Lo invisible de las ciudades
La importancia de escribir la ciudad
Arquitecto, urbanista y escritor. Profesor e Investigador del Colegio de Arquitectura y Diseño Interior de la USFQ. Escribe en varios medios de comunicación sobre asuntos urbanos. Ha publicado también como novelista.
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Nuevos e interesantes aires soplan en el Colegio de Arquitectura y Diseño Interior de la USFQ. Hace unas semanas atrás, se dio el evento “Escribiendo Quito”; un simposio organizado por la USFQ Press, en el que varios profesores de la facultad compartieron su aproximación hacia la capital, desde la investigación y la escritura académica.
El CADI de la USFQ cuenta con un profesorado prolijo y propenso a la investigación; y muchos de ellos encuentran en la capital ecuatoriana perspectivas interesantes, para desarrollar trabajos de investigación académica. Alfonso Ortiz tiene a su haber el estudio minucioso sobre Quito, a través de los planos históricos de la ciudad; Christian Parreño es el editor de uno de los libros más recientes sobre el Quito Moderno; Karina Cazar y Ana María Carrión tienen un interesante trabajo de investigación sobre los moteles como tipología arquitectónica capitalina. Cristina Bueno hizo su trabajo doctoral sobre el Panecillo y su papel en el imaginario quiteño; mientras que la tesis doctoral de Marcelo Banderas ve a Quito a través del corte arquitectónico y Pablo Dávalos, lo hace analizando sus edificaciones brutalistas.
Contrario al pensamiento predominante en los gremios de la construcción, creo que hay valor en la aproximación escrita; tanto al proyecto arquitectónico, como al análisis de la ciudad. El mérito de la aproximación a través del papel radica en que en él, pueden aún corregirse errores. Y si se usa la palabra, antes que la expresión gráfica, se pueden vislumbrar a tiempo planteamientos conceptuales mal concebidos.
Todo esto, con la premisa de alcanzar la materialización precisa de una visión. Se pueden escribir errores; se pueden dibujar errores. Pero lo que no nos podemos permitir es construir errores.
Por ello, rescato el aporte hecho desde el frente académico, en la dura labor de reconciliar a los estudiosos y a los proyectantes con la escritura. Escribir no es limitarse exclusivamente a lo etéreo; más bien, debería ser el primer paso al descubrimiento de lo que está por materializarse o revelarse.
Cierto es que en este caso, como en muchos otros, ambos extremos son igual de perjudiciales. Quedarse solo en el mundo de la elucubración que nunca se plasma, también es inconveniente. Este escenario se da mucho entre los planificadores urbanos; tanto los del sector público como en el sector privado. Debido al desfase temporal en el que se perpetúa el urbanismo (realizar hoy un plan, que resolverá mañana un problema de ayer), los urbanistas tenemos la tendencia a prolongar exageradamente las fases de obtención de datos y análisis. El miedo a planificar en un escenario impreciso nos desconecta de la realidad.
Sin embargo, en el ámbito de la escritura, la premisa de “quien mucho escribe, no construye”, es equivocada. Lo escrito no surge solo para uno mismo; su objetivo es compartir lo descubierto con los demás. Lo escrito se convierte en una herramienta para quienes estudian o construyen. No importa de quién sean las ideas; lo relevante es que sirvan para intervenir bien, de manera eficaz, en nuestro mundo.
Las palabras son los ladrillos con los que construimos nuestros pensamientos. Resulta obvio cuán indispensables estas son, para definir los materiales con los que construimos o planificamos el mundo.
Salud por quienes se dan un tiempo y deciden escribir la ciudad; para el bien de muchos.