está condenada a pasarla muy mal. Créanme, sin periodismo viviríamos a ciegas, mangoneados, engañados, pisoteados; ahora, aunque sea sabemos.
Y no digo buen periodismo, sino periodismo a secas. Que es el único que cuenta. Si no es bueno, no es periodismo. Entonces, mis queridos, si hay algo que les aconsejo que deseen tener en abundancia este año es periodismo. Harto periodismo. A ver si así nos espabilamos todos a la vez y, con información en mano, exigimos que las cosas empiecen a cambiar.
Entonces que el 2026 nos traiga a todos dosis ingentes de periodismo inclaudicable. Y, cierto, casi me olvido: ¡feliz año!