El indiscreto encanto de la política
Cuando Cynthia Gellibert llama “enemiga” a la prensa
Catedrático universitario, comunicador y analista político. Máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Salamanca.
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“Soy enemiga de los medios. No me gusta ningún medio de comunicación”. La frase la pronunció Cynthia Gellibert, secretaria de la Administración Pública, en un podcast de tono informal que luego fue retirado, aunque sus fragmentos circularon ampliamente en redes sociales.
Tras la polémica, Gellibert matizó sus palabras: alegó que se trató de una conversación y reiteró su respeto por el periodismo. Sin embargo, esas aclaraciones no resolvieron el problema de fondo.
Cuando Gellibert habla, lo hace desde una posición institucional de alto nivel, no como una ciudadana común. Esa diferencia es crucial. En democracia, los funcionarios públicos no eligen a quién responder ni en qué condiciones: rendir cuentas es una obligación inherente al ejercicio del poder.
En ese contexto, la lógica de “aliados” y “enemigos” es propia a las trincheras partidistas, no a la administración del Estado. Trasladarla al lenguaje del Gobierno normaliza, en el plano simbólico, la idea de que la prensa es un actor hostil y no un contrapeso democrático.
Es legítimo cuestionar la calidad del periodismo, señalar errores o denunciar sesgos. Lo inaceptable es invalidar su papel como actor democrático.
Los medios cumplen una función esencial como intermediarios entre el poder y la ciudadanía; sin esa mediación, la rendición de cuentas se vuelve opaca y la deliberación pública se empobrece.
Este episodio no es aislado. Coincide con la controvertida presentación del proyecto de ley impulsado por la asambleísta oficialista Camila León, que, bajo el discurso de “proteger la libertad de expresión”, despertó alertas por sus ambigüedades y posibles efectos restrictivos.
Más allá de lo que Gellibert y León han manifestado, la simultaneidad de ambos hechos envía una señal inquietante: desde distintos frentes del oficialismo se instala una relación defensiva —cuando no adversarial— frente a la prensa.
El problema se agrava cuando este discurso se combina con prácticas de hermetismo institucional. Negarse de forma sistemática a conceder entrevistas, reducir los canales de información o privilegiar espacios controlados no fortalece la relación con la ciudadanía. La debilita.
Por eso, cuando una funcionaria de alto nivel afirma ser "enemiga de los medios", el problema no es solo semántico, es institucional. Alexis de Tocqueville advertía: incluso con sus excesos, la ausencia de libertad de prensa es siempre más peligrosa que sus abusos. No porque los medios sean infalibles, sino porque sin ellos el poder tiende a encerrarse en sí mismo.
En democracia, el lenguaje del poder importa tanto como sus decisiones.