Punto de fuga
Este interminable Sábado Santo
Periodista desde 1994, especializada en ciudad, cultura y arte. Columnista de opinión desde 2007. Tiene una maestría en Historia por la Universidad Andina Simón Bolívar. Autora y editora de libros.
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Como si estuviésemos atrapados en un interminable Sábado Santo, en Ecuador llevamos ya demasiados años padeciendo un luto colectivo que, sin embargo, no ha logrado sumirnos en una reflexión que transmute en un cambio significativo para, finalmente, alcanzar la resurrección que dé un nuevo sentido a nuestra vida como país. Es como un inagotable padecimiento sin posibilidad alguna de alivio o redención.
Sin ánimo herético, sino apenas intentando describir y equiparar sensaciones con las referencias que tengo a mano, se me antoja que estamos viviendo en un eterno descenso a los infiernos —como reza el Credo de los Apóstoles que le pasó a Cristo tras su crucifixión—, pero en la modalidad de 'El día de la marmota' ('Groundhog Day'), la película protagonizada por Bill Murray y Andie MacDowell, en la que hasta que el protagonista no aprenda la lección y deje de hacer lo que está haciendo mal el día no cambia. Es decir, que cada día que amanece es el mismo día. En el caso de la película: el día de la marmota; en nuestro caso, el día del descenso al infierno, de luto insoportable.
No exagero ni soy apocalíptica. Yo sé que ustedes están de vacaciones —en alguna playa, selva o montaña— huyendo, con razón, de la realidad nacional, y capaz hasta de la actualidad mundial, pero en algún momento les va a tocar volver y ocuparse de este maremágnum de horrores que lo copa todo.
Para quienes alguna vez profesamos el catolicismo, voluntaria o involuntariamente —no de forma forzada, pero sí sin mucha conciencia de lo que significaba—, la Semana Santa revive un sinnúmero de recuerdos, sensaciones y sentimientos. Normalmente, en mi caso, ha sido una nostalgia de la niñez y la fe vivida desde la inocencia; también de los paseos en familia y la añoranza de las invitaciones a comer fanesca. Todo muy inocuo y costumbrista, y delicioso en su irrelevancia. Pero los tiempos que corren demandan una actitud distinta en días como estos.
Ante la gravedad de la situación —mírese donde se mire—, esta conmemoración tan fundamental para los alrededor de 1.400 millones de católicos que a día de hoy pueblan la Tierra debería generar una necesidad intensa de encontrar maneras de resucitar sociedades enteras que mueren a plazos atrapadas en diferentes tipos de sufrimientos. Deberían ser días para pensar en cómo estamos viviendo y en qué estamos haciendo para que esta situación desesperada termine.
Ya no soy católica, pero alguna vez lo fui y hay aspectos de la Iglesia (de sus servidores más anónimos y entregados, sobre todo) que tengo en la más alta estima, que me parecen un ejemplo a seguir. Pero se necesita mucho más que un puñado de personas para revertir condiciones de vida indeseables, para derrotar a la muerte simbólica que se materializa en la falta de libertad y de derechos iguales para todos, en la corrupción que empobrece a las mayorías, en la criminalidad idólatra del dios dinero, en el talante autoritario de quienes han llegado al poder político para servir, pero, en lugar de eso, se sirven… Esas muertes cotidianas que parece que cada vez importan menos a la gente, aunque se les haya enseñado que debían amar al prójimo como a sí mismos. Y amar es cuidar.
Que este Sábado Santo nos encuentre a todos amando, o sea, cuidándonos entre nosotros, luchando para salir de esta muerte global autoimpuesta, para resucitar nuestra esperanza de que las cosas pueden cambiar. Que sea el fin del ciclo del luto, que decidamos cambiar, deshabitar los infiernos e inventarnos una vida nueva.