La convivencia que educa
Es Directora ejecutiva de CRISFE. Internacionalista y máster en Educación Especial. Fue ministra de Educación y especialista de educación en UNESCO para la región andina.
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Tuve el privilegio de crecer con mis cuatro hermanos —dos hombres y dos mujeres—, todos menores que yo. Hoy soy madre de una hija única. Con mis hermanos competí, compartí, peleé, jugué y, sobre todo, aprendí.
Son incontables las escenas de mi infancia en las que mis padres me encargaban a mis hermanos y me pedían que los cuidara. Recuerdo levantarme en las noches a consolar a mi hermana bebé o darle de comer mientras dormía en una camita junto a la mía.
Hoy, como educadora, reconozco que esa crianza en comunidad me permitió desarrollar habilidades socioemocionales que actualmente se consideran esenciales para el éxito en un mundo donde las tareas mecánicas y el conocimiento están cada vez más mediados por la inteligencia artificial. Al cuidar a mi hermana aprendí a ser empática, a asumir responsabilidad por otro ser humano, a responder por mis actos y a construir una actitud de servicio.
También recuerdo las peleas, que a veces escalaban a empujones, gritos e insultos. Mi madre intervenía poco: observaba y nos decía que “aprendamos a resolver nuestros problemas y a llegar a acuerdos”. Nos daba el espacio para hacerlo por nuestra cuenta. Allí aprendimos a negociar, una habilidad que hoy resulta escasa —y profundamente necesaria— en la sociedad.
El hecho de no haber sido hija única también me expuso a aprender a colaborar: construíamos “fuertes” con cobijas y sábanas debajo de la mesa, planificábamos juntos y nos distribuíamos roles, incluso para hacer alguna travesura.
Hoy, esos aprendizajes no son solo recuerdos que atesoro; han moldeado la persona que soy. Mis hermanos siguen siendo mi mayor apoyo, mi equipo. Seguimos colaborando, acompañándonos y, de vez en cuando, todavía, discutiendo.
La evidencia respalda esta experiencia. Autores como Dunn, Whiteman, McHale y Soli, McAlister y Peterson y Kramer, sostienen que crecer con hermanos ofrece un entorno privilegiado para el desarrollo de habilidades sociales. La convivencia diaria se convierte en una primera escuela de vida: allí se aprende a negociar, resolver conflictos, esperar turnos, compartir responsabilidades y ponerse en el lugar del otro. La relación entre hermanos funciona como un verdadero “laboratorio social”.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿cómo ofrecer a un hijo único oportunidades similares?
La respuesta inmediata suelen ser los primos. Y, sin duda, pueden ser una fuente importante de socialización en familias cercanas. Sin embargo, estas relaciones no suelen tener la misma frecuencia ni intensidad. Las interacciones tienden a estar más mediadas por adultos y, sobre todo, no son inevitables: a diferencia de los hermanos, los primos pueden dejar de verse con facilidad.
La investigación es clara en este punto: no es el parentesco lo que determina el aprendizaje, sino la calidad y la frecuencia de las interacciones.
Esto abre una posibilidad relevante: es posible construir esos espacios fuera del núcleo familiar.
Para lograrlo, se requiere intencionalidad. No basta con encuentros ocasionales. Es necesario generar relaciones frecuentes y sostenidas con otros niños. Aquí, el entorno escolar ayuda, pero suele estar altamente regulado. Por ello, las relaciones fuera del aula adquieren un valor particular.
Tener amigos cercanos con hijos permite construir ese entorno de confianza donde los niños pueden convivir, discutir, equivocarse y aprender, sin una intervención constante de los adultos. Esto exige, también, un cambio de actitud de los padres: permitir el conflicto y evitar intervenir, salvo cuando la situación escale o exista un riesgo.
Otra estrategia clave es propiciar encuentros entre niños de distintas edades, replicando dinámicas de liderazgo, cuidado y adaptación similares a las que se dan entre hermanos.
Asimismo, resulta fundamental asignar responsabilidades compartidas: ordenar, cuidar, colaborar. Tareas que deban coordinarse entre varios fortalecen la cooperación y el sentido de corresponsabilidad.
La conclusión es clara, aunque incómoda: la calidad de las interacciones pesa más que la estructura familiar. Un hijo único puede desarrollar —e incluso superar— las competencias sociales de un niño con hermanos, siempre que tenga oportunidades reales de interacción significativa.
Pero estas oportunidades no ocurren por inercia. Requieren tiempo, decisión y, sobre todo, una crianza menos sobreprotectora y más consciente de que el conflicto también educa.