Esto no es político
Cuando el poder compra el silencio
Periodista. Conductora del podcast Esto no es Político. Ha sido editora política, reportera de noticias, cronista y colaboradora en medios nacionales e internacionales como New York Times y Washington Post.
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Nos encanta el periodismo valiente, ese que desentraña tramas de corrupción, indaga en el crimen para entender cómo se pudre el sistema o confronta con el micrófono a los personajes más oscuros de la política.
Nos encanta compartir el link, indignarnos en redes sociales y exigir que “alguien” haga algo. Pero esa valentía no depende solo de quien la ejerce, sino de las condiciones en las que ese periodismo intenta sobrevivir.
Porque hacer periodismo incómodo siempre ha tenido costos. Pero esos costos se disparan cuando el poder que se cuestiona no es sólo político, sino también económico.
Ahí es donde el terreno deja de ser simplemente hostil y se vuelve desigual.
Y ese no es un escenario hipotético.
Hoy, en Ecuador, esa concentración es cada vez más evidente. La figura de Daniel Noboa no solo encarna el poder político, sino también una estructura económica que amplifica su capacidad de influencia y aunque es algo evidente, quizás la mayoría no ha medido su impacto en la democracia.
Si algo incomoda al poder político, este puede presionar. Pero cuando ese mismo poder tiene, además, la capacidad económica —directa o indirecta— de incidir en medios, en la pauta publicitaria, en las relaciones empresariales y en los incentivos del ecosistema mediático, la presión va por todos los flancos.
Esto no pasaba durante el correísmo, en donde sí hubo una confrontación abierta con la prensa y posturas claramente autoritarias, pero existían sectores económicos y mediáticos con suficiente autonomía para ejercer contrapeso. Ese equilibrio tenso e imperfecto permitía que ciertas voces resistieran. Hoy, ese espacio es mucho más estrecho.
En ese contexto, la salida de Bonil de El Universo — ejemplo de resistencia en aquella década de confrontación—, sumada a la de otros columnistas, deja de ser una anécdota interna. Es otra señal. Y se vuelve aún más relevante cuando ocurre en medio de cuestionamientos sobre la opacidad en la compra del medio.
Porque cuando no se sabe con claridad quién está detrás, cuáles son los intereses en juego o qué vínculos existen con el poder, lo que está en discusión no es una operación empresarial más. Es la independencia de uno de los actores clave en la construcción del debate público.
En ese contexto, lo que empieza a proliferar no es el periodismo, sino su caricatura.
Aparecen “medios” y voces que no buscan fiscalizar, sino congraciarse con el poder. Ese nivel de subordinación abierta no era habitual. Lo que vemos hoy no es solo la ausencia de un contrapeso periodístico desde lo mediático, sino la presencia de espacios que en lugar de incomodar al poder, lo protegen.
No es casual.
Cuando el poder político y el económico se concentran o se alinean, el margen para la disidencia se reduce drásticamente.
Ya no se trata solo de presiones directas, sino de un ecosistema que se reconfigura: medios que evitan incomodar para no perder pauta, empresas que prefieren no asociarse con voces críticas, periodistas que entienden —explícita o implícitamente— cuáles son los límites.
El resultado es un blindaje más sofisticado que la censura abierta, porque no necesita imponerse: se instala silenciosamente. Y así, lo que antes encontraba resistencia en distintos frentes hoy circula con mucha menos fricción y confunde: lo que parece periodismo ya no necesariamente lo es.
A estas condiciones se suma otro factor menos visible, pero igual de determinante: el debilitamiento de los organismos internacionales que antes funcionaban —con mayor o menor eficacia— como instancias de presión y resguardo para periodistas y medios. Hoy ese paraguas es mucho más frágil.
Y en ese escenario, el periodismo que se exige —el que investiga, incomoda y confronta— ya no depende solo de quienes lo ejercen. Depende también de quiénes están dispuestos a sostenerlo.
De élites que entiendan que no pautar en espacios críticos también es tomar partido. De audiencias que no consuman información como un producto desechable y estén dispuestas a financiar el periodismo independiente. De una sociedad civil que no mire hacia otro lado cuando el poder aplasta a las voces críticas.
Porque si esas decisiones no se toman, el resultado no será un periodismo distinto. Será, simplemente, un periodismo inexistente.